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Poesías y reflexiones cristianas Comparte tus poesias, pensamientos o canciones a Dios.

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Predeterminado La sangre de cristo

LA SANGRE DE CRISTO
¿Cuál es la vida cristiana normal? Hacemos bien, al comienzo, en considerar cuidadosamente este tema. El objeto de estos estudios es demostrar que es algo muy diferente de la vida del cristiano común. Verdaderamente una consideración de la palabra de Dios -del Sermón del Monte, por ejemplo- debería conducimos a preguntar si tal vida ha sido alguna vez vivida sobre la tierra, salvo únicamente por el Hijo de Dios mismo. Pero en esta última frase está precisamente la contestación a nuestra pregunta.
El apóstol Pablo nos da su definición de la vida cristiana normal en Gálatas 2:20: “Ya
no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. He aquí su resumen de la vida cristiana: Ya no vivo más, sino Cristo vive su vida en mí. Solamente una respuesta tiene Dios para cada problema humano: su Hijo Cristo. En todo su proceder con nosotros, Él obra desplazándonos a nosotros y colocando a Cristo en nuestro lugar. El Hijo de Dios murió por nosotros para nuestro perdón. El vive por nosotros para nuestra liberación. Así que tenemos dos sustituciones: un Sustituto en la Cruz que asegura nuestro perdón, y un Sustituto en nosotros que asegura nuestra victoria.
Tomemos la carta a los Romanos como base al estudiar la vida cristiana normal, considerando nuestro tema desde el punto de vista experimental y práctico.
NUESTRO DOBLE PROBLEMA - PECADOS Y PECADO
Los primeros ocho capítulos de Romanos forman una unidad. En primer lugar será de ayuda destacar que ésta sección de Romanos se divide naturalmente en dos partes, y notar a la vez la sorprendente diferencia entre los temas de cada una de ellas. La primera termina en el verso 11 del capítulo 5 y la segunda en el fin del capítulo 8. La primera se dirige a los pecadores, y la segunda a los creyentes; y hay considerable diferencia entre las dos. Por ejemplo, en la primera sección se usa la palabra “pecados” repetidamente; en la segunda casi nunca. En la primara sección tenemos “pecados” en el plural; en la segunda tenemos “pecado” en singular. ¿Por qué es esto? Porque en la primera sección es cuestión de los pecados que he cometido ante Dios, que se pueden enumerar, mientras en la segunda es asunto del pecado como principio de vida en mÍ. No importa cuántos pecados cometo, es siempre el mismo principio de pecado que conduce a ellos. Lo primero necesita perdón, lo último liberación. Aunque alcance perdón por todos mis pecados, todavía por causa de mi condición de pecador no gozo de constante paz del alma.
Cuando al comienzo la luz divina penetra en mi corazón, mi único clamor es por perdón, porque reconozco que he cometido pecados a su vista; pero, una vez recibido el perdón de pecados, descubro algo nuevo, a saber, el pecado, y me doy cuenta que no sólo he cometido pecados delante de Dios sino que hay algo mal en mí. Hay una inclinación interior hacia el pecar, un poder que me lleva al pecado. Cuando ese poder me vence, cometo pecados. Puedo buscar y recibir perdón, pero luego peco de nuevo. Y así sigue la vida en un círculo vicioso, pecando y siendo perdonado, y volviendo a pecar. Aprecio el perdón divino, pero ansío algo más que eso: ¡Liberación! Necesitamos perdón por lo que hemos hecho, pero también necesitamos liberación de lo que somos.
EL REMEDIO DOBLE DE DIOS - LA SANGRE Y LA CRUZ
Así en estos primeros ocho capítulos de Romanos se nos presentan dos aspectos de la Salvación - Perdón de pecados y Liberación de pecado. Ahora debemos notar otra diferencia.
En la primera parte (3:25 y .5:9) se menciona la Sangre del Señor Jesús pero nunca la Cruz. En la segunda parte, en el versículo 6 del capítulo 6, se introduce un nuevo tema: el ser “crucificado” con Cristo. La enseñanza de la primera parte se centraliza en aquel aspecto de la obra del Señor
Jesús representado por “la Sangre” derramada para nuestra justificación por la “remisión de pecados”. Estos términos no se usan en la segunda sección, donde la enseñanza se centraliza ya en el aspecto de su obra representado por “la Cruz”, es decir, por nuestra unión con Cristo en su muerte, sepultura y resurrección. ¿Por qué esa distinción? Es que la Sangre trata con todo aquello que nosotros hemos hecho, mientras que la Cruz procede con lo que nosotros mismos somos. La Sangre es para expiación, y tiene que ver con nuestra posición ante Dios y nuestro sentido de pecado. La Sangre puede quitar, remitir mis pecados, pero queda el “viejo hombre”. Se necesita la Cruz para crucificarme a mí, el pecador.
EL PROBLEMA DE NUESTROS PECADOS
“Todos pecaron” (Ro. 3:23).
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aÚn pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su Sangre, por El seremos salvos de la ira” (Ro. 5:8-9).
“Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús; a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su Sangre, para manifestación de su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Ro. 3 :24-25).
Comenzamos, pues, con la preciosa Sangre del Señor Jesucristo y su valor para nosotros en tratar con nuestros pecados y justificamos a la vista de Dios. Más adelante en nuestro estudio tendremos razón de mirar detenidamente a la verdadera naturaleza de la caída del hombre y el modo de recuperarse. Ahora recordaremos que, cuando vino el pecado, encontró expresión en un acto de desobediencia a Dios. Y debemos recordar que, siempre que esto ocurre, lo que inmediatamente sigue es la conciencia de culpa.
El pecado entra como desobediencia para crear una separación entre el hombre y Dios. El hombre es separado de Dios, quien ya no puede tener comunión con él, porque hay algo ahora que impide y es aquello que es bien conocido a través de las Escrituras bajo el título de “pecado”. Es Dios, en primer término, que dice “Todos están bajo pecado” (Ro. 3:9), entonces aquel pecado en el hombre, que en lo sucesivo constituye una barrera a su comunión con Dios, da lugar en él a un sentido de culpa, de alejamiento de Dios. Aquí es el hombre mismo quien, con la ayuda de su conciencia despierta, dice “He pecado” (Le. 15:18). Pero más aún, el pecado provee a Satanás su motivo de acusación ante Dios, mientras que nuestro sentido de culpa le da su motivo de acusación en nuestros corazones; así que, en tercer lugar, es “el acusador de los hermanos” (Ap. 12:10) que ahora dice “Tú has pecado”.
Por consiguiente, para redimimos y volvernos al propósito de Dios, el Señor Jesús debía hacer algo acerca de estas tres cuestiones: el pecado, la conciencia de culpa y la acusación satánica contra nosotros. En primer término, correspondía tratar con nuestros pecados y esto fue efectuado por la preciosa Sangre de Cristo. Luego ha de tratar nuestra culpa, tranquilizando nuestra conciencia culpable, por la demostración del valor de aquella Sangre; y el ataque del enemigo tiene que ser afrontado y sus acusaciones contestadas.
En las Escrituras la Sangre de Cristo aparece operando en tres maneras: hacia Dios, hacia el hombre y hacia Satanás. Por consiguiente, hay una necesidad absoluta de apropiar estos tres valores de la Sangre, si debemos seguir adelante. Miremos, pues, a estos tres asuntos más detenidamente.
LA SANGRE ES EN PRIMER TERMINO PARA DIOS
La Sangre es para expiación y tiene que ver primeramente con nuestra posición delante de Dios.
Necesitamos perdón por los pecados que hemos cometido, para que no caigamos bajo juicio; y son perdonados, no porque Dios pasa por alto lo que hemos hecho, sino porque El ve la Sangre. La Sangre, pues, no es primeramente para nosotros sino para Dios. Si quiero entender el valor de la Sangre debo aceptar la importancia que Dios le da, y si no conozco algo del valor atribuido a la Sangre por Dios, nunca sabré su valor para mí.
En el calendario del Antiguo Testamento, hay un día que tiene mucha importancia en el
asunto de nuestros pecados: el Día de Expiación. Ninguna cosa explica esta cuestión de pecados tan claramente como la descripción de aquel día. En Levítico 16 encontramos que en el Día de Expiación se llevaba la sangre de la ofrenda por pecado al Lugar Santísimo, y allí era esparcida ante el Señor siete veces. Esto debemos entenderlo muy claramente. En aquel día la ofrenda por el pecado fue presentada públicamente sobre el altar en el atrio del tabernáculo. Todo estaba a plena vista sobre el altar y podía ser visto por todos; pero el Señor mandó que ningún hombre entrara en el tabernáculo mismo aparte del sumo-sacerdote. Fue él solo quien tomó la sangre y, entrando en el Lugar Santísimo, la esparció allí para hacer expiación ante el Señor. ¿Por qué? Porque el sumo-sacerdote es una figura del Señor Jesús en su obra redentora (He. 9:11-12) y así en representación él era quien hacía la obra y ninguno, salvo él, podía ni siquiera acercarse para entrar. Aun más, agregado a su entrada, no había más que un solo acto, a saber, la presentación de la sangre a Dios como algo que El había aceptado, algo en que El podía hallar satisfacción. Fue una transacción entre el sumo-sacerdote y Dios en el Lugar Santísimo, lejos de los ojos de los hombres que habían de beneficiarse por ella. El Señor lo requería. La Sangre es, pues, en primer lugar, para El.
Ya anteriormente, en Éxodo 12 y 13, tenemos el derramamiento de la sangre del cordero pascual en Egipto para la redención de Israel. Esta, pienso, es una de las mejores figuras en el Antiguo Testamento, de nuestra redención. La sangre fue puesta sobre el dintel y en los postes de la puerta mientras que la carne del cordero se comió dentro de la casa; y Dios dijo: “Veré la sangre, y pasaré de vosotros”. He aquí otra ilustración del hecho de que no era propósito que la sangre fuese presentada a nosotros sino a Dios, porque la sangre fue puesta en el dintel y en los postes donde los que hacían fiesta dentro de la casa no la verían. Es la santidad de Dios, la justicia de Dios, que demanda que una vida sin pecado sea sacrificada en beneficio del hombre. Hay vida en la Sangre, y aquella Sangre ha de derramarse por mí, por mis pecados. Dios es el que requiere que sea así. Dios es aquel quien demanda que la Sangre sea presentada para satisfacer Su propia justicia y es El quien dice: “Veré la Sangre y pasaré de vosotros”. La Sangre de Cristo satisface perfectamente a Dios.
Tomado de:
La vida cristiana normal
W. Nee
Jesus es el Señor!
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La verdadera vida del creyente – esto es, la vida de Cristo en él – es una vida que está siempre germinando de la muerte.
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Dios está esperando para llenar nuestras vidas de increíble plenitud, si solamente admitimos nuestra bancarrota.
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Predeterminado La sangre y el acceso del creyente

LA SANGRE Y EL ACCESO DEL CREYENTE
La Sangre ha satisfecho a Dios: también debe satisfacernos a nosotros. Tiene, por consiguiente, un segundo valor que es para nosotros, los hombres - la limpieza de nuestra conciencia. Cuando venimos a la epístola a los Hebreos encontramos que la Sangre hace esto: “Purificados los corazones de mala conciencia” (He. 10:22).
Esto es sumamente importante. Miremos cuidadosamente lo que dice. El escritor no nos
dice que la Sangre del Señor Jesús limpia nuestros corazones y allí se detiene en su declaración. Nos equivocamos si conectamos el corazón con la Sangre precisamente en ese modo. Puede mostrar un mal entendido de la esfera en que la Sangre opera si oramos: “Señor, limpia mi corazón del pecado por tu Sangre”. El corazón, dice Dios, es engañoso más que todas las cosas, y perverso (Jer. 17:9), es excesivamente malo para poder ser limpiado, por tanto Dios hace algo mejor: nos da uno nuevo. “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros” (Ez. 36:26). No
lavamos y planchamos ropa que estamos por tirar. Así, veremos que la carne es demasiado mala para ser limpiada; debe ser crucificada. ¡No!, no encuentro que se diga que la Sangre limpia nuestros corazones. Es verdad que aquí en Hebreos 10, la obra purificadora de la Sangre tiene referencia al corazón, pero esto es en relación a la conciencia. ¿Cuál es, entonces, el significado de esto? Quiere decir que hay algo que intervenía entre mí mismo y Dios y, como resultado de esto, tenía yo mala conciencia cuando buscaba acercarme a El. Siempre me recordaba de la barrera que existía entre El y yo. Pero ahora por la operación de la preciosa Sangre, algo nuevo ha sido efectuado que ha quitado aquella barrera, y Dios me ha hecho conocer aquel hecho por su Palabra. Cuando eso ha sido creído y aceptado, mi conciencia inmediatamente es aliviada y mi sentido de culpa quitado, y no tengo más mala conciencia hacia Dios.
Cada uno de nosotros sabe cuán precioso es tener una conciencia libre de ofensa en nuestro trato con Dios. Un corazón de fe y una conciencia libre de cualquiera y cada acusación son ambos igualmente esenciales para nosotros ya que son interdependientes. Tan pronto como encontremos que nuestra conciencia está intranquila, nuestra fe se debilita e inmediatamente encontramos que no podemos mirar a Dios cara a cara. Y para poder seguir andando con Dios debemos conocer día por día el valor de la Sangre. Dios lleva cuentas cortas: somos hechos cercanos por la Sangre cada día, cada hora y cada minuto. Nunca pierde su eficacia como nuestro terreno de acceso si de voluntad nos apropiamos de ello. Cuando entramos en el Lugar Santísimo, ¿por qué terreno osaremos entrar sino por la Sangre?
Pero quiero preguntarme: ¿estoy verdaderamente buscando la entrada en el Lugar Santísimo por la Sangre, o por alguna otra cosa? Y ¿qué quiero decir cuando digo “por la Sangre”? Quiero decir, sencillamente, que reconozco mis pecados, que confieso que tengo necesidad de limpieza y de expiación, y que vengo a Dios sobre la base de la obra terminada del Señor Jesús. Cuando yo me acerco a Dios, lo hago únicamente por medio de sus méritos y nunca en base a mis obras; nunca, por ejemplo, en base a que hoy haya sido más bondadoso o paciente que ayer, o porque haya hecho algo para el Señor esta mañana. Cada vez que me allego a El tengo que venir por medio de la Sangre. La tentación para tantos de nosotros cuando tratamos de acercarnos a Dios es de pensar que por causa de Su trato con nosotros -es decir, porque Él ha estado procurando de traernos a algo más de sí mismo y nos ha estado enseñando lecciones más profundas de la Cruz- El ha de presentarnos nuevas normas, y que sólo por alcanzar éstas podremos tener una conciencia limpia delante de Él. ¡No! Una conciencia limpia nunca se basa sobre nuestro alcance espiritual; sólo puede basarse en la obra del Señor Jesús en el derramamiento de su Sangre.
Puedo estar equivocado, pero siento muy hondamente que algunos estamos pensando en términos como éstos: “Hoy he sido un poco más cuidadoso; hoy he estado obrando un poco mejor; esta mañana he estado leyendo la Palabra con más fervor, así que hoy puedo orar mejor”. O bien, “Hoy he tenido algunos contratiempos con mi familia; empecé el día un poco triste y malhumorado; en realidad no me siento muy animado, parece que algo anda mal, por tanto no me puedo acercar a Dios”.
Pero, ¿cuál es, después de todo, la base de tu acercamiento a Dios? ¿vienes a Él estribando en la insegura base de tus emociones, sintiendo que hoy has logrado algo para Dios? ¿O te allegas a Él basado en algo mucho más firme, en el hecho de que la Sangre ha sido ya derramada y que Dios mira a esa Sangre y está satisfecho? Por supuesto, de existir la mínima posibilidad de que la Sangre sufriera algún cambio, la base de tu acercamiento a Dios no sería digna de confianza. Pero es que la Sangre nunca ha cambiado ni cambiará. Tu acercamiento a Dios, por tanto, debe ser
siempre en certidumbre plena. Cualquiera que fuera tu medida de alcance hoy, ayer o el día anterior, tan pronto hagas un movimiento para entrar en el Lugar Santísimo, inmediatamente debes tomar tu posición sobre el único terreno seguro, el de la Sangre derramada. Si has tenido un buen día o un mal día, o si has pecado conscientemente o no, tu base de acercamiento es siempre la misma: ¡la Sangre de Cristo! Este es el terreno sobre el cual puedes entrar, y no hay otro.
Como con muchas otras etapas de nuestra experiencia cristiana, este asunto de acceso a Dios tiene dos fases, una inicial y otra progresiva. La primera nos es presentada en Efesios 2, y la última en Hebreos 10. En primer lugar nuestra posición con Dios es asegurada por la Sangre, porque somos “hechos cercanos por la Sangre de Cristo” (Ef. 2:13), pero después nuestro terreno de continuo acceso es siempre la Sangre, como nos exhorta el apóstol: “Teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la Sangre de Jesucristo... acerquémonos.. “ (He. 10:19, 22). Para comenzar soy hecho cercano por la Sangre, y para continuar en esta nueva relación acudo mediante la Sangre. No es que fui salvo sobre una base y ahora debo mantener mi comunión sobre otra. Tú dices: “Eso es muy sencillo; es el abecedario del Evangelio”. Sí, pero lo malo es que muchos nos hemos apartado del abecedario. Pensamos que hemos progresado y que ya no nos hace falta, pero nunca es así. ¡No! Mi acercamiento inicial a Dios es por la Sangre, y cada vez que vengo ante El es lo mismo. Hasta el fin será siempre y únicamente sobre el terreno de la Sangre.
Esto no significa en ninguna manera que vivamos una vida descuidada, porque pronto estudiaremos otro aspecto de la muerte de Cristo que nos demuestra que se contempla cualquier cosa menos ésa. Pero por el momento basta que estemos satisfechos con la Sangre, que allí está y que es suficiente. Nosotros podemos ser débiles, pero el contemplar nuestra debilidad nunca nos hará fuertes. El andar compungidos y hacer penitencias no nos harán ni un poco más santos. No hay ayuda por ese lado. Por tanto, tengamos confianza cuando nos acercamos, en virtud de la Sangre: “Señor, no entiendo cabalmente cuál es el valor de la Sangre, pero sé que ella te ha satisfecho; luego, la Sangre es suficiente para mí, y mi única base. Comprendo ahora que no hace al caso si he progresado o si he logrado algo o no. Ahora se que cuando me acerque a Ti, será siempre en base a la preciosa Sangre.” Es así como nuestra conciencia estará realmente limpia delante de Dios. Ninguna conciencia podría estar limpia aparte de la Sangre. Es la Sangre la que da confianza.
“No tendrían ya más conciencia de pecado”: éstas son las tremendas palabras de Hebreos 10:2. Somos purificados de todo pecado, y en verdad podemos repetir con Pablo: “Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado” (Ha. 4:8; Sal. 32:2).

