| Poesías y reflexiones cristianas Comparte tus poesias, pensamientos o canciones a Dios. |

07/02/07, 05:01:09
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Fecha de Ingreso: ene 2007
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Temas combinados (Rafael Antonio)
El chofer encendió el motor y emprendió la marcha. Los ocho cilindros del automóvil comenzaron a funcionar en perfecta armonía. La aguja del velocímetro fue subiendo: cien kilómetros por hora, ciento veinte, ciento cuarenta, ciento ochenta, ciento ochenta y cinco. Los policías le abrían paso y el vehículo casi se despegaba del suelo.
El veloz conductor era Tom Wilks, de Geraldston, Australia, dueño de una funeraria, y en el carro mortuorio transportaba el cadáver de George Ivor, un excéntrico anciano que había llegado a cumplir setenta y nueve años. Éste había pedido, como último deseo antes de morir, que lo llevaran al cementerio a la velocidad de un auto de carreras.
El anciano, propietario de una granja en Australia, había sido un enamorado de la velocidad. Los autos y las motocicletas de carrera fueron su pasión durante toda su vida. Por alguna razón nunca pudo realizar su sueño de correr como el viento y superar la marca de los 180 kilómetros por hora. Por eso, antes de morir, les rogó a sus hijos, y convino con la funeraria, que lo condujeran al cementerio a esa gran velocidad.
Hay muchas personas que, como aquel pacífico granjero, aceleran su carrera al cementerio. Descuidan la salud física con toda clase de excesos: tabaco, alcohol, drogas. A pesar de sentir síntomas serios de enfermedad, no van al médico sino que dejan pasar los días, ya sea por pereza, o descuido o temor. Y juegan con el delito, confiando que su buena estrella los va a mantener al margen de todo peligro. Estas personas, empeñadas en quitar de a dos, de a tres y de a cuatro las hojas del calendario, van acelerando, sin darse cuenta y muchas veces sin importarles, su día final.
La vida es demasiado preciosa para desperdiciarla locamente. El cuerpo no es eterno. Se deteriora cada día. ¿Por qué apresurar el desenlace? ¿Por qué, sin considerar los años que podríamos tener por delante, malgastamos nuestro templo corporal como si fuera paja para ser quemada?
Cada uno somos responsables de mantener la casa donde habita nuestro espíritu. Pidámosle a Dios sabiduría para cuidar con esmero ese templo que nos ha prestado, conscientes de que es un deber moral y espiritual. Si permitimos que Jesucristo viva en nuestro ser, tendremos toda la motivación necesaria sin necesidad de apresurar el día final, pues podremos esperarlo con tranquilidad y confianza.
Rafael antonio. 
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07/02/07, 05:07:39
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El fin de la carrera de un ferrari
Eran ya noventa años de vida. Bastante carga, bastante peso, bastante lucha. El anciano, de cabello canoso y noble cabeza de romano antiguo, la apoyó sobre la almohada. No estaba enfermo. No sentía dolores. No tenía penas ni remordimientos ni angustias.
Eran los noventa años que llevaba encima. Demasiados años para un cuerpo mortal. Y el anciano, de Módena, Italia, dio su último resuello, quedando muerto en el sueño. Poco después se difundió la noticia por todo el mundo: «Enzo Ferrari concluyó serenamente su existencia terrenal.»
Quien había muerto era el célebre creador de los autos deportivos y de carrera que llevan su nombre: «Ferrari». Sus autos ganaron, mientras aún vivía su inventor, más de cuatro mil carreras y nueve campeonatos mundiales.
Enzo Ferrari no fue un hombre religioso. Su pasión fue la ingeniería, especialmente ingeniería automotriz. Tenía, junto con su obsesión por los automóviles, una insaciable obsesión por la velocidad.
No quiso ninguna ceremonia religiosa para conmemorar su vida. Su religión, si la tuvo, fueron esos bólidos rojos que él trató de hacer cada vez más bellos, cada vez más elegantes, cada vez más veloces.
Pero tras una larga y exitosa vida, que se prolongó noventa años, él también llegó a la meta final. El ángel de la muerte agitó la bandera a cuadros y le dijo: «Ya no más.» El creador de los autos más famosos de Italia había llegado al fin de su existencia humana.