VENCIENDO AL ACUSADOR
En vista de lo que hemos dicho podemos ahora volver a encarar al enemigo, porque hay otro aspecto de la Sangre que es hacia Satanás. La estratégica actividad satánica hoy en día es la de acusador de los hermanos (Ap. 12: 10) y es así que nuestro Señor le afronta con su ministerio especial como Sumo-sacerdote “por su propia Sangre” (He. 9: 12) .
Recordemos aquel versículo: “La Sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7). No solamente en el sentido general, sino cada pecado uno por uno: y ¿qué significa? ¡Oh, es una cosa maravillosa! Dios está en luz, y al andar en la luz con Él, todo está expuesto y abierto a aquella luz. Así que Dios puede verlo todo, y aun así la Sangre puede librar de todo pecado. ¡Qué limpieza! No es que yo no tenga un profundo conocimiento de mí mismo, ni que Dios no me conozca perfectamente. No es que yo trate de esconder algo, ni que Dios procure pasar algo por alto. ¡Nada de esto! Es que Él está en la luz y yo también estoy en la luz, y que allí la preciosa Sangre me limpia de todo pecado. ¡La Sangre basta para esto!
Algunos de nosotros, oprimidos por nuestra debilidad podemos a veces haber sido tentados a pensar que hay pecados que son casi imperdonables. Recordemos la Palabra: “La Sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado”. Pecados grandes y chicos, pecados que yo crea pueden ser perdonados y pecados que parecen imperdonables, sí, todo pecado, consciente o inconsciente, recordados u olvidados, son incluidos en aquellas palabras: “todo pecado”. “La Sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado”, y lo hace así porque en primer lugar satisface a Dios.
Ya que Dios, viendo todos nuestros pecados en la luz, puede perdonarlos sobre la base de la Sangre, ¿qué terreno de acusación tiene Satanás? Satanás puede acusarnos delante de Él, pero “si Dios es por nosotros ¿quién contra nosotros?” (Ro. 8:31). Dios le indica la Sangre de Su amado Hijo, Es la contestación suficiente contra la cual Satanás no tiene apelación. “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro. 8:33,34).
Así que aquí, de nuevo, nuestra necesidad es reconocer la absoluta suficiencia de la preciosa Sangre. “Cristo, Sumo Sacerdote... por su propia Sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (He. 9: 11,12). Él fue Redentor una vez. Él ha sido Sumo-sacerdote y Abogado por casi dos mil años. Está allí en la presencia de Dios y “Él es la propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 2:1, 2). Notad las palabras de Hebreos 9:14, “¿Cuánto más la Sangre de Cristo...?” Subrayan la suficiencia de su ministerio. Basta para Dios. ¿Qué, pues, de nuestra actitud frente a Satanás? Esto es importante, porque nos acusa no solamente delante de Dios sino también en nuestras propias conciencias. “Tú has pecado y sigues pecando. Eres débil y Dios no puede hacer más contigo.” Este es su argumento, y nuestra tentación es de mirar adentro y, en defensa propia, tratar de encontrar en nosotros mismos, en nuestros sentimientos o nuestro comportamiento, algún terreno para creer que Satanás está equivocado. Alternativamente somos tentados a admitir nuestra incapacidad y, yendo al otro extremo, ceder a la depresión y desesperación.
Así la acusación viene a ser una de las mayores y más efectivas armas de Satanás. Él llama nuestra atención a nuestros pecados y trata de acusamos delante de Dios, y si aceptamos su acusación, caemos inmediatamente. En la práctica ocurre que aceptamos muy fácilmente la acusación de Satanás, La razón está en que aún nos aferramos a la esperanza de tener alguna justicia propia en nosotros mismos. La base de esta esperanza está errada.
Dios puede muy bien tratar con nuestros pecados; pero no podrá hacerlo con el hombre que acepta la acusación de Satanás, porque el tal no está confiando en la Sangre.
Nuestra salvación se encuentra en poner la vista en el Señor Jesús y ver que la Sangre del Cordero ha afrontado toda la situación creada por nuestros pecados y la ha contestado. Aquél es el segundo fundamento sobre el cual estamos. Nunca debemos procurar contestar a Satanás con nuestra buena conducta, sino siempre con la Sangre. Sí, somos pecaminosos, pero ¡alabado sea Dios! la Sangre nos limpia de todo pecado. Dios mira la Sangre por la cual su Hijo ha contestado la acusación, y Satanás no tiene ya terreno de ataque. Nuestra fe en la preciosa Sangre y nuestra negación a ser mudados de aquella posición es lo único que puede silenciar sus acusaciones y ponerle en derrota (Ha. 8: 33,34); y así será hasta el fin (Ap, 12:11). ¡Oh, qué emancipación si viéramos más del valor a la vista de Dios de la preciosa Sangre de su amado Hijo!
Tomado de: La vida cristiana normal
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Predeterminado La manera divina de librar

LA MANERA DIVINA DE LIBRAR
Claramente Dios propone que esta consideración nos lleve a experimentar la liberación
del pecado. Esto, Pablo lo aclara al principio del capítulo 6 con la pregunta: “¿Perseveraremos en pecado?” Su ser entero rechaza la mera sugestión. En ninguna manera, exclama el apóstol. ¿Cómo puede un Dios santo estar satisfecho con hijos impíos, esclavos del pecado? Así, pues, “¿cómo viviremos aún en él?” (Ro. 6: 1,2). Dios, por tanto ha hecho provisión adecuada para que seamos librados del dominio del pecado.
He aquí nuestro problema. Nacimos pecadores; ¿cómo, pues, podremos separarnos de nuestra herencia pecaminosa? Entendiendo que nacimos en Adán ¿cómo separamos de Adán? Aquí me apresuro a aclarar que la Sangre no nos puede separar de Adán. Hay un solo camino. Ya que entramos por nacimiento, es evidente que saldremos por muerte. Para separarnos de nuestra tendencia pecaminosa, debemos separarnos de nuestra vida. La esclavitud al pecado vino por nacimiento; la liberación del pecado viene por muerte, y es precisamente éste el medio de escape que Dios ha provisto. La muerte es el secreto de la emancipación - “Muertos al pecado” (Ro. 6:1,11).
Pero ¿cómo morir? Algunos de nosotros hemos tratado afanosamente de librarnos de esta vida, pero la encontramos muy tenaz. ¿Cuál es la solución? No es tratar de matarnos, sino reconocer que Dios nos ha juzgado “en Cristo” -”¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?” (Ro. 6:3).
Entonces, si Dios ha tratado con nosotros “en Cristo Jesús”, ¿cómo entramos en Cristo?
No tenemos modo de entrar, pero no necesitamos tratar de entrar, pues ya estamos. Lo que no pudimos hacer nosotros, Dios lo ha hecho a nuestro favor; EÉ nos ha puesto en Cristo. ¡Alabado sea Dios!, no se dejó que nosotros descubriéramos o hiciéramos camino. “Por Él estáis vosotros en Cristo Jesús” (1 Co. 1: 30). No necesitamos pensar de cómo entrar. Dios ya lo ideó, y también lo llevó a cabo. Ya hemos entrado y, por consiguiente, no necesitamos tratar de entrar. Es un hecho divino, y es cosa terminada.
Propongo una ilustración: pongo un billete en mi Biblia. La Biblia y el billete son cosas
distintas, pero si decido remitir mi Biblia a una lejana tierra, ¿puede esa Biblia ir y el billete quedar? Es evidente que donde va la Biblia, la acompaña el billete; y lo que le pasa a la Biblia, le pasará también al billete, porque está en ella. “Por Él estáis vosotros en Cristo Jesús”. Dios nos ha puesto en Cristo, y en su proceder con Cristo, ha procedido con la raza entera. Nuestro destino está ligado con el suyo, y lo que pasó con Él, pasó también con nosotros. Cuando Cristo fue crucificado, nosotros también; y su crucifixión fue en el pasado y por lo tanto la nuestra; no puede ser futura. Que me muestre alguno un solo versículo en el Nuevo Testamento que diga que la crucifixión es cosa del futuro. Fuimos crucificados cuando lo fue Él, pues Dios nos puso en Él. Que hemos muerto en Cristo no es una mera posición doctrinal, sino una verdad, un hecho eterno. “Todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte” (Ro. 6:3). Estar “en Cristo” es equivalente a haber sido identificados con Él en su muerte y resurrección. La Cruz es el poder de Dios que nos traslada de Adán a Cristo.
UNA NUEVA CREACIÓN
La muerte del Señor Jesús es inclusiva -incluye al creyente- y también es inc1usiva su resurrección. En 1ª Corintios 15:4.5 y 47 encontramos dos notables nombres o títulos del Señor Jesús. Se nos dice que fue e1 último Adán y el segundo hombre. Las Escrituras no le mencionan como el segundo Adán sino el último Adán; ni se refiere a Él como el último hombre, sino el segundo hombre. Es importante notar esto, pues encierra una verdad de gran valor.
Como el último Adán, Él es la suma total de la humanidad; como el segundo hombre, es
la Cabeza de una nueva raza. Como el último Adán, reúne en sí mismo todo aquello que estaba en Adán; como el segundo hombre, habiendo por su Cruz quitado el primer hombre en quien el propósito de Dios fue defraudado, presenta otro hombre en quien aquel propósito es plenamente llevado a cabo.
Cuando fue crucificado, lo fue en el carácter del último Adán: todo aquello que estaba en el primer Adán fue quitado. Nosotros todos fuimos incluidos en su muerte. Como el último Adán, Él quita la raza antigua, y como el segundo hombre presenta una nueva raza. En su resurrección está en pie como el segundo hombre. Morimos en Él como el último Adán; vivimos en Él como el segundo hombre. Nuestra antigua historia finaliza con la Cruz; nuestra nueva historia comienza con la resurrección. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura (creación) es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:5:17). Por la Cruz Dios liquidó toda la antigua creación, y de la muerte surge una nueva creación en Cristo, el segundo hombre. Si estamos “en Adán” todo lo que está “cn Adán” viene a ser nuestro inevitablemente y sin ningún esfuerzo nuestro. No hay necesidad de hacer esfuerzo alguno para perder la paciencia o cometer cualquier otro pecado; estas cosas suceden, y esto, a pesar de nosotros. Así también si estamos “en Cristo” todo lo que está en Cristo nos viene por gracia, sin esfuerzo alguno de nuestra parte, sobre la base de la fc sencilla.
La vida cristiana es nada menos que la vida de Cristo. Es la propia vida de Cristo reproducida en nosotros. Por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios, sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Co. 1:30). El concepto común de la santificación es que cada parte de nuestra vida debería ser santa; pero eso no es santidad -es el fruto de la santidad. La santidad es Cristo. Cuando somos conscientes de orgullo, nos imaginamos que la humildad llenará nuestra necesidad; pero la contestación al orgullo no es la humildad -es Cristo, y Cristo es la contestación para cada necesidad. Dios nos ha dado su Hijo para ser nuestra vida, y sólo necesitamos estar “en Cristo” para que todo lo que es de Cristo venga a ser nuestro. Hay una sola 'vida cristiana' -y ésa es la vida de Cristo. Nunca se me exige imitar aquella Vida, pero sí, permitir a Cristo que viva en mí. “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Ga. 2:20).
Tomado de: “La vida cristiana normal” de W. Nee
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Predeterminado La cruz - la cresta divisoria

LA CRUZ - LA CRESTA DIVISORIA
Todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte, porque somos sepultados juntamente con Él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Ro. 6:3,4).
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura (creación) es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas (2 Co. 5:17).
“El Padre, que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz... nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Col. 1:12,13).
El reino de este mundo no es el reino de Dios. Dios deseaba en su corazón un sistema mundial -un universo de su creación- cuya cabeza sería Cristo su Hijo (Col. 1:16,17). Pero Satanás, obrando por medio del hombre carnal, ha instaurado un sistema opuesto conocido en las Escrituras como 'este mundo' -un sistema en el cual nosotros estamos implicados y que Satanás mismo domina. De hecho, él ha llegado a ser “el príncipe de este mundo” (Jn. 12:31).
DOS CREACIONES
Así la primera creación, bajo el poder de Satanás, ha venido a ser la 'antigua creación'. Dios está introduciendo una 'nueva creación', un nuevo reino y un nuevo mundo, y nada de aquella antigua creación, cl antiguo reino o el antiguo mundo, puede transferirse o ser transferido al nuevo. Se trata, pues, de que existen ahora dos reinos rivales, y de nuestra pertenencia a alguno de ellos.
Para poder introducirnos en esta nueva esfera, Dios debe hacer algo nuevo en nosotros, debe hacernos “criaturas (creación) nuevas”. A menos que seamos hechos de nuevo nunca podremos ser aptos para participar en este nuevo reinado: “Lo que es nacido de la carne, carne es”, y “la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios” (Jn. 3:6; 1 Co. 15:50). A pesar de la educación, cultura, mejoramiento, todavía es carne. Nuestra aptitud para el nuevo reino es determinada por la creación a la cual pertenecernos. ¿Pertenecemos a la antigua creación o a la nueva? ¿Somos nacidos de la carne o del Espíritu? Nuestra aptitud para este nuevo reino al final gira sobre la cuestión de origen. La cuestión no es entre lo bueno o lo malo, sino entre la carne o el espíritu; “lo que es nacido de la carne, carne es”, nunca será otra cosa. Aquello que es de la antigua creación jamás podrá entrar en el nuevo reino.
Una vez que veamos a fondo lo que Dios busca -algo totalmente nuevo para Él mismo-,
entonces veremos claramente que jamás podremos introducir nada del antiguo reinado en el nuevo. Dios ansiaba poseernos para sí mismo, pero Él no podía introducirnos, como estábamos, en aquello que Él había propuesto; así que primeramente nos eliminó por la Cruz de Cristo y luego por la resurrección nos proveyó una nueva vida. Siendo ahora una nueva creación (2 Co. 5:17), con una nueva naturaleza y nuevas facultades, podremos entrar en este nuevo reino y el nuevo mundo. La Cruz fue el medio que Dios usó para ponernos completamente a un lado y la resurrección el que usó para impartimos todo lo necesario para nuestra vida en la nueva esfera (Ro. 6: 4).
La resurrección está al comienzo de la nueva creación. Es bendita cosa ver que la Cruz termina todo lo que pertenece al primer régimen, y la resurrección presenta todo lo que pertenece al segundo. La resurrección es el nuevo punto de partida.
LIBERACIÓN DE LA VIEJA VIDA
Tenemos ahora ante nosotros dos mundos, el antiguo y el nuevo. En el antiguo, Satanás tiene el dominio absoluto. Tú puedes ser un buen hombre en la antigua creación, pero mientras pertenezcas a ella estás bajo pena de muerte, porque nada de la antigua creación puede pasar a la nueva. La Cruz de Cristo es la declaración de Dios de que todo lo que es de la antigua creación debe morir. Nada del primer Adán puede pasar más allá de la Cruz; todo termina allí. Cuanto más pronto veamos esto, tanto mejor, pues es por la Cruz que Dios nos ha hecho un camino para escapar de la vieja creación. Dios encerró en su Hijo todo lo que fue de Adán y lo crucificó; así en Él todo lo que fue de Adán se eliminó. Es como si Dios hubiera proclamado por todo el universo: “Por medio de la Cruz Yo he puesto de lado todo lo que no es de Mí; y vosotros, que pertenecéis a la antigua creación, estáis todos incluidos en la Cruz; ¡vosotros también habéis sido crucificados con Cristo!” Ninguno de nosotros puede escapar de ese veredicto.
“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con Él para muerte por el bautismo” (Ro. 6:3-4). ¿Cuál es el significado del bautismo? No es sólo una cuestión de una gota de agua, ni aun de un bautisterio lleno de agua. El bautismo es una cosa tremenda, porque se relaciona tanto a la Cruz como a la resurrección de nuestro Señor. Pedro, en su primera epístola, se refiere al bautismo como la “respuesta de una buena conciencia para con Dios” (1 P.3:21, V.M.). Por cierto, no podemos responder sin que alguien nos hable primero. Si Dios no hubiera dicho nada, no tendríamos respuesta. Pero Él ha hablado. Por la Cruz, Él nos ha hablado de su juicio contra nosotros, contra el mundo, contra la antigua creación y contra el antiguo reino. La Cruz no es sólo de Cristo -una Cruz 'individual'. Es una Cruz que incluye a todos, una Cruz 'corporativa', una Cruz colectiva que me incluye a mí y a ti. Dios nos ha puesto a todos en su Hijo y nos crucificó en Él. En el Último Adán, Él ha borrado todo lo que fue del primer Adán.
Ahora, ¿cuál es mi respuesta al fallo de Dios contra la antigua creación? Contesto con solicitar el bautismo. ¿Por qué? En Ro. 6:4, Pablo explica que el bautismo significa la sepultura. El bautismo se relaciona tanto con la muerte como con la resurrección; pero en sí mismo no es ni muerte ni resurrección, es sepultura, pero ¿para quién es la sepultura? Sólo para los muertos. Así que si yo pido el bautismo, me proclamo a mi mismo muerto y sólo apto para la tumba. Mi solicitud de bautismo significa que digo “Sí” a la muerte a la cual Dios me ha entregado. Digo: “Señor, creo que Tú has cumplido la crucifixión y ahora pido la sepultura. Me has consignado a la muerte, y pido ser sepultado”.
En cierta ocasión, una mujer perdió su esposo pero fuera de sí por causa de su pérdida, se negó rotundamente a hacerlo sepultar. Día tras día, por dos semanas, quedó el cadáver en la casa. Ella dijo: “No está muerto, hablo con él todas las noches”. Se opuso a la sepultura, porque ella no creía que estuviese muerto. ¿Cuándo tenemos voluntad de enterrar a nuestros queridos? Sólo cuando estamos absolutamente seguros que han fallecido. Mientras tengas la menor esperanza de que estuvieran vivos, no los entregarías a la sepultura. ¿Cuándo debo pedir el bautismo? Cuando veo que la voluntad de Dios es perfecta, cuando reconozco que merezco morir, y cuando verdaderamente creo que Dios ya me ha crucificado. Una vez que yo esté plenamente persuadido de que, ante Dios, yo estoy bien muerto, entonces solicitaré el bautismo. Digo, en efecto: “Alabado sea el Señor, estoy muerto. Señor, Tú me has muerto, ahora deseo ser sepultado”. Dios ha cumplido la obra de la crucifixión, pero nosotros debemos sellar aquella muerte por la sepultura.
En la China tenemos dos servicios médicos de emergencia, una 'Cruz Roja' y una 'Cruz Azul. La primera se ocupa de los heridos en batalla, para socorrerlos y curarlos; la segunda se ocupa de los muertos, sea por hambre, inundación o guerra, a fin de darles sepultura. El proceder de Dios con nosotros en la Cruz, es más drástico que el de la 'Cruz Roja'. Él no se dispone a remendar la antigua creación. Aun los que viven están condenados por Él a muerte y sepultura, para que puedan resucitar a nueva vida. Dios ha hecho la obra de la crucifixión, así que ahora estamos en la lista de los muertos; pero debemos aceptado y sometemos a la obra de la 'Cruz Azul’, sellando esa muerte con la 'sepultura'.
Hay un antiguo mundo y un nuevo mundo; entre los dos hay una tumba. Dios ya me ha crucificado, pero debo consentir en ser enviado a la tumba. Mi sepultura confirma el fallo de Dios pronunciado contra mí en la Cruz de su Hijo. Afirma que he sido cortado del viejo mundo y que pertenezco ahora al nuevo. Así, el bautismo no es cosa de poca monta. Me separa del antiguo mundo y me prepara para el nuevo. Significa para mí romper definitiva y conscientemente con la antigua manera de vivir. Este es el significado de Romanos 6:2: “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” Pablo, en efecto, dice: “Si pudieras continuar en el antiguo mundo, ¿por qué bautizarte? Nunca deberías haber sido bautizado, si tenías intención de vivir en el antiguo reino”. Una vez que hemos visto esto, damos lugar a la nueva creación al consentir en la sepultura de la antigua.
RESURRECCIÓN PARA NOVEDAD DE V1DA
“Si fuimos plantados juntamente con Él a la semejanza de su muerte, así también lo seremos con la de su resurrección” (Ro. 6:5).
La resurrección es enteramente diferente. Soy bautizado en su muerte, pero no entro en
su resurrección en exactamente la misma manera, pues ¡alabado sea el Señor! su resurrección entra en mí dándome una nueva vida. La muerte del Señor es “yo en Cristo”; la resurrección es “Cristo en mí”. ¿Cómo es posible para Cristo comunicarme su vida de resurrección? ¿Cómo recibo yo esta nueva vida? En Romanos 6:5, Pablo contesta nuestra pregunta con una buena ilustración: las palabras “plantados juntamente” son, en el griego, una palabra: “injerta dos”; y tenemos aquí un muy hermoso cuadro de la vida de Cristo que nos es impartida por medio de Su resurrección.
Una vez visité a un hombre que era dueño de una huerta. Tenía casi dos hectáreas de terreno y más o menos trescientos árboles frutales. Le pregunté si sus árboles habían sido injertados o si eran de los troncos originales. Me contestó: “¿Cree usted que yo perdería mi terreno con árboles no injertados?”.
Le pedí me explicara el proceso del injerto, y lo hizo de buena gana. “Cuando un árbol ha crecido hasta cierta altura, lo desmocho, y entonces lo injerto”, dijo. Indicándome un árbol en particular, me preguntó: “¿ve usted ese árbol? Yo lo llamo el árbol 'padre', porque todos los demás árboles son injertados de eso Si los otros árboles fueran dejados para seguir el curso de la naturaleza, su fruto sería muy pequeño y consistiría mayormente de cáscara gruesa y semillas. Este árbol, del cual son injertados, carga una fruta sabrosa, del tamaño de una ciruela, con cáscara muy delgada y semillas diminutas”. “Y ¿cómo sucede esto?”, le pregunté. “Sencillamente, tomo un poco de la naturaleza de un árbol y la transfiero al otro”, explicó. “Hago un corte en el árbol pobre e inserto un brote del, árbol bueno, entonces lo ato, y lo dejo crecer”. Pero, ¿como puede crecer? Contestó: No se, pero si crece”. Entonces me mostró un árbol cargado de fruta sumamente pobre debajo del injerto y fruta rica, sabrosa, arriba del injerto. “Dejé los brotes viejos con su fruta inútil para mostrar la diferencia”, me dijo. “Con esto puede
comprender el valor del injerto. ¿Se da cuenta ahora por qué cultivo solamente árboles injertados?”
¿Cómo puede un árbol llevar fruto de otro? ¿Cómo puede un árbol viejo cargar fruto nuevo, y un árbol pobre cargar fruto bueno? Por el injerto. Entonces, si un hombre puede injertar una rama de un árbol en otro, ¿no podrá Dios injertar la vida de su Hijo en nosotros?
Una mujer, en la China, se quemó de gravedad un brazo y fue llevada al hospital. Fue hallado necesario injertar nueva piel sobre la superficie perjudicada, pero el médico procuró en vano injertar una porción de la de ella en el brazo; era demasiado pobre. Una enfermera extranjera ofreció una porción de su piel, y la operación resultó con buen éxito. La nueva piel se unió a la vieja, y la mujer salió del hospital con su brazo perfectamente curado; pero quedó una porción de piel blanca en su brazo amarillo como testimonio de lo que había pasado. Se pregunta cómo la piel de otra persona creció sobre el brazo de esa mujer. Yo no sé cómo creció, pero sé que así sucedió.
Si un cirujano terrestre puede injertar una porción de piel de un cuerpo humano en otro ¿no podrá el Cirujano Divino injertar la vida de su Hijo en mí? No sé cómo ocurre. “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Jn. 3:8). No sabemos cómo Dios ha obrado en nosotros, pero sí que lo ha hecho. Nada podemos hacer, y no necesitamos hacer nada, pues Dios ya lo ha hecho todo.
Dios lo ha hecho todo: hay una sola vida fructífera en el mundo, y ésa ha sido injertada Aunque reconocemos que esto no es siempre posible, la lección espiritual es bien cierta. en millones de otras vidas. A esto lo llamamos 'el nuevo nacimiento': es la recepción de una vida que no poseí antes. No es que mi vida haya sido cambiada en ninguna manera; es otra vida completamente nueva y completamente divina, que ha venido a ser mi vida.
EL 'CONTAR' DE FE
Dios ha eliminado la antigua citación por la Cruz de su Hijo, y mi bautismo es mi reconocimiento de aquel hecho.
La vida cristiana normal, inicial y progresivamente, es por fe en la Cruz de Cristo. Pero ¿Qué es la fe? La fe es mi aceptación del hecho de Dios. La fe siempre se relaciona a lo pasado; cualquier cosa que se relaciona con el futuro no es fe, es esperanza.
En Marcos 11:24, V.M. se explica la naturaleza de la fe así: “Todo cuanto pidiereis en la oración, creed que lo recibisteis ya; y lo tendréis”. Si creéis que ya recibisteis vuestros pedidos, entonces los tendréis. El creer que recibierais algo o que pudieras recibirlo o aun que lo recibiréis, no es fe. Esto es fe -creer lo que ya recibisteis. Así que sólo lo que se relaciona con el pasado es verdadera fe. Aquellos que dicen “Dios puede hacerlo” o “Dios lo hiciera” o “Dios debe hacerlo” o aun “Dios lo hará”, no ejercen necesariamente la fe. La fe siempre dice: “Dios lo ha hecho”.
Entonces ¿cuándo tengo fe acerca de mi crucifixión? No cuando digo que Dios puede crucificarme, o que me crucificará, sino cuando con gozo digo: “Alabado sea Dios, en Cristo estoy crucificado”. La tentación puede venir y Satanás puede tratar de probar que no estoy muerto pero, una vez que yo vea que estoy crucificado con Cristo, puedo reírme en la hora de la tentación. La dificultad con muchos es que, tan pronto aparece la tentación, empiezan a preguntar: “He muerto verdaderamente?”. Creen las mentiras de Satanás y niegan la verdad de Dios. Dios ha dicho que cuando Cristo murió, yo morí y pongo toda mi confianza en su Palabra. Está hecho, por consiguiente no hay nada que yo deba hacer sino meramente entender y contar con esto como un hecho eterno.
Tomado de “La vida cristiana normal de W. Nee
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Predeterminado Siervo o esclavo

SIERVO O ESCLAVO
Si nos entregamos sin reserva a Dios, ¡cuantos ajustes pueden ser necesarios en la familia, en los negocios, en las relaciones en la iglesia o en nuestras opiniones personales! Dios no permitirá que quede cosa alguna de nosotros. Su dedo tocará punto por punto todo lo que no es de Él, diciendo: “Esto, hay que dejarlo. ¿Estás dispuesto?”. Es insensato resistir a Dios, y siempre sabio ceder a Él. Admitimos que muchos de nosotros aún sostenemos controversias con Dios. Él quiere algo, mientras nosotros queremos lo opuesto. Hay muchas cosas que no nos atrevemos a investigar, ni a orar por ellas, ni siquiera a pensar en ellas por temor a perder nuestra paz. En esta forma podemos rehusarnos a encarar el asunto, pero al hacerla nos apartamos de la voluntad de Dios. Es siempre cosa fácil salir de su voluntad, pero bendita cosa entregamos completamente a Él y permitirle lograr su propósito con nosotros.
¡Qué bueno es reconocer que pertenecemos al Señor y que no somos nuestros! No hay nada más precioso que eso en todo el mundo. Es lo que trae la certidumbre de su continua presencia, y la razón es obvia. Debo primero tener el sentido de la posesión divina antes que pueda tener el sentido de su presencia. Cuando esta relación con el Señor está establecida, entonces no osamos hacer cosa alguna de nuestra propia iniciativa, porque somos su exclusiva propiedad. “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis?” (Ro. 6: 16). La palabra traducida 'siervo' en las versiones anteriores a la revisión de 1960, realmente significa 'esclavo'. Esta palabra se usa varias veces en la segunda mitad de Romanos 6. ¿Cuál es la diferencia entre “siervo” y “esclavo”? Un siervo puede servir a otro pero no llega a pertenecerle. Si su patrón le agrada, puede servirle; pero, si no le agrada, puede rehusarse a hacerla, puede presentar su renuncia y buscar otro patrón. No así con el esclavo. Él, no solamente es siervo, sino la propiedad de otro. ¿Cómo vine a ser el esclavo del Señor? De su parte Él me compró, y de mi parte me entregué a Él. Por el derecho de redención somos propiedad de Dios, pero si queremos ser sus esclavos debemos voluntariamente entregarnos a Él, porque Él jamás nos obliga.
LA REALIDAD DEL PUNTO EN DISPUTA
La cosa trágica acerca de los cristianos de hoy en día es que no tienen idea clara de lo que Dios les exige. ¡Cuán fácilmente dicen: “Señor, estoy dispuesto para todo!”. ¿Sabes que Dios demanda de ti tu misma vida? Hay ideales acariciados, voluntades férreas, amistades apreciadas, ocupaciones agradables que tendrán que desaparecer: así que no te entregues a Dios a menos que seas muy sincero. Dios te tomará seriamente aun si tú no lo consideras como serio.
Cuando el muchacho de Galilea trajo su pan al Señor, ¿qué hizo el Señor con ese pan? Lo rompió. Dios siempre rompe lo que le es ofrecido. Él rompe lo que recibe, pero, después de romperlo, lo bendice y lo usa para suplir las necesidades de otros. Después de presentarse al Señor, El empieza a romper lo que le fue ofrecido. Todo parece ir mal, y protestas y criticas el proceder divino. Pero quedarse allí es ser nada más que una vasija rota; de ningún bien para el mundo, porque te has ido demasiado lejos para que el mundo te utilice, y de ninguna utilidad para Dios, porque no has adelantado suficientemente para que Él te utilice. Estás mal ajustado con el mundo y tienes una controversia con Dios. Esta es la tragedia de muchos cristianos.
Nuestra entrega al Señor debe ser un acto fundamental. Entonces, día por día seguiremos entregándonos a Él sin criticar su proceder sino aceptando con alabanza aun aquello que a la carne repugna. Cuando adoptas esta actitud, estás verdaderamente entregado. Una hermana oro así: Señor, esto es muy duro, no me gusta, pero estoy dispuesta”. Otro día yo oraba con un hermano y no le parecía lograr ser atendido de Dios. Al fin dijo: “Señor, no me gusta, pero no cedas: espera un momento, y me rendiré yo a Ti”.
La vida cristiana normal comienza con una crisis cuando veo que soy del Señor y de ahí
en adelante ya no me cuento como mío propio sino que en toda cosa reconozco su derecho y autoridad. No me consagro yo para ser un misionero, me consagro a cumplir la voluntad de Dios, hacer su voluntad en la escuela, en la oficina o en el hogar, contando cualquier cosa que Él determine para mí, ser el sumo bien, porque nada sino bien puede venir a aquellos que son enteramente de Él.
Que seamos siempre poseídos por la convicción que ya no nos pertenecemos.
Tomado de “La vida cristiana normal” de W. Nee
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Predeterminado El significado y valor de romanos 7

EL SIGNIFICADO Y VALOR DE ROMANOS 7
Ahora llegamos al capítulo 7 de Romanos. Hay la tendencia de sentir que este capítulo está mal situado en el lugar donde se halla. Nos gustaría ponerlo entre los capítulos 5 y 6. Al fin del capítulo 6 todo es tan perfecto: entonces viene un quebrantamiento completo en el capítulo 7 y el grito “¡Miserable de mí!”. Entonces, ¿cuál es su enseñanza?
El capítulo 6 trata de la liberación del pecado: y el capítulo 7 de la liberación de la ley. En el capítulo 6 Pablo nos ha relatado cómo podemos ser liberados del pecado y suponíamos que eso fue todo lo que hacía falta. El capítulo 7 ahora nos enseña que la liberación del pecado no basta, sino que también necesitamos liberación de la ley. Si no somos del todo emancipados de la ley, nunca podremos experimentar la plena emancipación del pecado, pero ¿cuál es la diferencia entre la liberación del pecado y la liberación de la ley? Todos conocemos el significado de la liberación del pecado, pero necesitamos conocer también el significado de la ley, si hemos de apreciar nuestra necesidad de liberación de ella.

LA INHABILIDAD TOTAL DEL HOMBRE
Muchos, aunque verdaderamente salvos, se hallan impedidos por el pecado. No viven necesariamente bajo el poder del pecado todo el tiempo, pero hay ciertos pecados que les impiden continuamente y así cometen los mismos pecados repetidas veces. Un día oyen el mensaje pleno del Evangelio, que el Señor Jesús no sólo murió para borrar nuestros pecados, sino que cuando murió nos incluyó a todos en su muerte; siendo así que no se trata solamente con nuestros pecados, sino con nosotros mismos también. Sus ojos son abiertos y saben que han sido crucificados, inmediatamente dos cosas siguen a aquella revelación. En primer lugar, ellos cuentan con que han muerto y resucitado con el Señor y, en segundo lugar, ceden a los derechos del Señor. Ellos ven que no tienen más derecho sobre sí mismos. Este es el comienzo de una hermosa vida cristiana llena de alabanza al Señor.
Luego el creyente empieza a pensar en esta manera: “He muerto con Cristo, soy resucitado con Él, y me he entregado a Él para siempre: ahora me corresponde hacer algo para Él, dado que hizo tanto por mí. Quiero agradarle y hacer Su voluntad”. Así que después de la consagración procura descubrir la voluntad de Dios y se propone obedecerle. Entonces es cuando hace un descubrimiento extraño. Pensaba que podía hacer la voluntad de Dios y creía que amaba esa voluntad, pero poco a poco encuentra que no siempre le gusta. A veces encuentra hasta una manifiesta mala gana en obedecer: y a menudo, cuando trata de cumplir, encuentra que no puede. Entonces empieza a dudar de su experiencia espiritual. Se pregunta: “¿Será que yo realmente sabía? ¡Sí! ¿Será que yo realmente contaba? ¡Sí! ¿Será que yo verdaderamente me entregué? ¡Sí! ¿Me he vuelto atrás de mi consagración? ¡No! ¿Entonces qué pasa ahora?”. Cuanto más este hombre procura hacer la voluntad de Dios, tanto más fracasa en cumplir. Finalmente llega a la conclusión que nunca amaba verdaderamente la voluntad de Dios: así que ora por el deseo y el poder de cumplir. Confiesa su desobediencia y promete nunca desobedecer de nuevo. Pero apenas se ha levantado de sus rodillas cuando ha fracasado una vez más: antes que llegue al punto de victoria, es consciente de derrota. Entonces se dice a sí mismo: “Puede ser que mi última decisi6n no fuera bastante definida. Esta vez vaya ser absolutamente terminante”. Así que concentra toda su voluntad sobre el asunto, sólo para encontrar que le aguarda un mayor fracaso que nunca después de la primera tentación. Entonces repite las palabras de Pablo: “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerla. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. (Ro. 7:18,19).

EL SIGNIFICADO Y EL PROPÓSlTO DE LA LEY
Muchos cristianos son lanzados de repente a la experiencia de Romanos 7 y no saben por qué. Se imaginan que Romanos 6 es bien suficiente. Habiéndolo entendido claramente, piensan que no puede haber más cuestión de fracaso, y entonces con gran sorpresa se encuentran repentinamente en Romanos 7, ¿,Cuál es la explicación? No conocen la liberación de la ley. Romanos 7 nos Es dado para explicar y llevamos a la experiencia de la verdad de Romanos 6:14: “El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia”. ¿Cuál, pues, es el significado de la ley?
La gracia significa que Dios hace algo a mi favor; la ley significa que yo hago algo para Él. Ahora, si la ley significa que Dios demanda algo de mí, la liberación de la ley quiere decir entonces que Él ya no lo demanda de mí, sino que Él mismo lo provee. La ley implica que Dios me requiere que haga algo para Él; la liberación de la ley implica que Él me exime de hacer cosa alguna para Él, y que en gracia Él mismo lo hace en mÍ. Yo (el hombre “carnal” de Ro. 7:14) no necesito hacer nada para Dios: esto es liberación de la ley. La dificultad en Romanos 7 es que el hombre en la carne trató de hacer algo para Dios. Al momento que procuras agradar a Dios, entonces te pones bajo la ley y la experiencia de Romanos 7 empieza a ser la tuya. Cuando un hombre ve que es libertado de la ley, entonces proclama: “Yo no trataré de hacer cosa alguna para Dios”. ¡Qué doctrina! ¡Qué formidable herejía! Pero b. liberación de la ley significa justamente esto, que yo cese de tratar de agradar a Dios (esto es en la carne).
Debemos aclarar que la ley no tiene la culpa de nuestro fracaso. Pablo dice: “La ley a la
verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Ro. 7:12). ¡No! No hay nada mal en la ley, pero hay algo indudablemente mal en mÍ. Las demandas de la ley sen justas, pero la persona de quien las demanda es injusta. El problema no consiste en que las demandas de la ley son injustas, sino en que yo no puedo cumplidas. El gobierno puede estar en su derecho al demandarme el pago de $ 100, pero ¡lo malo es si yo sólo tengo $ 10 para satisfacer esa demanda!
Dios sabe quién soy. Él sabe que desde la cabeza hasta los pies estoy lleno de pecado. Él sabe que soy la debilidad encarnada, que nada puedo hacer. El problema es que yo ignoro esto. Admito que todos los hombres son pecadores y por consiguiente soy pecador; pero me imagino que no soy tan pecador, sin esperanza, como algunos. Dios debe traemos al lugar donde veamos que somos completamente débiles e incapaces. Mientras decimos eso, no lo creemos del todo, y Dios tiene que hacer algo para que estemos plenamente convencidos del hecho. Si no fuese por la ley, nunca hubiéramos conocido cuán débiles somos. Pablo aclara esto en Romanos 7:7: “Yo no conocí el pecado sino por la ley: porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás”. Cualquiera hubiera sido su experiencia con el resto de la ley, fue el décimo mandamiento, que traducido literalmente es: “No desearás... “, el que lo encaró. Entonces, él se vio cara a cara con su total incapacidad y fracaso. Cuanto más tratamos de guardar la ley, tanto más se manifiesta nuestra debilidad, hasta que se demuestra claramente que somos tan débiles que, en nosotros mismos, no nos queda esperanza alguna. Dios lo sabía antes pero no nosotros, y así Dios tuvo que traernos por experiencias dolorosas al reconocimiento del hecho. Necesitamos que nos sea demostrado, más allá de toda discusión, que somos tan débiles. Es por eso que Dios nos dio la ley.
Así, con reverencia, podemos decir que Dios nunca nos dio la ley para guardada; ¡Él nos dio la ley para quebrarla! Él sabía muy bien que nosotros no podíamos observarla. Somos tan malos que Él no nos pide favor alguno ni hace demandas. Ningún hombre ha logrado hacerse aceptable a Dios por medio de la ley. En ninguna parte del Nuevo Testamento dice que la ley fue dada para ser guardada; pero sí dice que la ley fue dada para que hubiera trasgresión. “La ley se introdujo para que el pecado abundase... (Ro.5:20). ¡La ley fue dada para manifestamos como quebrantadores de la ley! Indudablemente soy pecador, “pero yo no conocí el pecado sino por la ley... porque sin la ley el pecado está muerto.... pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (Ro. 7: 7-9). La ley es la que expone nuestra verdadera naturaleza. ¡Ay! somos tan vanidosos, nos conceptuamos tan fuertes, que Dios tiene que darnos algo para probar cuán débiles somos. Al fin lo vimos y confesamos: “Soy un pecador ciento por ciento, y no puedo hacer nada para agradar a Dios”.
Así, la ley no fue dada en la esperanza de que la guardaríamos: fue dada en el pleno conocimiento de que la quebrantaríamos, y cuando la hayamos quebrantado tan completamente que seamos convencidos de nuestra absoluta necesidad, entonces la ley habrá servido su propósito. Ha sido nuestro ayo para llevamos a Cristo para que Él pueda guardada en nosotros (Gá. 3:24).
Tomado de “La vida cristiana normal” W. Nee
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Predeterminado Cristo, en nosotros, el fin de la ley