¿Qué encontró Enzo Ferrari cuando terminó la carrera de su vida? Sólo Dios lo sabe. Pero todo el que pasa por esta vida —ya sea que acumule éxitos, triunfos y riquezas, o que viva todos sus años en total anonimato— tendrá que verse con el Juez eterno. La eternidad le espera a todo ser humano. La gran pregunta que nos queda hacernos cada uno en particular es: ¿Dónde pasaré yo la eternidad?
«¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida?», preguntó Jesucristo (Mateo 16:26).
No nos corresponde juzgar la vida de nadie. Ningún ser humano puede decir: «Este es salvo», o: «Aquel está perdido.» Sólo Dios es el infalible Juez de cada individuo. Pero recibir a Cristo como Señor y Salvador es garantía absoluta de salvación eterna. Aseguremos la gloria eterna hoy mismo. Cristo expió nuestros pecados en la cruz del Calvario. Con eso pagó el precio de nuestra salvación. No dudemos en aceptarla.
Rafael antonio. 
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07/02/07, 11:38:09
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Gama de colores de una mujer
June Gravlee, de treinta y cinco años de edad, pasó por casi todos los colores del espectro solar. Cuando se casó fue la novia blanca. Después, fue la esposa rosa. Luego su esposo la llamó la amante roja. Tras varios años de matrimonio, June Gravlee adquirió lo sombrío del color azul. Posteriormente experimentó el color negro, y por último adquirió el gris.
Los colores en la vida de esta mujer dicen mucho. Cuando novia, además del reluciente color blanco de su vestido, tenía la blancura de lo puro, de lo dulce, de lo bueno. Cuando recién casada tomó el matiz del color rosa porque fue suave, bella y perfumada como una rosa. Más tarde resaltó en ella la pasión de mujer, tanto que el esposo mismo la llamó «amante roja». El siguiente paso fue el lúgubre color azul oscuro del divorcio.
Pero hubo dos colores más. Uno era el negro que adquirió por eliminar a su esposo. La llamaron «la viuda negra». Y por último, June Gravlee fue condenada a muerte por los tribunales de California. Cuando la enterraron, tomó el color de la muerte, el color gris.
Si June hubiera llevado una vida normal, quieta y familiar, hubiera comenzado como «novia blanca» y habría llegado a sus últimos años del mismo color. Habría llegado a ser la anciana blanca, la digna mujer de cabello blanco, la amada abuelita rodeada de nietos, de cariño y de dulces recuerdos. Este pudiera haber sido el color de toda la vida de June Gravlee. Pero June amó demasiado el dinero, y para hacerse rica de una vez, planeó el asesinato de su esposo a fin de recibir el dinero estipulado por el seguro de vida. Los gases de la cámara de ejecución dieron fin a todos sus colores dejándola sólo con el gris ceniciento de la muerte.
Así como fueron muchos los colores en la vida de esta mujer, también son muchas las personas que pasan por una gama de colores parecidos. Esta no es una vida normal; es un laberinto.
Para llevar una vida normal hay que seguir la prescripción dada por Dios, es decir, hay que someterle a Él nuestra vida y someter nuestra voluntad a la suya, obedeciendo las leyes morales que Él ha establecido. Hemos perdido toda noción de lo que es justo y lo que es recto. Nos sorprendemos cuando las cosas nos van mal. No se nos ocurre que estamos sufriendo el resultado de la semilla que nosotros mismos hemos sembrado. Lo que necesitamos con urgencia es hacer de Cristo el Señor de nuestra vida, y todo se volverá el color blanco de la pureza de Dios.
Pastor: Rafael antonio
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07/02/07, 11:46:30
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La muerte vino de abajo.
Los seis jóvenes subieron al auto, alegres, despreocupados, chispeantes, divertidos. Eran tres parejas de novios que celebraban su graduación.
Subieron al auto y emprendieron una loca carrera por los caminos del sur de Francia. Pero había demasiado alcohol en el cerebro del conductor.