CRISTO, EN NOSOTROS, EL FIN DE LA LEY
Hay todavía una ley de Dios, y ahora hay un “nuevo mandamiento” que exige mucho más que el antiguo, pero ¡alabado sea Dios! sus demandas son cumplidas pues es Cristo quien las cumple; es Cristo quien obra en mí lo que agrada a Dios. “No he venido para abrogar, sino para cumplir (la ley)” son sus palabras (Mt. 5:17). Así Pablo, gozando el bien de la resurrección, puede decir: “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce (obra) así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil. 2:12,13).
Dios es el que obra en nosotros. La liberación de la ley no quiere decir que estamos eximidos de hacer la voluntad de Dios, sino que estamos libres de hacerla como de nosotros mismos. Desde aquí en adelante Otro lo hace en nosotros. Una vez que estamos plenamente persuadidos de que no podemos satisfacer la voluntad de Dios, ni siquiera intentamos hacerla, y ponemos nuestra confianza en el Señor, a fin de que Él manifieste en nosotros su vida de resurrección. Desde ahora en adelante si algo es hecho, debe ser el Señor únicamente quien lo haga. Infelizmente, algunos de nosotros, a pesar de saber que no podemos guardar la ley, aún procuramos hacerla.
Voy a ilustrar esta verdad por lo que he visto en mi propia patria. En la China, algunos peones pueden llevar una carga de sal de unos ciento veinte kilos, y algunos, hasta doscientos cincuenta kilos. Pero aquí viene un hombre que sólo puede levantar ciento veinte kilos y hay una carga de doscientos cincuenta. Sabe perfectamente bien que no la puede cargar y, si es prudente, dirá: “No la tocaré”. Pero la tentación de probar es inherente en la naturaleza humana, así que, aunque es imposible que la lleve, todavía trata de hacerla. Cuando jovencito, me divertía observando a diez o veinte de esos hombres que llegaban y probaban, aunque cada uno de ellos sabía que le era imposible. Al fin tuvieron que dejar y dar lugar al que podía.
Cuanto antes abandonemos la prueba tanto mejor, porque si ocupamos el terreno entonces no queda lugar para e1 Espíritu Santo. Pero si decimos “No lo haré, confiaré en Ti para hacerlo en mí”, entonces hallaremos que una fuerza más poderosa que nosotros nos lleva adelante.
En el año 1923 me encontré con un evangelista renombrado. Yo había dicho algo parecido a lo que antecede, y como volvimos a su hogar juntos, observó: “La enseñanza de Romanos 7 es poco proclamada hoy en día; es bueno oírla de nuevo. El día que fui librado de la ley era un día de cielo en la tierra. Después de ser creyente durante años, seguí tratando de hacer lo mejor que pude para agradar a Dios, pero cuanto más procuré tanto más fracasé. Conceptué a Dios como el ser más exigente del universo, pero me hallaba impotente de cumplir la menor de sus demandas. Un día cuando leía romanos 7, repentinamente fue iluminado y vi que no solamente había sido librado del pecado sino también de la ley. Asombrado, salté y dije: “Señor, ¿es que verdaderamente no me impones más demandas? Entonces no necesito hacer nada más para Ti”.
Las exigencias de Dios no han cambiado, pero no somos nosotros los que podemos cumplidas. Alabado sea Dios, Él es el Legislador sobre el trono, y Él es el guardador de la ley en mi corazón. Él que dio la ley, Él mismo la guarda. Él hace las demandas, pero Él mismo las cumple. Mi amigo bien podía saltar y exclamar cuando descubrió que no tenía nada que hacer, y todos los que hacen tal descubrimiento bien podrían hacer lo mismo. Mientras que tratamos de hacer algo, Dios no puede hacer nada. Es por causa de nuestros esfuerzos, que fracasamos, y fracasamos, y fracasamos. Dios quiere demostrarnos que no podemos hacer nada, y hasta que eso no sea plenamente reconocido, nuestros desalientos y desilusiones no cesarán. Un hermano que estaba tratando de luchar para ganar la victoria, me dijo: “No sé por qué soy tan débil”. “Lo que pasa a usted”, le dije, “es que es débil para no hacer la voluntad de Dios, pero no es suficiente débil para mantenerse del todo fuera de las cosas. Aún no es bastante débil; pero cuando está reducido a la absoluta incapacidad y persuadido de que no puede hacer nada, entonces Dios hará todo”. Todos necesitamos llegar al punto donde decimos: “Señor, no puedo hacer ninguna cosa para Ti, pero confío en Ti para que lo hagas todo
en mí”.
UNA ILUSTRACIÓN AL CASO
En cierto tiempo estaba parando en determinado lugar con unos veinte hermanos más. Había inadecuada provisión para bañarnos en el lugar donde estábamos, así que íbamos para tomar una zambullida diaria en el río. En una ocasión un hermano sintió calambres en una pierna y estaba hundiéndose: así que llamé la atención de otro hermano, que era un experto nadador, para que acudiera a su rescate, Pero no hizo movimiento alguno. Desesperado, grité: “¿No se da cuenta que el hermano se está ahogando?” Y los otros hermanos, tan agitados como yo, también gritaron vigorosamente. Pero nuestro buen nadador continuó en su inactividad. Con calma y serenidad, se quedó donde estaba. Mientras tanto la voz del pobre hermano que se ahogaba era más apagada, y sus esfuerzos, más débiles. En mi corazón dije: “¡Odio a aquel hombre! ¡Pensar que él dejara ahogar a un hermano ante sus propios ojos sin acudir a su rescate!”
Pero, cuando el hombre estaba ya hundiéndose, con algunas rápidas brazadas, el nadador se puso a su lado, y pronto ambos estaban en tierra. Cuando me vino una oportunidad, expresé mis opiniones. “Nunca he visto a cristiano alguno que amara su vida tanto como usted”, dije yo. “Piense de la angustia que habría ahorrado a ese hermano si usted se hubiera considerado a usted mismo menos y a él un poco más”. Pero el nadador conocía la cosa mejor que yo. Dijo: “Si hubiera acudido antes, me habría agarrado tan fuertemente que ambos nos hubiéramos hundido. Un hombre que se está ahogando no puede ser salvado hasta que está absolutamente exhausto y cesa de hacer el menor esfuerzo para salvarse”.
¿Lo ves tú? Cuando nosotros abandonamos el caso, entonces entra Dios. Él está esperando hasta que lleguemos al fin de nuestros recursos y no podamos hacer nada más para nosotros mismos. Dios ha condenado todo lo que es de la antigua creación y lo ha consignado a la Cruz. “La carne para nada aprovecha” (}n. 6:63). Si tratamos de hacer algo nosotros mismos, estamos prácticamente repudiando la Cruz de Cristo. Dios nos ha declarado aptos sólo para muerte. Cuando verdaderamente creemos esto, entonces confirmamos el fallo divino al abandonar todos nuestros propios esfuerzos para agradarle. Cada esfuerzo nuestro de hacer su voluntad es una negación de su declaración en la Cruz acerca de nuestra absoluta inutilidad. Nuestros continuados esfuerzos son señal de que hemos entendido mal las demandas divinas por un lado, y la fuente de provisión por otro.
Contemplamos la ley y pensamos que debemos cumplir sus demandas pero necesitamos
recordar que, aunque la ley en sí misma está bien, estaría mal aplicarla a la persona a quien no corresponde. El “miserable hombre” de Romanos 7 trató de afrontar él mismo las demandas divinas, y eso fue la causa de angustia. El repetido uso de la primera persona (el yo) da la clave del fracaso. “El querer el bien está en mí, pero no el hacerla” (Ro. 7: 18). Había un concepto erróneo fundamental en la mente de ese hombre. Él pensaba que Dios le pedía a él guardar la ley, y así por consiguiente estaba tratando de guardarla. Pero Dios no requería ninguna cosa de É1. ¿Cuál fue el resultado? Lejos de hacer lo que agradaba a Dios, se hallaba haciendo lo que le desagradaba. En sus mismos esfuerzos de hacerla, hizo exactamente lo opuesto de lo que él sabía ser la voluntad divina.
Tomado de “La vida cristiana normal” W. Nee
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Predeterminado Apartado para el evangelio de Dios semana 6

Apartado para el evangelio de Dios
Semana 6--- El evangelio es poder de Dios
Lunes --- Leer con oración: 1 Co 9:17; 2 Co 4:3-4
“De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5)
LA LUZ DEL EVANGELIO
Antes de recibir el evangelio de Dios no admitíamos que éramos pecadores, porque el dios de este siglo había cegado nuestro entendimiento. Éramos tan ciegos que nos sentíamos muy correctos simplemente por hacer cosas buenas, como leemos: “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Co 4:3-4). Para aquellos que no fueron alcanzados por la luz del Señor es imposible admitir su propia condición pecaminosa, porque creen estar en lo correcto. Por no creer en el evangelio andan en tinieblas y no ven su verdadera condición.
Muchos de nosotros en el pasado éramos como Job: rectos, temerosos de Dios, por eso nos sentíamos irreprensibles. Tal vez cuando el evangelio llegó a nosotros dijimos: “Ah, ¡yo no necesito eso!”. Pero, ¡alabamos al Señor! pues Su gran misericordia nos alcanzó y fuimos iluminados con respecto a nuestra condición. Lo que antes no considerábamos como pecado, por la luz del evangelio, comenzamos a ver que era pecado. Por eso debemos tener la carga espontánea de predicar el evangelio, porque además de dar la oportunidad para que otros sean iluminados y salvos, el Señor nos prometió un galardón (1 Co 9:17a). Pero, si predicamos de mala voluntad, la responsabilidad de despensero nos fue encomendada (v. 17b).
Esta comisión es para todos los hijos de Dios, e incluso para todos aquellos que el evangelio alcanzará. Si conocemos más acerca de lo que el evangelio es capaz de hacer, experimentaremos su poder en nuestra vida y seremos más animados a predicarlo.
Punto Clave: Por el evangelio somos iluminados.
Pregunta: ¿Qué puede ayudar a un pecador para que vea sus pecados?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 6 --- El evangelio es poder de Dios
Martes --- Leer con oración: Ro 1:16, 18-32; 2:1; 3:23; 1 Co 9:16
“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Ro 1:16)
EL EVANGELIO ES PODER DE DIOS PARA SALVACIÓN A TODO AQUEL QUE CREE
En Romanos 1:16 leemos: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego”. Cuando recibimos el evangelio fuimos salvos y también recibimos el don de predicarlo, conforme a lo que Pablo dice: “¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co 9:16b).
Sabemos que no todos reciben el evangelio. La epístola a los Romanos señala, en primer lugar, la ceguera del hombre en no reconocer al Dios Creador. Por esta razón, la ira de Dios viene sobre los pecadores, aquellos que no creen en el Señor. Al respecto de esto leemos: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó” (1:18-19). Conforme a esta palabra, el Señor ya Se dio a conocer, y Se manifestó a los pecadores.
El versículo 20 continúa: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa”. Por medio de las cosas creadas todos pueden darse cuenta de que hay un Dios y que Él tiene el poder eterno, pues es el Dios Todopoderoso. Lamentablemente algunos todavía no confiesan Su existencia, sin embargo ésta puede ser reconocida y percibida por todos a través de las cosas creadas. En el pasado, muchos de nosotros no confesábamos la existencia de Dios, tampoco creíamos que el mundo había sido creado por Él. El versículo 21a dice: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias”.
Prosiguiendo en los versículos 21b al 23 leemos: “Sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles”. En estos versículos vemos que el hombre no tiene excusa por no reconocer la existencia de Dios como el Creador.
La epístola a los Romanos nos muestra que todos los hombres pecaron y por eso están destituidos de la gloria de Dios; que la situación del mundo es mucho peor de lo que imaginamos (Ro 3:23). Al ilustrar la condición pecaminosa del hombre, Pablo nos muestra que ese mismo hombre pecador aún se considera una persona buena.
Esta es una clara indicación de que el dios de este siglo ciega el entendimiento de los hombres a tal punto que éstos “se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios” (vs. 21- 22). No obstante, el apóstol Pablo también nos mostró que por despreciar el conocimiento de Dios y rechazarlo, Él entregó a tales hombres a la inmundicia, a pasiones vergonzosas y a una mente reprobada (vs. 24, 26, 28). En el pasado, cuando éramos ciegos de entendimiento, no percibíamos ese pecado. El hombre pecador sabe que Dios existe, pero no Lo confiesa. Por no confesar Su existencia, el hombre cae, y comete muchos pecados inmundos.
Punto Clave: No importa la condición de las personas, el evangelio es poderoso para salvarlas.
Pregunta: De acuerdo a Romanos 1:18-25 ¿Cuáles son las características del hombre después de la caída?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 6 --- El evangelio es poder de Dios
Miércoles --- Leer con oración: Ro 1:25-32; 2:2; Mt 12:32
“Ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén” (Ro 1:25)
LA CONDICIÓN MISERABLE DEL HOMBRE
Por el hecho de haber cambiado la verdad por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, los hombres perdieron el temor a Dios y comenzaron a practicar públicamente cosas despreciables, las cuales en nuestros días están siendo incluso aprobadas por los gobiernos y autoridades. Pablo las describió en Romanos 1:26-27: “Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío”. Es por esta razón que la Biblia afirma que el mundo entero está bajo el maligno (1 Jn 5:19b).
Pablo además prosigue: “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (Ro 1:28). Aquí tenemos claridad de que el origen de los pecados groseros se debe al hecho de que los hombres despreciaron a Dios, pues Él, por causa de eso, los entregó para hacer cosas que no convienen.
Aunque la lista de pecados que continúa en el versículo 29 sea algo abominable, refleja la realidad que vemos todos los días, conforme a lo que leemos: “Estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades”. El hombre pecador, aun al practicar estas cosas, no admite que son pecados.
La continuación de esta lista se encuentra en los versículos 30 y 31: “Murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia”. La descripción que el apóstol hace en estos versículos señala la práctica de los incrédulos, es decir, a aquellos que no recibieron la luz del Señor. Lamentablemente entre los hijos de Dios también suceden situaciones como estas. Hay cristianos que mienten, inventan males, que están llenos de maldad y envidia y causan muchos problemas a otros. También hay algunos que usan el internet para difamar a la iglesia de Dios. Ellos saben que al hacer esto están cometiendo actos que Dios condena. Un calumniador, injurioso e inventor de males, no quedará impune delante de Dios. El Señor vendrá a juzgar a los que dicen mentiras y difaman a la iglesia.
Romanos 1 continúa: “Quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (v. 32). Participar de tales pecados es algo muy serio, porque la palabra de Dios dice que los que practican tales cosas son dignos de muerte. Aquí vemos también la preocupación del apóstol Pablo por mostrar cuán grave es ser cómplice de estos pecados al aprobar a los que proceden así.
Espero que todos puedan recibir luz por medio de esta palabra, porque el Señor vendrá para juzgar tales cosas (2:2). En realidad, todas esas personas necesitan recibir el evangelio de Dios. Deseamos que aquellos que están en esa situación lamentable se arrepientan y obtengan el perdón de sus pecados.
Punto Clave: Recibir el evangelio y arrepentirse.
Pregunta: Conforme a Romanos 1:26-31, ¿Cuáles son las características de los hombres que desprecian y rechazan a Dios?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 6 --- El evangelio es poder de Dios
Jueves --- Leer con oración: Nah 1:3; Ro 1:16; 21-32; 2:4; 1 Jn 1:5-7; 2:8
“Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra” (1 Jn 2:8)
EL PODER DEL EVANGELIO, EL OPERAR DE LA LUZ Y EL DISIPAR LAS TINIEBLAS
Pablo, al comienzo de su epístola a los romanos, muestra innumerables pecados cometidos por los hombres. Al ver esa lista podemos pensar que no hay salvación para tales personas. Pero, ¡alabado sea el Señor! porque el evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.
Incluso hasta las personas que cometen esos pecados, aún las que van en contra de Dios, pueden ser salvas. Por eso volvemos a decir: no importa cuán grave sea el pecado, el evangelio, que es poder de Dios, llegó hasta nosotros y nos dio la remisión de los pecados. El objetivo del evangelio de la gracia es salvar a todo tipo de hombre, hasta del que se encuentra en la situación más vil.
Delante de la condición del hombre, presentada por Pablo al inicio de su epístola a los Romanos, vemos que todos nosotros necesitamos ser iluminados. Dios es luz, por eso Él no justificará a aquel que yerra ni tendrá por inocente al culpable. Pero, a la menor muestra de arrepentimiento, Dios lo perdonará (Nah 1:3; Ro 2:4).
Cuando estamos bajo la luz divina vemos nuestra condición y reconocemos a Dios mismo. En 1 Juan 1:5 leemos: “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él”. Esperamos que la luz divina alcance a todas las personas.
El versículo 6 dice: “Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad”. Esto prueba que existe la posibilidad de que los hijos de Dios mientan y levanten falsas acusaciones.
Prosiguiendo en el versículo 7: “Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado”. Si estamos en la luz, tenemos comunión, y quien está en la comunión aún tiene la oportunidad de ser purificado. En la comunión tenemos la sangre de Jesús su Hijo, que nos limpia de todo pecado. Por estar en la era de la gracia, todavía tenemos la oportunidad de reconciliarnos con Dios. Si confesamos nuestros pecados, la sangre de Jesús Su Hijo, nos limpia.
La luz descrita en la primera epístola de Juan disipa las tinieblas de los pecadores descritos en el primer capítulo de Romanos. El hombre que cae en la situación de pecado necesita ser iluminado y enseguida confesarlo, de lo contrario el pecado permanecerá y cuando el Señor vuelva, Su juicio vendrá sobre él.
En la luz vemos nuestros pecados y podemos confesarlos. En ella comenzamos a tener comunión con Dios, y la sangre de Jesucristo, Su Hijo, nos limpia de todo pecado. ¡Alabado sea el Señor! Mientras la luz opera, podemos ver que el evangelio es poder de Dios (Ro 1:16).
Veamos lo que dice en 1 Juan 2:8: “Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra”. La verdadera luz que ya alumbra disipa todas las tinieblas. Así como la sangre es capaz de purificarnos de “todo pecado”, la luz divina es fuerte para disipar todas las tinieblas. ¡Alabado sea el Señor! Esto confirma que el evangelio es el poder de Dios.
Punto Clave: El perdón de Dios
Pregunta: ¿Usted ha confesado y arrepentido de sus pecados?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 6 --- El evangelio es poder de Dios
Viernes --- Leer con oración: 1 Jn 1:7; Hch 20:28; Jn 3:16
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn 3:16)
PODER, EFICACIA Y TERNURA EXPRESADAS EN EL EVANGELIO
Al considerar 1 Juan 1:7, a la luz de nuestra experiencia, veremos que la sangre del Señor tiene dos aspectos importantes, conforme a lo que leemos: “Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado”. Aquí se menciona primeramente que la sangre es de Jesús, refiriéndose a Su humanidad. Por no tener pecado, el Señor está calificado para purificarnos. Enseguida en el versículo se menciona que la sangre es del Hijo de Dios, refiriéndose a Su divinidad y que por eso, tiene poder y eficacia eterna. Dios es lleno de misericordia. No importa cuánto hayamos pecado ni la gravedad de los pecados. Todo lo que necesitamos hacer es arrepentirnos y confesarlos; pues esta sangre está calificada y tiene el poder para limpiarnos. ¡Aleluya!
El evangelio es poder de Dios, porque presenta esta sangre que es poderosa para limpiarnos de todo pecado. Si alguien comete un pecado al calumniar intencionalmente a un hermano de la iglesia y causa daño a los hijos de Dios, esto es algo muy serio. Pero, si se arrepiente, Juan nos muestra que la sangre de Jesús, el Hijo de Dios, tiene el poder de limpiarlo de todo pecado. Si en medio nuestro hubiere alguien en esta situación, esta persona realmente debe ir delante de Dios para ser iluminada, arrepentirse y recibir el perdón de los pecados por la sangre de Jesús, el Hijo de Dios.
Además del poder y la eficacia de la sangre, podemos ver la ternura del evangelio cuando leemos Juan 3:16, que dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Una persona que debía ir al lago de fuego ahora puede recibir la vida eterna. ¡Este es el poder del evangelio que llegó hasta nosotros y nos libertó del pecado!
Una vez que recibimos el evangelio de la gracia, fuimos purificados por la sangre del Señor y puestos en la iglesia, que es la realidad del reino de los cielos. No obstante, en la iglesia, aún necesitamos del evangelio del Hijo de Dios, es decir, del evangelio de la vida, para el crecimiento de vida a fin de vivir en la realidad del reino de los cielos hoy, y participar de su manifestación en el futuro.
Punto Clave: La eficacia de la sangre.
Pregunta: ¿En qué podemos basarnos para confiar en la sangre de Jesús?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 6 --- El evangelio es poder de Dios
Sábado --- Leer con oración: Jn 3:5-6; 1 Jn 5:12
“El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn 5:12)
EL PODER DEL EVANGELIO Y EL NEGAR LA VIDA DEL ALMA
Anteriormente ya hemos tratado acerca del poder de Dios relacionado con el evangelio de la gracia. Hoy veremos este poder relacionado con el evangelio de la vida.
Por medio de creer en el evangelio de la gracia fuimos calificados para recibir la vida de Dios, para nacer de Dios y llegar a ser Sus hijos. Por el nuevo nacimiento, podemos entrar en la esfera del reino (Jn 3:5-6; 1 Jn 5:12). Sin embargo, nuestra historia no puede detenerse allí, pues aún necesitamos avanzar hacia el evangelio del reino, al que también llamamos de: el evangelio de la vida.
Este evangelio tiene como objetivo que la vida divina sea dispensada a nosotros a fin de que crezcamos y maduremos espiritualmente. El dispensar de la vida está directamente relacionado con negar la vida del alma. Mientras más la negamos, más de la vida de Dios recibimos. Pero reconozcamos, por nuestra experiencia, que no es fácil negar la vida del alma; por eso mismo no podemos olvidar que el evangelio del reino también nos da el poder de Dios para negarla.
¡Alabamos al Señor! por no dejar que nos alejemos de este camino y por permanecer en la vida de la iglesia, recibiendo el dispensar divino. Una vez que creímos en el poder del evangelio, el Señor Jesús, por amor a nosotros, nos dará el poder para negar la vida del alma, hasta que todo nuestro ser natural sea tratado. El poder que hay en el evangelio es capaz de realizar esto.
Cierta vez fui invitado para ministrar la Palabra a un grupo de hermanos. En aquella ocasión prediqué el evangelio de la gracia y el evangelio del reino. Lamentablemente, un tiempo después, el hermano que me había invitado cayó en pecado. Él tenía un ser natural muy fuerte y vivía bajo la influencia de la vida del alma. Después de un tiempo de comunión, se arrepintió, pero luego cayó nuevamente en pecado. Más adelante, lo encontré apartado de la iglesia, y lo animé nuevamente. Él me dijo: “Hermano, es imposible, porque he pecado demasiado y en varias oportunidades; no hay salvación para mi”. Entonces le dije: “El evangelio es poder de Dios. No importa la gravedad de tu pecado. Aunque que hayas caído una, dos, o muchas veces, si confiesas tu pecado cabalmente, el Señor lo perdonará”.
Necesitamos saber que el amor de Dios y Su poder son suficientes para poner fin no sólo a nuestros pecados, sino también a la fuente de ellos, la vida del alma..
Punto Clave: El amor de Dios y Su poder.
Pregunta: ¿Cuál es la relación entre el evangelio del reino y el negar la vida del alma?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 6 --- El evangelio es poder de Dios
Domingo --- Leer con oración: Ro 1:16; Mt 27:40, 44; Lc 23:40-43; Jn 8:4- 5, 11; 1 P 1:6-9
“¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Jn 8:10b-11)
EL PODER DEL EVANGELIO PARA SALVAR Y TRANSFORMAR
El evangelio es el poder de Dios para perdonar los pecados y salvar a todo aquel que cree (Ro 1:16). Si creemos, obtenemos la salvación. Veamos el ejemplo de los dos ladrones que fueron crucificados con el Señor. Uno de ellos, estando aún clavado en la cruz, escarnecía al Señor, diciéndole: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc 23:39).
Sin embargo, el otro ladrón dijo: “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo (Lc 23:40-41). Y añadió: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (vs. 42).
Entonces el Señor le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43). ¡Qué palabra tan tierna y poderosa dicha a un criminal! Así que, ¡no podemos sacar otra conclusión que no sea la de reafirmar que el evangelio es poder de Dios! Este poder es para salvación a todo aquel que cree. Por medio del evangelio podemos anunciar que la sangre preciosa del Hijo de Dios puede cubrir cualquier pecado.
Otro ejemplo del evangelio como poder de Dios para perdonar los pecados, es el caso de la mujer adúltera (Jn 8:11). Ella estaba lista para morir apedreada, pues era la costumbre hacer eso cuando se cometía tal pecado (vs. 4-5). Sin embargo, el Señor no sólo dijo una palabra que dispersó a todos los que querían apedrearla, también la perdonó inmediatamente después que lo llamó de Señor, al reconocer Su poder. No importa el pecado que usted haya cometido, el evangelio es poder de Dios para todo aquel que lo recibe.
El evangelio es poder de Dios también para transformar nuestra alma. Somos como Pedro, listos para vivir por nuestro ser natural. El Señor muchas veces tuvo que exponer su vida del alma a fin de que él pudiese ver su condición real. Después de recibir la luz del Señor, cuando su ser natural era expuesto, Pedro lo lanzaba en el fuego santificador del Espíritu. De esta manera, pudo ser refinado como el oro perecedero (1 P 1:6-9). Si no tomamos en cuenta el poder del evangelio delante de los varios registros de la vida de Pedro, podríamos decir que no había solución para él.
Por medio de sus experiencias vemos la grandeza del poder del evangelio. Si insistimos en vivir en nuestra vida del alma y no permitimos que el Espíritu, como el fuego, nos venga a quemar, ciertamente haremos difícil la transformación que el Señor quiere operar en nosotros. Dios nos ama y por eso proporcionará todos los medios necesarios para iluminarnos.
No importa cuán dura sea nuestra alma, aunque sea como una piedra, el poder del evangelio nos alcanzará, y así experimentaremos su grandeza. El evangelio, que es poder de Dios, debe ser predicado a todas las personas. Solamente este evangelio puede salvar al pecador de la condenación eterna, lo llevará a vivir en la realidad del reino de los cielos, que es la iglesia, lo transformará y lo hará crecer en vida hasta madurar. ¡Alabado sea el Señor!
Punto Clave: El poder del evangelio puede alcanzar a todas las personas.
Pregunta: ¿Cómo podemos ver el poder de Dios en la experiencia de Pedro?
Dong Yu Lan
Publicado por: Editora “Arvore da Vida”
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Predeterminado “gracias a dios”

“GRACIAS A DIOS”
Romanos 6 trata del “cuerpo de pecado” (6:6); Romanos 7 trata del “cuerpo de muerte” (7:21). En el capítulo 6, todo el tema que nos presenta es el “pecado”: en el capítulo 7 nos presenta la “muerte”. ¿Cuál es la diferencia entre cuerpo de pecado y cuerpo de muerte? Mi actividad respecto al pecado hace de mi cuerpo un cuerpo de pecado: mi inactividad con respecto a la voluntad de Dios lo hace un cuerpo de muerte.
¿Has descubierto la verdad de esto en tu vida? No basta haberla descubierto en Romanos 6 y 7. ¿Has descubierto que estás llevando el peso muerto de un cadáver en relación a la voluntad de Dios'? No tienes dificultad en hablar acerca de las cosas terrenas, pero cuando tratas de hablar para el Señor tienes impedimento en el habla; cuando tratas de orar, te sientes medio dormido; cuando tratas de hacer algo para el Señor, te sientes indispuesto. Puedes hacer cualquier cosa salvo aquellas que se relacionan a la voluntad divina. Hay algo en este cuerpo que no armoniza con la voluntad de Dios.
¿Qué significa muerte? Muerte es la debilidad en su punto extremo -debilidad, enfermedad, muerte. La muerte significa total debilidad, débil hasta tal grado que no podrá ser peor. Que yo tenga un cuerpo de muerte en relación con la voluntad de Dios significa que soy tan débil con relación a servir a Dios, tan completamente débil, que soy reducido a un grado de lamentable desamparo. “Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte'?”, clamó Pablo (Ro. 7:24). Es bueno cuando alguien clama como hizo él. No hay nada más melodioso en los oídos del Señor. Este clamor es el más espiritual y el más escritural que puede un hombre articular. Sólo lo hace cuando sabe que nada puede hacer y deja de hacer nuevas resoluciones. Hasta este punto, cada vez que fracasa, hace una nueva resolución y dobla y redobla la fuerza de voluntad. A la larga descubre que no hay posibilidad de hacer más determinaciones y clama cn su desesperación: “Miserable de mí!” Ha llegado a un grado donde desespera de sí mismo.
¿Has desesperado de ti mismo o todavía esperas que si leyeras u oraras más serás mejor cristiano'? El leer y el orar no son cosas equivocadas, pero la equivocación es confiar en ellos para la victoria. Nuestra confianza debe estar en Cristo sólo. Felizmente el “miserable hombre” no meramente deplora su miseria, sino hace una pregunta excelente, a saber: “¿Quién me librará'?” “¿.Quién?” Hasta aquí ha buscado un 'algo', ahora busca un 'quien'. Hasta aquí ha mirado adentro por la solución de su problema: ahora busca un Salvador fuera de sí mismo. No pone más en juego el esfuerzo propio; toda su expectativa está ahora en Otro.
¿Cómo obtuvimos el perdón de los pecados'? ¿Fue por la lectura, la oración, las caridades, etc.? No!, miramos a la Cruz, confiando en lo que el Señor había hecho, y la liberación del pecado opera exactamente sobre el mismo principio que el perdón de pecados. En el asunto del perdón miramos a Él sobre la Cruz: en el asunto de la liberación miramos a Él en nosotros. Acerca del perdón dependemos de aquello que Él ha hecho: en relación a la liberación dependemos de lo que Él hará en nosotros. Pero en relación tanto al perdón como a la liberación, nuestra dependencia será de Él sólo. Él es quien hace todo.
En el tiempo cuando fue escrita la epístola a los Romanos, era castigado un asesino en una manera rarísima y terrible. El cadáver del muerto era atado al cuerpo viviente del asesino; cara a cara, mano a mano, pie a pie; y el viviente quedaba ligado al muerto hasta la muerte. Estaba libre el asesino de ir donde quisiera, pero por doquier tenía que arrastrar el cadáver del muerto. Pablo se sintió ligado a un cuerpo muerto e incapaz de librarse. Donde quiera que fuera, fue impedido por esta carga terrible. A la larga no pudo aguantar más y clamó: “Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” Pero su grito desesperado es seguido inmediatamente por un canto de alabanza. Esta es la contestación a su pregunta. “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Ro. 7:25).
Sabemos que la justificación es por medio del Señor Jesús y que no requiere obra de nuestra parte; pero creemos que la santificación depende de nuestros esfuerzos. Creemos que solamente obtenemos el perdón por confianza completa en el Señor; pero creemos que sólo podemos obtener liberación con hacer algo nosotros. Tememos que si no hacemos nada, nada sucederá. Después de la salvación, la vieja costumbre de hacer algo se afirma de nuevo y comenzamos otra vez nuestros esfuerzos propios. Entonces la Palabra de Dios se oye de nuevo: “Consumado es”. Él ha hecho todo en la Cruz para mi perdón y va a hacer todo en mí para mi liberación. En ambos casos, Él es el Hacedor. “Dios es el que en vosotros produce el querer como el hacer” (Fil. 2: 13).
Las primeras palabras del hombre liberado son muy preciosas: “Gracias doy a Dios”. Si
alguien te da un vaso de agua, le agradeces a él, no a ningún otro. ¿Por qué dijo Pablo: “Gracias doy a Dios”? Porque Dios era el que hizo todo. Si hubiera sido Pablo quien lo hiciera, habría dicho: “Gracias doy a Pablo”; pero él vio que Pablo era un “miserable” y que sólo Dios podía atender a su necesidad. Así que él dijo: “Gracias doy a Dios”. Dios quiere hacer todo porque Él quiere toda la gloria. Si nosotros hiciéramos parte de la obra entonces nos tocaría algo de la gloria; pero Dios la quiere toda, así que Él hace toda la obra del comienzo hasta el fin.
Lo que hemos dicho en este capítulo podría parecer negativo y no muy práctico si quedásemos aquí, como si la vida cristiana consistiera en sentarnos y esperar que algo suceda. Por supuesto, es cosa muy distinta. Todos los que la viven, saben que es asunto de una fe en Cristo muy positiva y activa, y en un nuevo principio de vida: la ley del Espíritu de vida. Pablo explica en los primeros nueve versículos del capítulo 8 cómo obtenemos la liberación y cómo somos capacitados para vivir una vida santa en el mundo. Él muestra que es todo por el Espíritu Santo. Veremos ahora los efectos en nosotros de este nuevo principio de vida.
Tomado de “La vida cristiana normal” W. Nee
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Predeterminado Andando en el espíritu

ANDANDO EN EL ESPÍRITU
Llegando ahora a Romanos capítulo 8, debemos primeramente resumir el argumento de la segunda sección de la carta: capítulo 5: 12 hasta el fin del capítulo 8.

POSICIÓN Y EXPERlENCIA
Tenemos cuatro diferentes aspectos en relación con la obra de Dios en la redención: el capítulo 5, “en Adán”; el capítulo 5, “en Cristo”; el capítulo 7, “en la carne”; el capítulo 8, “en el Espíritu”. En esto vemos cuatro diferentes principios y debemos discernir claramente la relación entre ellos. Tenemos “en Adan” contra “en Cristo” mostrando nuestra posición; lo que éramos por naturaleza y luego lo que ahora somos por la fe en la obra redentora de Cristo. También tenemos en la carne contra en el Espíritu” y esto se relaciona con nuestro andar, como asunto de experiencia práctica. Creemos que hasta estar “en Cristo”, pero debemos también andar “en el Espíritu” (Ro. 8:9). He aquí uno de los más importantes puntos de la vida cristiana. Aunque de hecho estoy en Cristo, con todo si viviera en la carne, es decir en mi propio poder, entones experimentaré lo que está “en Adán”. Si quiero experimentar todo lo que está en Cristo, entonces debo aprender a andar “en el Espíritu”. El uso frecuente de las palabras “el Espíritu” en la primera parte de Romanos 8 sirve para enfatizar esta nueva e importante lección de la vida cristiana.

ANDAR EN LA CARNE O EN EL ESPÍRITU
La carne se relaciona con Adán; el Espíritu con Cristo. Vivir en la carne significa sencillamente que tratamos de hacer algo en nuestra propia energía natural. Esto es vivir por la fuerza que emana de la vieja fuente natural de vida que heredé de Adán, y así gozo de todo lo que se encuentra en él: ¡provisión adecuada para poder pecar! Ahora bien, lo mismo se aplica al que está en Cristo. Para gozar en experiencia de lo que es mío en Él, debo aprender lo que es andar en el Espíritu. Es un hecho histórico que en Cristo mi viejo hombre fue crucificado, y es un hecho que actualmente soy bendecido “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales” (Ef. 1:3), pero si no vivo en el Espíritu, entonces mi vida puede ser una contradicción del hecho de que estoy “en Cristo”, porque lo que es verdad para mí como estando en El, no se manifiesta en mí.
Puedo reconocer que estoy en Cristo, pero tal vez también tengo que reconocer que mi viejo mal genio se deja ver mucho. ¿Cuál es el problema? El problema es que va estoy aferrándome a la verdad objetiva cuando lo que es verdad objetiva debe llegar a ser verdad subjetiva; y esto ocurrirá en la medida en que yo viva en el Espíritu.
No sólo estoy en Cristo, pero Cristo está en mí. Y de la misma forma en que naturalmente un hombre no puede vivir ni trabajar en el agua, sino sólo en el aire, así también espiritualmente Cristo mora y se manifiesta no en la 'carne' sino en el 'espíritu'. Por tanto si vivo 'según la carne' hallo que lo mío en Cristo se mantiene, por decido así, en suspenso. Aunque de hecho estoy en Cristo, sin embargo estoy viviendo en la carne -vale decir en mi propia fuerza y bajo mi propio gobierno- entonces, en la experiencia, descubro con tristeza que en mi se manifiesta lo que está en Adán. Leemos en la Palabra lo que quiere Dios, e inmediatamente nos ponemos a hacerla. Por ejemplo, cuando descubrimos en la Palabra que debemos ser humildes, en vez de echamos en entera dependencia en el Señor, inmediatamente reunimos nuestras fuerzas y determinamos que en lo sucesivo trataremos de ser humildes; y somos tan sinceros en esto que nos imaginamos que estamos andando bien, cuando en realidad estamos esquivando el punto fundamental. Si yo quiero conocer experimentalmente todo lo que en Cristo hay, debo aprender a vivir en el Espíritu.
Vivir en la carne significa que creemos que nosotros mismos podemos hacer: en consecuencia ensayamos probarlo. Cuando realmente nos damos cuenta de la corrupción de nuestra propia naturaleza, entonces, al descubrir las demandas divinas en la Palabra , nunca trataremos de afrontarlas nosotros sino sencillamente reconoceremos nuestra absoluta debilidad y diremos: “Señor, no puedo hacerla, y rehúso tratar de hacerla. Si Tú no lo efectúas en y por mí, nunca será hecho”. Cuando vemos que Dios requiere humildad de nosotros, ya no trataremos más de ser humildes, sino sencillamente volveremos al Señor, y le diremos: “Señor, por mí mismo no puedo ser humilde, pero confío que Tú has de demostrar tu humildad en mí”. Vivir en el Espíritu significa que yo confío que el Espíritu Santo hará en mí lo que yo no puedo hacer. Esta vida es totalmente diferente de la que yo naturalmente viviría por mí mismo. Cada vez que me encuentro frente a una nueva demanda del Señor, le miro para que El haga en mí lo que requiere de mÍ. No es un caso de probar sino simplemente de confiar: no de luchar sino de descansar en El. Si yo tengo un mal genio, pensamientos impuros, una lengua respondona o un espíritu crítico, no haré la menor cosa para cambiarme a mí mismo sino me entregaré al Espíritu para que produzca en mí la necesitada pureza o humildad o mansedumbre. Sencillamente me pondré a un lado y dejaré que Dios lo haga todo por su Espíritu Santo. Esto es lo que quiere decir “Estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros” (Ex. 14:13) .
Algunos de vosotros seguramente habéis tenido experiencia de esta clase. Habéis sido invitados a ir y visitar a un amigo, y el amigo no fue muy amable, pero confiasteis que el Señor os ayudaría. Le dijisteis, antes de salir, que vosotros mismos no haríais más que fracasar y le pedisteis todo lo necesario. Entonces, con gran sorpresa, no os sentisteis irritados aunque vuestro amigo se mostró poco afable. Al volver a casa, meditasteis en la experiencia y os maravillasteis de que os mantuvierais tan serenos y os preguntasteis si estaríais tan serenos la próxima vez. Os sorprendisteis de vosotros mismos y buscasteis una explicación. Esta es la explicación: el Espíritu Santo os sostuvo.
Infelizmente sólo tenemos esta clase de experiencia de vez en cuando; pero debería ser una experiencia constante. Cuando el Espíritu Santo controla las cosas, no hay necesidad de esfuerzo por nuestra parte. No es un caso de decidiros a resistir y luego pensar que os habéis controlado maravillosamente y habéis alcanzado una gloriosa victoria. No, donde hay verdadera victoria, no hay esfuerzo humano. El Señor nos lleva adelante.
El objeto de la tentación es siempre conseguir que hagamos algo nosotros. Durante los primeros tres meses de la guerra en la China perdimos un gran número de tanques y así fuimos incapaces de hacer frente a los tanques japoneses hasta que fue ideada la siguiente táctica: Un solo tiro fue dirigido hacia un tanque japonés por uno de nuestros francotiradores en emboscada. Después de un considerable lapso, el primer tiro sería seguido por un segundo: y entonces un largo silencio y luego otro tiro: hasta que el conductor del tanque ansioso de localizar de dónde venían los tiros sacaba la cabeza para investigar. El tiro siguiente terminaba con él.
Mientras él quedaba protegido, estaba perfectamente a salvo. Toda la maniobra fue inventada para sacarle de su escondite. Asimismo las tentaciones de Satanás no son, en primer lugar, el conducimos a hacer algo particularmente pecaminoso, sino meramente hacer que procedamos en nuestra propia energía, y en el momento mismo en que damos el primer paso para hacer algo nosotros, él ya ha ganado una victoria. Mientras no nos movamos de nuestro escondite en Cristo, mientras no pasemos al reinado de la carne, entonces él no nos puede vencer.
El camino divino de la victoria no permite nada de nuestra acción, es decir, fuera de Cristo. Nuestra victoria consiste en escondernos en Cristo y no hacer nada, confiando que Él hará absolutamente todo. En el momento que nos movemos, empezamos a perder terreno Esto es porque en cuanto nos movemos corremos peligro, pues nuestras inclinaciones naturales nos llevan en dirección equivocada. ¿Dónde pues, buscaremos ayuda? Miremos ahora a Gálatas 5 “El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne”. En otras palabras, la carne no batalla contra nosotros sino contra el Espíritu Santo, porque estos se oponen entre sí”, y es Él, no nosotros, quien enfrenta y procede con la carne. ¿Qué es el resultado? “...para que no hagáis lo que quisiereis”.
Creo que muchas veces hemos interpretado mal el significado de la última cláusula de este versículo. Veamos. ¿Cómo procederíamos nosotros naturalmente? Seguiríamos un curso de acción llevados por nuestros propios instintos y divorciados de la voluntad de Dios. El efecto pues de negarnos a actuar de nosotros mismos será que el Espíritu Santo tendrá libertad de enfrentar y tratar con la carne en nosotros, con el resultado de que no haremos lo que por naturaleza haríamos: es decir no obraremos de acuerdo a nuestra inclinación natural, no emprenderemos planes propios; sino que hallaremos nuestra satisfacción en su perfecto plan.
Si vivimos en el Espíritu, podemos quedarnos a un lado y contemplar cómo el Espíritu Santo gana nuevas victorias sobre la carne cada día. “Andad según el Espíritu, y no cumpliréis los deseos de la carne” (Gá. 5: 16, V.M.). El Espíritu Santo nos ha sido dado para encargarse de este asunto. Nuestra victoria reside en escondemos en Cristo, y en confiar en sencillez que su Santo Espíritu vencerá en nosotros las concupiscencias carnales con sus propios nuevos deseos. La Cruz ha sido dada para procuramos la salvación: el Espíritu Santo ha sido dado para llevarla a cabo en nosotros. Cristo crucificado, resucitado y glorificado, es la base de nuestra salvación: Cristo en nosotros por el Espíritu es el poder de nuestra salvación.
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Predeterminado Cristo nuestra vida