En una curva del camino el auto se salió de la vía. Cayó en una acequia de tres metros de profundidad que estaba llena de agua. El auto quedó encajonado en la acequia y les fue imposible abrir las puertas. El agua comenzó a subir, y lentamente los cubrió a todos. Esos últimos momentos fueron de horror. Los golpes sufridos por el accidente, junto con la asfixia, cobraron seis vidas jóvenes al mismo tiempo.
Los titulares de los periódicos anunciaron: «Un auto lleno de jóvenes cae en una acequia y se hunde en el agua. Fue imposible para los jóvenes abrir las puertas.»
¿A qué podemos atribuir estas muertes? ¿A la insensatez juvenil? ¿A la necedad de manejar a ciento sesenta kilómetros por hora en estado de embriaguez? ¿A la fatalidad cruel y despiadada? ¿Al castigo de Dios? Muchas conjeturas se pueden hacer sin llegar a nada, pero una cosa sí es cierta. La muerte de esos seis jóvenes, tres parejas brillantes, simboliza la sociedad actual, que se halla encajonada como el auto en la acequia.
Podemos usar varias metáforas para describir la situación de nuestra sociedad. Podemos hablar de un «callejón sin salida», o de una «vía muerta» o de un «torrente irreversible». Pero siempre estaremos describiendo la misma situación: una sociedad rumbo a la destrucción inexorable. La destrucción de la familia es la prueba más evidente de ello.
¿Qué podemos hacer? El primero de los doce pasos del grupo «Alcohólicos Anónimos» dice: «Reconocemos que somos incapaces de vencer nuestro alcoholismo.» Mientras nos creemos capaces de resolver solos nuestros fracasos, nunca saldremos del infortunio. El segundo de los pasos dice así: «Sólo un poder superior al nuestro podrá cambiar nuestra condición.»
Esa condición que nos tiene dominados es el pecado que reina en nuestro corazón. Y el poder que puede rescatarnos es el poder de Jesucristo, el Hijo de Dios. San Pablo lo expresó de esta manera: «A la verdad, no me avergüenzo del Evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen» (Romanos 1:16). La única solución para la sociedad actual y para cada uno de nosotros es reconocer nuestra condición y luego aceptar el amor de Cristo. Gracias a Dios, es una solución que está al alcance de todos.
Pastor: Rafael antonio.
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07/02/07, 11:52:52
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El perro de los alpes
Ocurrió en las nevadas cumbres de los Alpes. Un esquiador, tras una aparatosa caída, había quedado inconsciente en una hondonada llena de nieve. Su muerte era inminente, ya que estaba congelándose poco a poco. En ese estado lo encontró un gran perro San Bernardo, uno de esos animales adiestrados para rescatar a personas perdidas.
El perro vio el cuerpo inerte y, a fin de que le diera el sol, escarbó la nieve hasta descubrir por completo al hombre. Luego se echó a su lado, haciendo que el calor de su cuerpo fuera descongelando a la víctima. Así pasaron un par de horas. Cuando volvió en sí, el hombre abrió los ojos y procuró formarse un juicio sobre la gravedad de su condición. Creyendo que el perro que tenía a su lado era un lobo, sacó el cuchillo y lo hundió en el costado del noble animal.
Con gran esfuerzo, el perro se levantó y echó a andar hacia su refugio. Cuando llegó al albergue donde estaban sus dueños, a duras penas rasguñó la puerta con las patas antes de morir tendido en la nieve. Al hombre, que lo había matado por ignorancia, lo rescataron de una muerte segura. El fiel perro murió en el intento de devolverle la salud y la vida a aquel ingrato que no tenía conciencia de lo que pasaba.
Una noche, hace unos dos mil años, se oyó el llanto de un niño recién nacido. Ocurrió en el pueblo de Belén, que se encontraba en la Palestina gobernada por el Imperio Romano de aquella época. Ese niño, Dios hecho hombre, murió en una cruz treinta y tres años más tarde con una mortal herida en el costado. Dio su vida por la de aquellos que —ya fuera por descuidos, por errores, por faltas, por ingratitud o por necedad— estuvieran en peligro de muerte eterna.