CRISTO NUESTRA VIDA
“Gracias doy a Dios, por Jesucristo!” Esa exclamación de Pablo es en realidad lo mismo que lo que dice en Gálatas 2:20, el versículo que sirve como clave para nuestro estudio: “Ya no vivo yo... mas Cristo.,.”. Vimos cuán a menudo se usa la palabra “yo” en Romanos 7, culminando en el grito de agonía: “¡Miserable de mí!” Luego sigue la aclamación de liberación: “¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo!” y es evidente que Pablo descubrió que la vida que gozamos es la vida de Cristo únicamente. Pensamos en la vida cristiana como una “vida transformada” pero en realidad no es así. Dios nos ofrece una “vida canjeada”, una “vida sustituida”, y Cristo es el Sustituto en nosotros. “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. No es algo que tenemos que producir nosotros. Es la vida de Cristo mismo reproducida en nosotros.
¿Cuántos cristianos creen en la “reproducción” en este sentido, como algo más que la regeneración? Regeneración quiere decir que la vida de Cristo es plantada en nosotros por el Espíritu Santo; eso es el nuevo nacimiento. “Reproducción” es algo más: quiere decir que la vida nueva crece y se manifiesta progresivamente en nosotros hasta que la misma imagen de Cristo empieza a ser reproducida en nuestras vidas, Eso es lo que Pablo quería decir cuando dijo a los Gálatas: “Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gá.4:19).
Estaba pasando unos días en la casa de un matrimonio creyente, quienes no tardaron en pedirme que orase por ellos. Al preguntarles cuál era su problema, me confesarán: “Nos impacientamos tan fácilmente con los chicos que durante las últimas semanas los dos nos hemos enojado varias veces al día. En verdad, estamos deshonrando al Señor. ¿Quiere usted rogar que Él nos dé paciencia?”
“Eso es lo único que no puedo hacer -les contesté-. Estoy seguro que Dios no ha de contestar su oración”. Entonces me dijeron con asombro: “¿Querrá usted decir que hemos llegado a tal punto que Dios ya no está dispuesto a escuchamos cuando le pedimos que nos dé paciencia?”
“No, no exactamente eso, pero ustedes han orado en este sentido. ¿Les contestó Dios? ¡No! ¿Saben por qué? Porque no tienen necesidad de paciencia”,
Los ojos de la señora se encendieron y exclamó: “¿Qué está diciendo usted? ¿Que no necesitamos paciencia y sin embargo nos impacientamos todo el día? Eso no tiene sentido. ¿Qué es lo que usted realmente quiere decir?”
Entonces le repliqué: “No es paciencia lo que ustedes necesitan, sino a Cristo mismo”.
Dios no nos dará humildad o paciencia o santidad o amor como distintos dones de su gracia. El no es un comerciante que dispensa su gracia en paquetes, dando un poco de paciencia a los impacientes, un poco de amor a los que no aman, un poco de mansedumbre a los altivos, en cantidades que tomamos y usamos como si fuesen un capital. Él nos ha dado un solo don para satisfacer toda nuestra necesidad: su Hijo Jesucristo. A medida que confiamos en Él para que viva su vida en nosotros, Él será en nosotros humilde, paciente, amoroso y todo lo demás que nos haga falta. Recordemos la palabra en la primera epístola de Juan: “Dios nos ha dado vida eterna, y esta \ida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Jn. 5:11,12). La vida de Dios no nos es dada por separado; la vida de Dios nos es dada en el Hijo. Es “vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23). La relación que tenemos con el Hijo, es la misma que tenemos con la vida.
Bendita cosa es descubrir la diferencia entre los dones cristianos y Cristo: conocer la diferencia entre la mansedumbre y Cristo, entre la paciencia y Cristo, entre el amor y Cristo. Recordemos lo que se nos dice en 1 Corintios 1:30: “Cristo Jesús... nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención”. El concepto general de la santificación es que cada parte de la vida sea santa; pero esto no es santidad, sino el fruto de la santidad. La santidad es Cristo. Es el Señor Jesús que nos ha sido hecho santidad.
Se puede hacer lo mismo con cualquier otra cosa: amor, humildad, poder, dominio de sí mismo. Hoy nos hace falta paciencia. ¡Él es nuestra paciencia! Mañana quizás. Precisemos pureza. Por eso Pablo habla del “fruto del Espíritu” (Gá. 5: 22) y no de “frutos” como cosas separadas. Dios nos ha dado su Espíritu Santo, y cuando necesitamos amor, el fruto del Espíritu es amor, cuando necesitamos gozo, el fruto del Espíritu es gozo. Siempre es así. No importa cuál es nuestra deficiencia personal, o nuestras muchas deficiencias, Dios siempre tiene una respuesta suficiente: su Hijo Jesucristo, y Él es la respuesta para cada necesidad humana.
¿Cómo podemos experimentar más de Cristo en esta forma? Solamente por una mayor conciencia de nuestra necesidad. Algunos tienen temor de descubrir alguna deficiencia en sí mismos, y por lo tanto nunca crecen. Crecer en gracia es el único sentido en que podemos crecer, y la gracia, como ya hemos dicho, es Dios que hace algo para nosotros. Todos tenemos al mismo Cristo morando en nosotros, pero la revelación de alguna nueva necesidad nos llevará espontáneamente a confiar en Él, para que Él manifieste su vida en ese particular. Mayor capacidad significa un mayor goce de lo que Dios nos da. Cada vez que dejamos de obrar, y confiamos en Cristo, se conquista una nueva porción de tierra. “Cristo mi vida”, es el secreto de la expansión.
Confiar no es meramente un tema de conversación ú un pensamiento que satisface. Es una realidad absoluta.
“Señor, no lo puedo hacer, por tanto no intentaré hacerla”. Es así que la mayoría fallamos, pues deseamos seguir intentando.
“Señor, yo no puedo, y por ello no trataré de hacerla. De aquí en adelante confío en que Tú lo harás”. Es decir, yo me niego a actuar, confío en que Él lo hará, y luego entro plena y gozosamente en lo que Él ha iniciado. Esto no es pasividad. Es una vida muy activa la que confía en el Señor de este modo, recibiendo vida de Él, tomándole a Él para que sea nuestra vida, permitiéndole a Él vivir su vida en nosotros.
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, mas conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Ro. 8:1,2). Es en el capítulo 8 que Pablo nos presenta el aspecto positivo de la vida en el Espíritu. “Ahora, pues, ninguna condenación hay...” Al principio esta declaración puede parecer fuera de su lugar. ¿No es cierto que fuimos librados de la condenación por la Sangre por la cual encontramos paz con Dios y salvación del juicio? (Ro. 5:1,9). Pero hay dos clases de condenación, es decir, ante Dios y ante mí mismo (como ya notamos que hay dos clases de paz). Cuando veo la Sangre sé que mis pecados son perdonados y que no hay más condenación ante Dios; pero a pesar de esto puedo todavía conocer la derrota, y el sentido de condenación en mí mismo puede ser muy real como se ve en Romanos 7. Pero si he aprendido vivir por Cristo como mi vida, entonces he aprendido el secreto de la victoria y ¡alabado sea Dios! “ahora, pues, ninguna condenación hay”. “El ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Ro. 8: 6), y esto llega a ser mi experiencia a medida que aprendo a andar en el Espíritu. Con paz en mi corazón, no tengo tiempo para sentirme condenado, solamente para alabarle a Él quien me lleva adelante de victoria a victoria.

EL CUARTO PASO: ANDAR “CONFORME AL ESPÍRITU”
¿Qué quiere decir andar “conforme al Espíritu”? (Ro. 8:1,4). Quiere decir dos cosas. En primer lugar, no es obrar, es andar ¡Alabado sea Dios!, aquel costoso e inútil esfuerzo de procurar “en la carne” de agradar a Dios ha dejado lugar a una dependencia bendita y reposada en “la operación de su fortaleza, la cual obra en mí con poder” (Col. 1:29, V.M.). Por esto Dios habla de las “obras” de la carne, pero del “fruto” del Espíritu (Gá. 5:19,22) .
En segundo lugar, “andar conforme” implica sujeción. Andar “conforme a la carne” significa que me entrego a los dictámenes de la carne, y los siguientes versículos en Romanos 8:5-8 señalan claramente a dónde me conducirá esto. Solo me pondrá en conflicto con Dios. Andar “conforme al Espíritu” quiere decir ser sujeto al Espíritu. Hay una cosa que él que anda conforme al Espíritu no puede hacer, y eso es llegar a ser independiente de Él. Tengo que sujetarme al Espíritu Santo: la iniciativa de mi vida tiene que ser con Él. Solamente a medida que me entrego para obedecerle encontraré “la ley del Espíritu de vida” en plena operación en mí. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Ro. 8:14).
Nos son muy familiares las palabras de la Bendición en 2 Corintios 13:14: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros”. El amor de Dios es la fuente de toda bendición espiritual, la gracia de nuestro Señor Jesucristo ha hecho posible que aquella riqueza espiritual venga a ser nuestra, y la comunión del Espíritu Santo es el medio por el cual nos es impartida. El amor es algo escondido en el corazón del Padre, la gracia es aquel amor expresado en el Hijo, y por la comunión se imparte aquella gracia por el Espíritu. Lo que el Padre ha ideado a favor nuestro, el Hijo ha llevado a cabo, y ahora el Espíritu nos lo comunica. Así que, cuando vemos algo nuevo que el Señor nos ha procurado en su Cruz, no tratemos de apropiado por nuestros esfuerzos propios, sino en una actitud de continua sujeción y obediencia, miremos al Espíritu para impartírnoslo; porque nuestro Señor ha mandado su Espíritu con este mismo propósito, para que Él nos comunique todo lo que es nuestro en el Señor Jesús.
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Predeterminado El eterno proposito de dios

EL ETERNO PROPOSITO DE DIOS
“La gloria de Dios” (Ro. 3:23). “...a la libertad de la .doria de los hitos de Dios” (Ro. 8:21, V.H.A.).
Hemos hablado de la necesidad de revelación, de la fe y de la consagración, si hemos de conocer la vida cristiana normal; pero a menos que veamos el objetivo que Dios tiene en vista nunca comprenderemos por qué estos tres pasos son necesarios para llevamos a la plenitud que Dios nos ha preparado. Por consiguiente contemplemos e1 gran objetivo divino. ¿Cuál es el propósito de Dios en la creación, y cuál es su propósito en la redención?
En Romanos 3:23 leemos “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. El propósito de Dios fue “la gloria”, pero el pecado desbarató su propósito haciendo que el hombre no alcanzara su gloria. Cuando pensamos en la cuestión del pecado, instintivamente pensamos en el juicio que trae aparejado, invariablemente asociamos el pecado con la condenación e infierno. El pensamiento del hombre es siempre del castigo que le vendrá si peca. Pero el pensamiento de Dios es siempre de la gloria que perderá si peca. El resultado de pecado es que perdemos la gloria de Dios: el resultado de la redención es que somos habilitados para la gloria. El propósito de Dios en la redención es gloria, gloria, gloria. Esta consideración nos lleva a la segunda parte de Romanos 8 donde el tema se desarrolla.

“EL PRIMOGÉNITO ENTRE MUCHOS HERMANOS”
“Somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que padecemos juntamente con El, para que juntamente con El seamos glorificados. Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente, no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse... Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Ro. 8:16,18,29,30).
¿Cuál era el objeto de Dios? ¿Que su Hijo sea “el primogénito entre muchos hermanos” y que todos fuesen hechos conformes a su imagen. ¿Cómo realizó Dios su propósito? “A los que justificó, a éstos también glorificó”. El propósito de Dios, entonces, en la creación y redención, era de hacer su Hijo “el primogénito entre muchos hermanos”. Eso, tal vez, significaría muy poco para muchos cristianos, pero estudiémoslo más cuidadosamente.
En Juan 1:14 vemos que el Señor Jesús era el Unigénito Hijo de Dios: “y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre) lleno de gracia y de verdad”. Que Él fuera el Unigénito de Dios implica que Dios no tuvo otro Hijo aparte de éste. Estaba con el Padre desde toda la eternidad. Pero Dios no estaba satisfecho que Cristo ¡quedara como el Hijo Unigénito; quería también hacerle el Primogénito. ¿Cómo podría el Unigénito venir a ser Primogénito? La contestación es sencilla: por tener más hijos el Padre. Si uno tiene un solo hijo, entonces es el unigénito; pero si en lo sucesivo tiene otros, entonces el primero viene a ser el primogénito.
El propósito divino en la creación y redención era que Dios tuviera muchos hijos. El ansiaba tenerlos y no podía estar satisfecho sin nosotros. Una vez visité a un hermano de 93 años y cuando me acerqué a él, tomó mi mano en la suya y en forma queda y reflexiva me dijo: “Hermano, ¿sabe que yo no puedo estar sin El? ¿y sabe que El no puede estar sin mí?” Aunque estuve con él más de una hora, su edad avanzada y su debilidad física hizo imposible una conversación extensa. Pero lo que de esa entrevista permanece en mi memoria es su frecuente repetición de esas dos preguntas: “Hermano, ¿sabe que no puedo estar sin Él? Y ¿sabe que Él no puede estar sin mí?”
Al leer la historia del hijo pródigo, la gente en general es impresionada por todas las penas que experimentó éste: están ocupados en pensar qué mal rato pasó. Pero ése no es el punto importante de la parábola. “Este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (Lc. 15:24): ahí está el corazón del relato, no es cuestión de lo que sufrió el hijo, sino lo que perdió el padre. Él es el sufriente, Él es quien pierde. Una oveja se pierde; ¿quién sufre la pérdida? El pastor. Se pierde una moneda; ¿quién pierde? La mujer. Un hijo se pierde, ¿quién pierde? El padre. He aquí la enseñanza de Lucas, capítulo 15.
El Señor Jesús era el Unigénito Hijo pero el Padre le envió a fin de que el Unigénito también sea el Primogénito, que el Hijo Amado tenga muchos hermanos. He aquí la historia de la Encarnación y de la Cruz; el propósito de Dios cumplido, a saber, en “llevar muchos hijos a la gloria” (He. 2:10). En Romanos 8:29 leemos “muchos hermanos”; en Hebreos 2:10 leemos “muchos hijos”. Desde el punto de vista de Dios, Jesús, es “hermanos”; desde el punto de vista de Dios, el Padre, es “hijos”. Pero no termina allí: Dios no desea que sus hijos vivan en un galpón, un garaje o un campo. Él desea que estén en su casa, que participen de su gloria. Esa es la explicación de Romanos 8:30: “A los que justificó, a éstos también glorificó”. Dios deseaba .tener hijos y deseaba tener hijos en gloria. Deseaba poblar el cielo entero con hijos. Ese es su propósito en la redención.
EL GRANO DE TRIGO
Pero ¿cómo podía el Unigénito Hijo de Dios venir a ser el Primogénito? El método se explica en Juan 12:24: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y mucre, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”. ¿Quién era ese grano? Era el Señor Jesús. En el universo entero Dios tenía un solo grano de trigo; Él no tenía un segundo grano. Dios puso aquel Único grano de trigo en el suelo y murió, pero de ese único grano han brotado muchos.
En cuanto a su divinidad, el Señor Jesús siempre es el “Unigénito Hijo de Dios”; pero en otro sentido, desde” la resurrección a toda la eternidad, es también el Primogénito y su vida es hallada en muchos hermanos, porque somos hechos, “participantes de la naturaleza divina” (2 Pe. 1:4) aunque no, nótalo bien, como de nosotros mismos sino solamente en dependencia en Dios y en virtud de estar 'en Cristo'. Era por medio de la encarnación y la Cruz que el Unigénito vino a ser también el Primogénito. Así el corazón paterno de Dios fue satisfecho, pues se ha asegurado muchos hijos.
Los capítulos 1 y 20 del Evangelio según Juan son muy preciosos. En el comienzo de su Evangelio nos relata que Jesús era el “Unigénito del Padre”, y al fin nos relata cómo, después que el Señor murió y resucitó, El dijo: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre” (]n. 20:17). Hasta ahí en este Evangelio, el Señor había hablado de “mi Padre”, pero ahora que ha muerto y resucitado, dice: “Mi Padre y vuestro Padre”. ¿Por qué? Porque por su muerte y resurrección muchos hermanos han sido traídos dentro de la familia de Dios, y así en el mismo versículo utiliza este mismo nombre para ellos: “Mis hermanos”. Así también leemos en Hebreos 2:11: “No se avergüenza de llamarlos hermanos”.

LA ELECCION QUE TUVO QUE HACER ADÁN
Dios plantó un gran número de árboles en el huerto de Edén, pero “en medio del huerto”, esto es, en un lugar de especial prominencia, plantó dos árboles, el árbol de vida y el árbol de ciencia del bien y del mal. Adán fue creado inocente; no tenía conocimiento del bien y del mal. ¡Piensa en un hombre que no tiene sentido de lo recto y lo malo! ¿No se diría que ese hombre no estaba bien desarrollado? Bueno, eso es exactamente lo que era Adán. Dios puso dos árboles en el huerto para que Adán ejerciese una elección independiente: podía elegir el árbol de vida, o podía elegir el árbol de ciencia del bien y del mal.
El conocimiento del bien y del mal no es malo. Estos dos árboles tipifican dos principios profundos. Representan dos planos de vida, el divino y el humano. El “árbol de vida” es Dios mismo, porque Dios es vida. Él es la más alta forma de existencia, y Él es también la fuente y la meta de la vida. Y la fruta “¿qué es? Es el Señor Jesús. Si Adán tomara del árbol de vida, participaría de la vida de Dios v así venir a ser un hijo de Dios en el sentido de tener en é1 una vida derivada de Dios. Con eso se tendría vida de Dios en unión con el hombre: una raza de hombres con la vida de Dios en ellos y viviendo en constante dependencia de Dios para aquella existencia. Si, por el contrario, Adán tomara del fruto del árbol de ciencia del bien y del mal, entonces desarrollaría su propia humanidad en maneras naturales aparte de Dios, alcanzando una cima de realización como un ser suficiente en sí; tendría el poder en sí mismo de formar juicios independientes, pero no tendría vida de Dios.
Así que ésta fue la elección que tenía que hacer: o por la obediencia ser un hijo de Dios, dependiendo de Dios para su vida, o por querer ser algo en sí mismo venir a ser un hombre egocéntrico, jugando y actuando aparte de Dios. La historia de la humanidad es el resultado de la elección que hizo.
Tomado de “La iglesia cristiana normal” de W. Nee
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Predeterminado La elección de adán fue la razón de la cruz

LA ELECCIÓN DE ADÁN FUE LA RAZÓN DE LA CRUZ
Adán eligió el árbol de la ciencia del bien y del mal y, en consecuencia, tomó posición en un terreno independiente. El resultado fue muerte, más bien que vida.

Ahora vemos la razón divina de la muerte y resurrección del Señor Jesús. Vemos también la razón divina de la consagración verdadera: considerarnos muertos al pecado mas vivos a Dios en Cristo Jesús, y presentarnos a Él como vivos de entre los muertos. Debemos todos ir a la Cruz, porque lo que está en nosotros por naturaleza es vida propia, sujeta a la ley de pecado. Adán eligió vida propia antes que vida divina, así que Dios tuvo que reunir todo lo que había en Adán y eliminarlo. Nuestro 'viejo hombre' ha sido crucificado. Dios nos ha puesto a todos en Cristo y le crucificó como el último Adán, y así todo lo que es de Adán ha desaparecido. Entonces Cristo resucitó y es por participar de su vida de resurrección que somos constituidos hijos de Dios. “A todos los que le recibieron... les dio potestad de ser hechos hijos de Dios,… son engendrados... de Dios” Jn. 1: 12,13).

Dios no tiene intención de reformar nuestra vida. No es su pensamiento traerla a cierto grado de perfección, porque está sobre un plano totalmente errado. En ese plano no puede ahora llevar el hombre a la gloria; Él insiste en un nuevo hombre; uno nacido de nuevo, nacido de Dios.



EL QUE TIENE AL HIJO TIENE LA VIDA
Existen varios niveles de vida. La vida humana está entre la vida de los animales y la vida de Dios. Nosotros no podemos cruzar la gran sima que nos separa del nivel superior y del nivel inferior, y la distancia que nos separa de la vida de Dios es mucho mayor que la que nos separa de la vida de los animales.

Ocurrió cierto día, en la China, que visité a un líder cristiano que se hallaba enfermo, y a quien llamaré Sr. Wong. Era un erudito, un Doctor en Filosofía, y se le tenía en mucha estima por todo el país por sus elevados principios morales, y desde hacía tiempo se ocupaba en la obra cristiana. Pero no creía en la necesidad de la regeneración; proclamaba sólo un evangelio social.

Cuando fui a ver al Sr. Wong, el perrito de la casa estaba al lado de su cama. Después de que le hube hablado al Sr. Wong de las cosas de Dios y de la naturaleza de su obra en nosotros, señalando al perro pregunté cómo se llamaba. Me dijo que Fido. “¿Fido es su nombre o su apellido?”, le pregunté (usando. los términos chinos de nombre personal y nombre de familia). Pues ese es su nombre nada más”, me dijo. “¿Quiere decir que es su nombre de pila? ¿Puedo llamado Fido Wong?”, inquirí. “¡Claro que no!”, me replicó con énfasis, “Pero él vive en su familia”, continué. “¿Por qué no le llama Fido Wong'!” Luego, señalando a sus dos hijas, le pregunté: “¿Sus hijas se llaman Srtas. Wong, no es verdad'?” “Sí”. “Pues ¿.entonces por qué no puedo llamar a su perro Sr. Wong?” El doctor se rió, y yo pregunté: “¿Comprende ahora lo que quiero significar? Sus hijas nacieron en su familia y tienen su apellido porque usted les ha comunicado su vida. Su perro puede ser muy inteligente, de muy buen comportamiento, en fin, un excelente perro, pero el asunto no consiste en saber si es un perro bueno o un perro malo. Se trata simplemente de esto: ¿Es un perro o no. No necesita ser malo para que sea rechazado de formar parte de su familia; sólo necesita ser lo que es, un perro. El mismo principio se aplica a usted en su relación con Dios. La cuestión no consiste en si usted es un hombre bueno o malo, sino ¿Es un hombre o no? Si su vida está en un nivel más bajo que el de la vida de Dios, entonces usted no puede pertenecer a la familia divina. Sr. Wong: durante su vida usted ha procurado transformar a hombres malos en buenos por medio de su predicación; pero siempre en hombres, sean ellos buenos o malos, y no pueden tener relación vital alguna con Dios. Nuestra única esperanza está en recibir al Hijo de Dios, y cuando hacemos esto su vida en nosotros nos constituirá en hijos de Dios”. El doctor vio la verdad, y ese día fue hecho miembro de la familia de Dios al recibir al Hijo de Dios en su corazón.



LO QUE SIGNIFICA ESTAR “EN CRISTO”
Lo que hoy poseemos en Cristo es más que lo que tenía Adán. Adán fue sólo un hombre desarrollándose a sí mismo, y nunca poseyó la vida de Dios. Pero nosotros que recibimos al Hijo de Dios, no sólo recibimos perdón de pecados; recibimos la vida divina representada por el árbol de la vida. Así que por el nuevo nacimiento tenemos algo que nunca tuvo Adán: poseemos lo que él perdió. Dios está introduciendo la compañía de los redimidos que nada tienen de Adán, pero todo de Cristo. La necesidad divina de la Cruz es porque nada perteneciente a Adán sirve para la gloria: nada perteneciente a la vieja creación puede entrar en la nueva. La Cruz debe cortar profundamente, separando todo lo que pertenece a la vieja vida, y la resurrección debe reunir todo lo necesario para la nueva vida. Todo debe abandonarse hasta que podamos decir en verdad: “No puedo yo hacer nada por mí mismo”. Estas son las palabras del Hijo y también deben llegar a ser las de los hijos.

Dios desea hijos y que estén en la gloria, “coherederos de Cristo” (Ro. 8: 16). Esto es su propósito; pero ¿cómo puede lograrlo? Leemos en Hebreos 2:10 y 11: “Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al Autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos: por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos”.

Aquí se mencionan dos partícipes, a saber, “muchos hijos” y “el Autor de su salvación”; o en otras palabras “los que son santificados” y “el que santifica”. Pero estos dos partícipes, “de uno son todos”, todos de un solo origen. ¿Te das cuenta que tenemos la misma vida? Eso no nos hace divinos, pero nos hace hijos de Dios. Podemos vivir una vida de perfecta santidad, porque no es nuestra propia vida que ha sido cambiada, sino que nos es impartida la misma vida de Dios. Este es el precioso “don de Dios” (Ro. 6:23). La redención nos ha dado mucho más que jamás tuviera Adán. Nos ha hecho participantes de la misma vida de Dios.

¿Quién me librará? es el clamor de Romanos 7, pero Romanos 8 nos da la respuesta. El grito de alabanza de Pablo es “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Ro. 7:25). Así que, aprendemos que la vida que gozamos es la del Señor Jesucristo solo. La vida cristiana no es vivir una vida parecida a la de Cristo, o tratar de ser parecido a Cristo, ni tampoco es Cristo dándonos el poder de vivir una vida parecida a la de El. Es Cristo Mismo viviendo su propia vida en nosotros: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gá. 2:20) -”Cristo en vosotros, la esperanza de GLORIA” (Col. 1:27).

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Predeterminado Apartado para el evangelio de Dios semana 7