Jesucristo, el Hijo de Dios, murió para que nosotros tengamos vida. Esa es la gran verdad del evangelio, la buena noticia de Jesucristo, el gran mensaje divino. Tal parece que toda vida nueva ha de nacer en medio del dolor y de la sangre. Así como aquel hombre que quedó inconsciente en la nieve de los Alpes mató, sin saberlo, al ser que le salvaba la vida, también nosotros, prácticamente muertos en nuestras transgresiones y pecados, somos los responsables de la muerte de Cristo. Él dio su vida para que nosotros recobráramos la salud espiritual y tuviéramos vida abundante y eterna.
¿Cómo podemos pagarle ese gran amor? Simplemente reconociendo, con suma gratitud, el supremo sacrificio que hizo por nosotros, y apropiándonos de la salvación que compró con su sangre, esa sangre que manó de su costado a causa de la herida mortal que nosotros le hicimos.
Pastor: Rafael antonio
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07/02/07, 11:56:11
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Neo Moderador
::: Tan viejo como Matusalen hijo de Enoc (Gen 5:21) ::: (+ de 1200 posts)
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Fecha de Ingreso: oct 2005
Mensajes: 2.580
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DTB hermano!
He unido tus temas que has puesto en diferentes secciones para facilitar la lectura de todos ellos, por otro lado tenemos un limite de 2 a 3 temas por semana que se aplica a todos los miembros de yeshuanet, esto con el fin de que podamos tener la oportunidad de leer todos. Te hago también otra observación en cuanto al foro de la mujer esta a cargo de nuestras hermanas y nosotros los varones debemos respetar su espacio.
Gracias por tu atención, DTB!
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Bendiciones acribilladoras!
Ef.6.12
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07/02/07, 11:57:18
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Miembro Junior Yeshua
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Fecha de Ingreso: ene 2007
Mensajes: 18
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"Sano y normal"
Le encontraron 1.800 corbatas de seda; 88 pares de shorts, también de seda; 172 juegos electrónicos, 45 saleros y pimenteros; 32 peines; 28 portaplumas; y una enorme cantidad de billeteras y carteras de cuero fino.
Aquella colección tenía un valor de 45.000 dólares y era el orgullo de su dueño, Ka Kin Chang, de Hong Kong. Ya satisfecho, disfrutaba de su colección cuando la policía se lo llevó preso. Todos esos objetos los había robado a lo largo de ocho años.
«Este hombre es sano y normal —opinó el psiquiatra que lo evaluó—. No me explico por qué robaba.»
He aquí un juicio psiquiátrico interesante. Según los parámetros de la psiquiatría, Ka Kin Chang era un hombre «sano y normal». No había nada en él que se pudiera catalogar como complejo, aberración, paranoia o esquizofrenia. Por el contrario, era un hombre de negocios, culto, educado e inteligente, completamente «sano y normal». Pero robaba. Y además de robar, mentía y llevaba una vida doble, y estaba totalmente inconsciente del daño que hacía. Sin embargo, para la psicología, o por lo menos para el psicólogo que lo examinó, era un hombre «sano y normal». Con razón nos preguntamos: ¿Cómo puede la psiquiatría declarar sano y normal a un sujeto que lleva esa clase de vida?
Si ponemos a ese hombre bajo el escrutinio de las eternas e inmutables leyes divinas, éstas nos muestran que él era un pecador con un carácter corrupto y que por consiguiente no reunía las condiciones del eterno Dios para ser considerado sano y normal.
Los psicólogos podrán dar cualquier dictamen respecto a los delitos que cometen las personas, pero la eterna e infalible Palabra de Dios afirma que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Es decir, la Biblia considera que el pecado es el causante de la muerte, y si el pecado causa la muerte, entonces es una enfermedad, y más aún, es una enfermedad mortal. De modo que al pecador no se le puede calificar como «sano y normal».
Dios determina con justicia lo que es bueno y lo que es malo, lo que es aceptable y lo que es reprochable, y nos dice que todos necesitamos ser transformados. Esa transformación es imprescindible porque estamos enfermos. Sólo Cristo puede limpiar al injusto. Él ya pagó en la cruz el precio de nuestra limpieza. Él quiere vernos sanos.
Pastor: Rafael antonio
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