Apartado para el evangelio de Dios
Semana 7--- Justificación por la fe
Lunes --- Leer con oración: Gn 2:16-17; 3:5, 22; Sal 90:2; Mt 6:10; Ro 7:17
“Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gn 2:9)
LA PARTE BUENA Y LA MALA DEL ÁRBOL PROHIBIDO
El tema de esta semana es la “Justificación por la fe”. Sin embargo, antes de entrar en este asunto, haremos una breve revisión de lo que ya hemos visto hasta aquí en esta serie del Alimento Diario.
Aunque el reino de Dios comprende todo el universo y no es limitado por el tiempo (Sal 90:2), la tierra fue usurpada por Satanás y en ella no se hace la voluntad de Dios. Para destruir la actuación satánica, Dios quiere separar y preparar a un grupo de personas para ejecutar Su voluntad en la tierra, es decir, Él quiere establecer Su reino aquí en la tierra (Mt 6:10).
Gracias a Dios, porque en los últimos días el Señor nos ha llevado a predicar el evangelio de Dios, que tiene como objetivo introducir en Su reino a los que creen, produciendo así a un grupo de personas, que Él tanto anhela tener.
Cuando Dios creó al hombre ya había planeado de antemano recuperar Su dominio sobre la tierra, el cual había sido usurpado por Satanás. Por eso el hombre fue creado por Dios a Su imagen y semejanza. La Biblia dice que el primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente (1 Co 15:45b). En él no había pecado, no obstante, aún no había recibido la vida de Dios dentro de sí. Dios creó a Adán y a Eva como un recipiente a fin de que Lo recibieran en el espíritu humano. Por eso los puso delante del árbol de la vida, que simboliza la vida divina, para que comiesen de su fruto y así vivirían para siempre (Gn 3:22). Esta era la intención original de Dios.
Además, Dios les advirtió específicamente con respecto al otro árbol, el árbol del conocimiento del bien y del mal (2:16-17). Este árbol, para simplificarlo lo llamaremos “el árbol del conocimiento”, tenía dos partes: la del bien y la del mal, como su propio nombre lo indica. La parte del bien, al principio, se inclina a Dios, mientras que la parte del mal, sin duda, es utilizada por Satanás.
Sabemos que Eva fue engañada por Satanás y comió del fruto del árbol del conocimiento. Cuando Adán, a su vez, comió del fruto, sus ojos interiores, de ambos, se abrieron para el bien y para el mal, esto los llevó a vivir por su propia alma (3:5, 22). Así como el veneno de una serpiente, el pecado, que es la naturaleza maligna de Satanás, comenzó a actuar en el hombre. Conforme a Romanos 7:17, el pecado mora en el hombre como una entidad personificada. Así que, por tener el pecado dentro de sí los seres humanos cometen pecados.
Es cierto que por un lado la naturaleza del mal que está contenida en el árbol del conocimiento entró en el hombre, pero por otro, la humanidad también pasó a tener el aspecto del bien. El aspecto del bien, aunque se inclina a Dios, no tiene los medios para hacer la voluntad divina, pues el espíritu humano fue amortecido con la entrada del pecado. Así, Satanás no sólo actúa en la parte mala del alma humana, llevándonos a cometer pecados, sino también en la parte buena, nos engaña especialmente con relación a la manera de servir a Dios y agradarle.
Punto Clave: El bien y el mal en el alma del hombre
Pregunta: ¿Usted ya se detuvo a pensar que Satanás puede estar por detrás de muchas cosas buenas que hacemos?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 7 --- Justificación por la fe
Martes --- Leer con oración: Mt 1:21; Jn 1:14; 2:25; 5:24; Ro 5:12; 6:23; Col 2:14
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (He 2:14)
CRISTO PARTICIPÓ DE CARNE Y SANGRE
La caída del hombre amorteció su espíritu (Mt 8:22; Ef 2:1; Col 2:13), y a partir de entonces, al ser incapaz de acceder al árbol de la vida, pasó a vivir por su alma y a ser guiado por los principios del bien y del mal que recibió al comer del árbol del conocimiento.
Entonces, en Adán, todos los hombres pasaron a vivir por el alma y en los pecados, estando destituidos de la gloria de Dios, conforme a lo que es descrito en Romanos 5:12: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. Romanos 3:23 también muestra esto: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. Pero, Dios amó al mundo (Jn 3:16), es decir, a las personas, y no desistió de Su propósito eterno de hacer del hombre Su expresión. Así, en vez de condenarnos por causa del pecado que mora en nosotros y por los pecados que cometemos, nos trajo Su salvación, las buenas nuevas del evangelio. ¡Al creer en esas buenas nuevas, recibimos una vida nueva! (5:24).
Esta es la manera de Dios de salvar y recobrar al hombre que tanto ama para que éste nuevamente pueda comer del árbol de la vida. Además, Dios también desea librar al hombre que ahora vive influenciado por la vida del alma por haber comido del árbol del conocimiento. Para que esto suceda, tuvo que solucionar el problema de la humanidad en dos aspectos: en cuanto a los pecados cometidos y en cuanto a la fuente de ellos, la naturaleza pecaminosa que mora en nosotros. En la cruz el Señor trató con el pecado y los pecados. Fuimos reconciliados con Dios mediante el evangelio de la gracia. Ahora veamos con más detalles algunos aspectos contenidos en el evangelio de la gracia.
Hebreos 2:14 muestra que, así como los hijos, el Señor también participó de carne y de sangre, por medio de María, para que por Su muerte de cruz destruyese a aquel que originó todos los problemas de la humanidad (Mt 1:21).
El Señor Jesús, el Verbo de Dios, se hizo carne y habitó entre los hombres, lleno de gracia y de realidad. Fue crucificado en nuestro lugar derramando Su sangre para quitar nuestros pecados (Jn 1:14; 1 Jn 3:5). Como pecadores, deberíamos morir derramando nuestra sangre, pero Dios, en Su infinita misericordia, nos dio a Su propio Hijo para morir en nuestro lugar. ¡Que grandiosa gracia!
Y como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto para que todo aquel que la mirara fuera sanado, así también el Señor Jesús, como el Hijo del Hombre, fue levantado, para que todo aquel que en Él crea, no se pierda, mas tenga vida eterna (Jn 3:14).
La paga del pecado es la muerte, pero los que viven en pecado, por estar en tinieblas, no perciben eso (Ro 6:23). Entonces el Señor Jesús, como la luz de la vida, vino para resplandecer en el corazón del hombre y mostrarle sus pecados. Así, cuando es iluminado, confiesa sus pecados, y Dios le concede Su perdón. La Palabra nos dice que incluso el acta de los decretos que había contra nosotros el Señor la quitó enteramente, es decir, incluso los registros de nuestros pecados fueron borrados (Col 2:14). ¡Cuán inmensa es la prueba de amor que Dios les dio a los hombres!
Después, al estar limpios de los pecados, podemos recibir la justicia y la santificación de Dios (1 Co 6:11). A partir de entonces, somos justificados y santificados por el Señor. ¡Aleluya!
Punto Clave: La encarnación de Cristo
Pregunta: ¿Cuál es la relación entre la crucifixión de Cristo y la serpiente de bronce?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 7 --- Justificación por la fe
Miércoles --- Leer con oración: Ro 3:10, 25; 5:1-5; 10:3-4; 1 P 3:18; Ap 22:14
“Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Ro 3:24)
JUSTIFICADOS POR MEDIO DE CRISTO
Los diez puntos contenidos en el evangelio de la gracia son: 1) iluminación, 2) confesión de pecados, 3) arrepentimiento, 4) fe, 5) perdón de pecados, 6) lavado del registro de los pecados, 7) justificación, 8) santificación, 9) reconciliación y 10) regeneración. Todo aquel que cree en el Señor Jesús, recibiéndolo como su Señor y Salvador recibe la justificación, uno de los diez puntos que componen el evangelio de la gracia. Este es un asunto muy importante dentro de la experiencia cristiana, porque ¿cómo podría alguien injusto relacionarse con el Dios justo y santo?
Una persona justa es alguien correcto para con Dios y para con los hombres. Para ser correctos con Dios, es necesario hacer Su voluntad. Cuando el hombre se convirtió en un pecador llegó a estar carente de justicia (Ro 3:10), pues ya no estaba más correcto ni con Dios ni con el hombre mismo. Por tanto, estaba imposibilitado de hacer la voluntad de Dios.
Después que Adán y Eva comieron del fruto del árbol prohibido, el árbol del conocimiento, y por temor a Dios, que es justo y santo, se escondieron de Su presencia (Gn 3:8). Al comer del fruto, llegaron a ser injustos a los ojos de Dios y fueron expulsados del huerto (v. 24).
Sin embargo, Dios, además de ser justo y santo, también es amor y desea ardientemente la presencia del hombre, por eso lo buscó (v. 9; 1 Jn 4:8, 16). Él preparó una manera para hacerlo justo y apto para regresar a Su presencia. ¡Qué gran amor! ¡Qué misericordia!
Fue la obra redentora de Cristo en la cruz la que cumplió, a nuestro favor, los requisitos de la justicia y la santidad de Dios. Una vez solucionado el problema del pecado, llegamos a ser aptos para contactar a Dios y para volver a comer del árbol de la vida, que es el Señor Jesús mismo (Ap 22:14).
Por tanto, nuestra justificación viene de Dios mismo, y la manera de recibirla es por la fe, es decir, por medio de la acción de creer (Ro 10:3-4). Cuando creímos en la obra redentora de Cristo y la recibimos, fuimos justificados delante de Dios. Así, Él pasó por alto los pecados pasados, perdonándolos (3:25).
Ahora, por haber creído que el Señor derramó Su sangre por causa de nuestros pecados, no somos más pecadores, sino que llegamos a ser justos, es decir, fuimos justificados. Además, también fuimos santificados, separados del mundo del pecado para cumplir la voluntad de Dios en la tierra. ¡Alabado sea el Señor!
Punto Clave: La justificación es por la fe.
Pregunta: ¿Cuáles son los diez puntos relacionados con el evangelio de la gracia?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 7 --- Justificación por la fe
Jueves --- Leer con oración: Ro 5:1; Ef 1:6-7; 2:13; Tit 3:5; Ap 20:15
“Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Ro 5:9)
CRISTO NO VINO PARA CONDENAR, SINO PARA SALVAR
Estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, sin embargo no tuvimos que esforzarnos para ser justificados delante de Dios. Sólo nos bastó creer en el Señor Jesús y llegamos a ser justos delante de Él. Así, por causa del derramamiento de la sangre del Señor fuimos justificados (Ro 5:9). Además, la redención de Cristo cambió nuestra posición. Salimos de la posición de pecadores y pasamos a tener una posición santa. Esta fue nuestra santificación.
Después de la justificación y la santificación, estamos aptos para acercarnos al Dios justo y santo. Así, pudimos proseguir y obtener la reconciliación. El hombre que había perdido la presencia de Dios en el huerto de Edén, a partir del momento que creyó en el Señor Jesús estaba apto para acercarse a Dios que tanto lo ama (Ef 2:13). Reconciliarse con Dios es algo maravilloso. ¿Quién podría imaginar que Dios proveería una manera para que los pecadores caídos volvieran a reconciliarse con Él, que habita en luz inaccesible? Desde que el hombre fue expulsado del huerto del Edén, no tiene paz consigo y se esconde de la presencia de Dios. No obstante, al recibir el evangelio de la gracia, fuimos iluminados, nos arrepentimos, confesamos nuestros pecados y recibimos el perdón. El Señor nos purificó con Su sangre, y el Espíritu Santo limpió los registros antiguos de todos los pecados cometidos (Tit 3:5; Ap 7:14). ¡Aleluya! Por la fe fuimos justificados, santificados, reconciliados y también recobrados a la gloria de Dios. Por estar reconciliados con Él, podemos volvernos a Su presencia en paz para comer del árbol de la vida (Ap 22:14).
¡Gracias al Señor! Ya tenemos la experiencia del evangelio de la gracia. El Señor Jesús ejecutó la redención y a partir del momento en que creímos en Él, todo lo que hizo pasó a ser nuestro. Como pecadores sucios e inútiles, incapaces ni siquiera de hacer una obra que agradara a Dios, no tuvimos que hacer ninguna obra para nuestra salvación; todo fue hecho por Dios mismo, por medio de Su Hijo amado (Ef 1:6-7). ¡Esto es la gracia divina! Esta gracia consiste en el hecho de que vivíamos en las tinieblas, en pecados inmundos, pero un día la luz de Dios llegó hasta nosotros. Él no nos iluminó para juicio, sino para salvación. ¡Cuánta gracia!
En mi experiencia no busqué ser salvo. Era un pecador que estaba en tinieblas y que huía del Dios justo, pero Él me buscó. Estaba completamente ajeno a Dios, en tinieblas; ignorante, no sabía que estaba en pecados, e incluso los disfrutaba. Sin embargo, un día la luz divina llegó hasta mí. ¡Gracias a Dios! Pude ver mi verdadera condición, confesé cabalmente mis pecados; entonces el Señor me habló profundamente: “Tus pecados fueron perdonados, vete y no peques más”. ¡Que alegría es saber que incluso el acta de mis pecados fueron borrados delante de Dios!
Todo esto nos habla con respecto a la obra que el Señor Jesús realizó como el Hijo del Hombre. Cuando creímos fuimos justificados, santificados y podemos volver a la presencia de Dios. Ahora, estando en paz y reconciliados con Él, podemos recibir diariamente la vida divina. Puesto que Dios nos ama y desea nuestra presencia, nos preparó una redención tan gloriosa. ¡Aleluya!
Punto Clave: ¡Cuánta gracia!
Pregunta: ¿Usted ha hecho valer su salvación al buscar más la presencia de Dios?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 7 --- Justificación por la fe
Viernes --- Leer con oración: Ro 2:9-11; 3:9-18, 21-28; 1 Co 1:30
“Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co 9:16)
DIOS DESEA JUSTIFICAR A OTROS POR MEDIO DE NOSOTROS
Antes éramos pecadores inmundos, separados de Dios y ajenos a Su vida. Pero la obra redentora de Cristo nos trajo el perdón de los pecados y nos reconcilió con el Dios santo y justo que tanto anhela nuestra presencia. Cuando experimentamos esta grandiosa gracia, queremos también que otras personas la experimenten. Entonces recibimos la carga de predicar el evangelio de la gracia. Este sentir ahora arde en nosotros así como ardía en Pablo, cuando dijo: “¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co 9:16). Predicamos el evangelio porque la vida que recibimos quiere fluir a todos los hombres a fin de alcanzarlos y llevarlos de regreso a la presencia de Dios, que los está esperando.
La vida divina quiere fluir y llegar a todos, porque para Dios no hay acepción de personas. Esto es lo que vemos en Romanos 2:9-11: “Tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego, pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego; porque no hay acepción de personas para con Dios”.
También leemos en Romanos 3:9-12: “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. Los siguientes versículos, del 13 al 18 muestran que por causa de muchas cosas negativas, todos están bajo la condenación del juicio de Dios.
Pero en los versículos 21 al 23, leemos: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.
Ahora, por haber recibido el evangelio de la gracia nuestra historia cambió. Los versículos 24 y 25 describen: “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados”. ¡La gracia de Dios llegó hasta nosotros! Este es el evangelio de la gracia.
Dios nos quiere justificar, pues como vimos, nuestro Dios es justo, santo y exige que seamos justos y santos a fin de que nos acerquemos a Él. Como simples hombres caídos, no podríamos ser justos. Pero, ¡Gracias a Dios! el Señor Jesús se hizo la justicia de Dios e hizo todo por nosotros. Esta es la sabiduría de Dios (1 Co 1:30).
La manera de ser justificados es por medio de creer en la obra de Cristo. Ahora veamos lo que dice Romanos 3:26, 28: “Con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (…) Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley”.
Nos basta sólo creer para ser justificados; no es necesario hacer ningún esfuerzo para practicar la justicia, porque toda obra hecha fuera de Cristo carece de justicia. Dios nos justificó cuando creímos en Jesucristo.
Punto Clave: Dios desea alcanzar a otras personas.
Pregunta: ¿Por qué al recibir el evangelio de la gracia su historia cambió?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 7 --- Justificación por la fe
Sábado --- Leer con oración: Gn 3:4-6, 24; Jn 5:39-40; Ro 5:2; 15:7; 2 Co 11:3
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 5:1)
AHORA PODEMOS DISFRUTAR DEL ÁRBOL DE LA VIDA
Cuando el hombre fue expulsado del huerto del Edén, Dios no cerró totalmente el camino al árbol de la vida. Él sólo puso querubines y una espada encendida para guardarlo (Gn 3:24). La espada tipifica la justicia de Dios, el fuego de la espada se refiere a Su santidad y los querubines representan Su gloria.
Aunque durante un tiempo el hombre no podía pasar por causa de los requisitos de la justicia y santidad de Dios, el hecho de no haber cerrado definitivamente las puertas del huerto de Edén, es muy significativo. Esto indica que el Señor esperaba que un día el hombre creyera en la obra redentora de Su Hijo con el fin de que fuera apto para entrar nuevamente y coma del árbol de la vida.
Ahora que ya fuimos justificados, santificados y reconciliados con Dios, podemos disfrutar de Su presencia. Éramos pecadores y estábamos destituidos de la gloria de Dios, pero ahora nuevamente la tenemos (Ro 5:2; 15:7). Por haber sido aprobados en cuanto a la exigencia de la justicia, de la santidad y de la gloria de Dios, obtuvimos un nuevo acceso al árbol de la vida, por eso podemos entrar con osadía al huerto de Edén para comer del árbol de la vida y recibir continuamente la vida de Dios. ¡Aleluya!
Sin embargo, debemos estar atentos al peligro de desear comer nuevamente del árbol del conocimiento. Recordemos siempre que fue por causa del fruto de ese árbol que el hombre perdió la presencia de Dios por millares de años. Hoy todavía aquel árbol, cuya naturaleza del bien y del mal se encuentra en nuestra alma, nos hace correr el riesgo de ser extraviados de la sincera fidelidad a Cristo (2 Co 11:3), y así, perder la presencia de nuestro amado Señor.
Lamentablemente, aun después de haber recibido el evangelio de la gracia y ser justificados, santificados y reconciliados, muchos hijos de Dios no entran en el huerto de Edén para comer del fruto del árbol de la vida, es decir, no buscan tener experiencias con Dios en el espíritu (Jn 4:24). En vez de eso, continúan comiendo del árbol del conocimiento del bien y del mal, continúan eligiendo vivir bajo la influencia del alma.
Esta es una situación lamentable. Evidentemente, nadie quiere el lado malo del árbol del conocimiento, sino el lado bueno, como lo hizo Eva (Gn 3:4-5). Cuando ella miró el árbol del conocimiento, vio que era bueno para comer, que era agradable a los ojos y codiciable para alcanzar la sabiduría. El fruto del árbol del conocimiento aparentemente es bueno, pues es agradable a los ojos. Además, es codiciable, es decir, despierta el deseo del conocimiento (v. 6). Su único problema es que produce muerte espiritual, alejamiento de Dios y aislamiento de los demás hermanos.
Un ejemplo de esto es cuando valoramos el conocimiento del alma, al buscar las cosas relacionadas con el bien e incluso, al analizar las verdades bíblicas desestimando a Cristo como la vida (Jn 5:39-40). Es evidente que las verdades bíblicas profundas son buenas, pero el simple conocimiento de éstas, sin la debida práctica, es insuficiente para iluminarnos o darnos vida. Fuimos alumbrados al respecto cuando estudiamos los escritos de Juan. En su segunda epístola, Juan menciona la verdad, pero también enfatiza la necesidad de andar en ella (v. 4), es decir, de practicarla. En su tercera epístola, una vez más, el apóstol amado del Señor, siendo ya anciano y experimentado, escribió: “No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad” (3 Jn 4).
Las verdades bíblicas existen para ser practicadas, no para ser analizadas o para servir como “leña en la hoguera” de las discusiones teológicas. Si nos quedamos analizando las verdades, permaneceremos en el alma, ganando sólo un conocimiento vacío. Pero si en vez de esto practicamos la verdad estaremos comiendo del árbol de la vida y así, estaremos haciendo la voluntad del Señor.
Nuestro deseo para aquellos que ya fueron recobrados por el evangelio de la gracia es que no dejen de comer del árbol de la vida. Nuestra dieta se restringe al árbol de la vida. Veremos más al respecto en la lectura de mañana..
Punto Clave: Elegir el fruto adecuado.
Pregunta: ¿Cómo podemos extraer vida de las verdades?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 7 --- Justificación por la fe
Domingo --- Leer con oración: Gn 3:6-8; 4:5-8; 49:8-12; Jn 15:1; 1 Co 15:45; Stg 1:14-15
“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn 15:5)
DOS ÁRBOLES Y DOS RESULTADOS
El resultado de comer del árbol de la vida será nuestra transformación. Esto es lo que vemos en el capítulo 49 de Génesis, cuando Israel pronunció su bendición profética al respecto de su hijo Judá (vs. 8-12). Al hablar de Judá, Israel dijo que éste era un león y que ataría a la vid su pollino y a la cepa el hijo de su asna. Este pollino representa a la naturaleza humana y su carácter, pues somos testarudos como ese animal. Sin embargo, aquel asno fue atado a la vid y de tanto comer uvas, sus ojos quedaron rojos del vino y sus dientes blancos de la leche. Esto indica que incluso hasta un asno puede ser transformado por medio de una alimentación adecuada.
En el evangelio de Juan, el Señor nos dice: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn 15:1, 5a). El Señor Jesús es la vid verdadera, por tanto el pollino atado a la vid representa el hecho de que debemos alimentarnos solamente del Señor. El Señor es la vid y la vida misma. Cuando comemos de la vid, recibimos vida. La manera de cambiar la naturaleza de una persona que vive bajo el control de su vida del alma es una sola: comer de la vida.
El Señor Jesús, en el evangelio de Mateo, nos dijo cómo podemos obtener vida. Si queremos comer del árbol de la vida y obtener su fruto, debemos negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguir al Señor (16:24). En otras palabras, debemos dejar de comer del árbol del conocimiento.
Ya tenemos la vida de Dios, ya nos hemos reconciliado con Él y obtuvimos el derecho de entrar en el huerto de Edén. Por tanto, debemos comer sin cesar del árbol de la vida y olvidarnos del árbol del conocimiento. La iglesia es el lugar propicio para que neguemos nuestro ego, nuestra vida del alma. Cuando el Señor Jesús reveló la iglesia, mostró que en la vida de la iglesia, la primera cosa que debemos hacer es negarnos a nosotros mismos (vs. 18, 24).
Si comemos del árbol de la vida y también del árbol del conocimiento, no estaremos negando nuestra vida del alma. Necesitamos rechazar los frutos del árbol del conocimiento y concentrarnos en comer sólo del árbol de la vida.
Casi todos los hijos de Dios tienen conciencia de que el pecado es terrible, pero pocos perciben que vivir según la vida del alma es peor que pecar. Cuando pecamos sabemos lo que estamos haciendo, pero cuando somos influenciados por nuestra alma actuamos por la parte buena del árbol del conocimiento, y difícilmente reconocemos que nuestras actitudes no proceden de Dios. Por otro lado, antes de pecar, nuestra alma ya pecó, y es ésta la que induce a nuestro cuerpo a pecar (Stg 1:14-15).
Podemos ver esto más claramente en 1 Corintios 15:45, donde leemos que “Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente”. Es decir, el hombre fue creado y su alma era la vida por la cual vivía. Pero, cuando comió del árbol del conocimiento, su alma abrió una brecha para Satanás, que la hizo independiente de Dios e inyectó la naturaleza del pecado. Así que, antes de que Adán cayera en el pecado, su alma fue el blanco del ataque, se hizo autónoma y vulnerable. La consecuencia de esto puede ser vista en la experiencia de Caín (Gn 3:6-8; 4:5-8).
Conforme a lo que hemos visto, pasamos por el evangelio de la gracia para entrar en el huerto y tener acceso al árbol de la vida. La intención de Dios es que comamos del árbol de la vida y recibamos la vida divina. Por eso debemos recordar que el camino al árbol de la vida no está cerrado, sólo está guardado. Para entrar en el huerto es necesario que cumplamos tres exigencias, es decir, debemos usar tres llaves: la justicia, la santidad y la gloria. Si tenemos esas llaves, podemos entrar.
Pero, al entrar en el huerto, no debemos mirar al árbol del conocimiento, ya que es agradable a los ojos y codiciable. El árbol de la vida, que es el Señor Jesús mismo, la vid verdadera, puede no tener una apariencia atractiva, pero es accesible a todos (Jn 15:1, 5; Ap 22:2). Cuando entramos en el “huerto” debemos comer sólo del árbol de la vida. No necesitamos esforzarnos para comer de él; sólo necesitamos extender nuestras manos y tomar las “uvas”. Volvamos al árbol de la vida; leamos la Biblia con nuestro corazón vuelto al Señor y busquemos Su presencia al leerla con oración, ¡para comer vida! (Jn 5:39-40; 2 Co 3:14-18).
Punto Clave: Comer a Cristo para ser transformado.
Pregunta: ¿Ya se dio cuenta de que la Biblia puede ser considerada como nuestro huerto de Edén actualmente? ¿Por qué?
Dong Yu Lan
Editora “Arvore da Vida”
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Predeterminado Un cuerpo en cristo

UN CUERPO EN CRISTO
Antes de pasar a considerar nuestro último tema de importancia, miremos de nuevo los pasos ya dados. Hemos procurado presentar las cosas de una manera sencilla, y explicar de un modo claro algunas de las experiencias que los creyentes suelen tener. Pero desde luego son muchos los nuevos descubrimientos que hacemos al andar con el Señor, y debemos cuidarnos de simplificar demasiado la obra de Dios. Hacerla nos llevaría a seria confusión.
Hay hijos de Dios que creen que toda nuestra salvación, en la que incluirían el asunto de
vivir una vida santa, consiste en un debido aprecio del valor de la preciosa Sangre. Con razón subrayan la importancia de llevar cuentas cortas con Dios en cuanto a pecados conocidos, y de la eficacia continua de la Sangre para limpiar los pecados cometidos, pero piensan en la Sangre como haciéndolo todo. Creen en una santidad que sólo significa separación: que Dios, sobre la base de la Sangre derramada, separa a un hombre del mundo para hacerlo suyo, y que eso es santidad; y allí se quedan. Así permanecen sin alcanzar las demandas básicas de Dios y por lo tanto la provisión completa que El ha hecho. Creo que ya hemos visto claramente que esto no basta.
Luego hay los que van más adelante y ven que Dios los ha incluido en la muerte de su Hijo en la Cruz para librarlos del poder del pecado y de la ley por crucificar el hombre viejo. Estos son los que en verdad ejercen fe en el Señor, porque se glorían en Cristo Jesús y han dejado de confiar en la carne (Fil. 3: 3). En los tales Dios tiene fundamento seguro sobre el cual edificar, y desde ese punto inicial muchos han progresado aun más y han reconocido que la consagración (en su sentido verdadero) significa entregarse sin reserva en sus manos y seguirle. Todos éstos son los primeros pasos y desde este punto ya hemos tocado otras fases de la experiencia que Dios nos presenta y que muchos gozan. Es indispensable recordar que, mientras cada una es un fragmento de la verdad, ninguna en sí es toda la verdad. Todas llegan hasta nosotros como fruto de la obra de Cristo en la Cruz y no nos conviene ignorar ninguna.
Ya hemos mencionado el propósito de Dios en la creación y hemos dicho que abarcaba
mucho más que lo que Adán llegó a gozar. ¿.Cuál era aquel propósito? Dios quería tener una raza de hombres cuyos integrantes tuvieran un espíritu por el cual pudieran gozar de comunión con El, quien es Espíritu. Aquella raza, poseyendo la vida de Dios mismo, cooperaría para alcanzar el blanco propuesto, desbaratando todo posible ataque del enemigo y deshaciendo sus obras malignas. Eso era el gran plan. ¿Cómo se efectuará ahora? La contestación se encuentra en la muerte del Señor Jesús. Es una muerte poderosa, positiva y premeditada, alcanzando mucho más allá de la recuperación de la posición perdida, porque por medio de ella no sólo se trata con el pecado y el hombre viejo y se anulan sus efectos, sino se introduce algo más, algo infinitamente mayor.
Ahora debemos tener presente dos pasajes de la Palabra, uno de Génesis 2 y otro de Efesios 5, que son de gran importancia en cuanto a esto.

EL AMOR DE CRISTO
“Entonces Jehová hizo caer profundo sueño sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar; y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada.” (Gn. 2-21-23).
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a Sí mismo por ella, para santificada, habiéndola purificado en el lavacro del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha” (Ef. 5: 25-27).
En Efesios 5 tenemos el único capítulo de la Biblia que explica el pasaje de Génesis 2. Lo que nos es presentado en Efesios es en verdad muy notable, si lo reflexionamos. Es lo que contienen las palabras: “Cristo... amó a la iglesia”. Aquí hay algo preciosísimo.
Se nos ha enseñado a pensar en nosotros como pecadores necesitando redención. Desde hace mucho tiempo esto nos ha sido inculcado, y damos gracias al Señor por esto como nuestro principio, pero no es lo que Dios tiene en mira como su blanco. Mas bien Dios habla aquí de una iglesia “gloriosa... que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha.
Así tenemos un aspecto de la muerte del Señor Jesús en Efesios que no se ve tan claramente en otros lugares. En Romanos se miran las cosas desde el punto de vista del hombre corrompido y, empezando con Cristo muriendo por “pecadores”, “enemigos”, “los impíos” (Ro. 5), se nos lleva paso a paso al “amor de Cristo” (Ro. 8:35). En Efesios, en cambio, el punto de vista es el de Dios “antes de la fundación del mundo” (Ef. 1:4) y la médula del evangelio es: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a Sí mismo por ella” (Ef. 5:25). Así en Romanos es “todos pecaron”, y el mensaje es el del amor de Dios hacia los pecadores (Ro. 5: 8); mientras que en Efesios es “Cristo amó”, y el amor aquí es el del esposo hacia su esposa. Esta clase de amor, en el fondo, no tiene nada que ver con el pecado como tal. Lo que se ve en este pasaje no es expiación por el pecado sino la creación de la Iglesia; por eso se declara que con este motivo Él se dio a Sí mismo.
Por consiguiente hay un aspecto de la muerte del Señor Jesús que es completamente positivo y un asunto particularmente de amor hacia su Iglesia, y en el cual no entra la cuestión del pecado y de los pecadores. Dios me libre de sugerir siquiera que el Señor Jesús no murió para expiación. Alabado sea Dios, así lo hizo. Debemos recordar que hoy día estamos en verdad en Efesios 5 y no en Génesis 2. Efesios fue escrito después de la caída, a hombres que habían sufrido las consecuencias y en la carta encontramos no sólo el propósito de la creación sino también las cicatrices dejadas por la caída. De otro modo no habría necesidad de referirse a “mancha ni arruga”. Por causa de que estamos todavía en este mundo y que la caída es un hecho histórico, hay necesidad de limpieza.
Sin embargo, siempre debemos considerar la redención como una interrupci6n, una 'medida de emergencia', que fue necesaria por causa del desvío de la línea recta del propósito de Dios. La redención es suficiente y bastante maravillosa para ocupar un lugar muy grande en nuestra visión, pero Dios nos está indicando que no debemos pensar en ella como si fuera todo, como si el hombre hubiera sido creado para ser redimido. La caída es un desvío trágico en aquella línea propuesta, y la redención un restablecimiento bendito por el cual nuestros pecados se deshacen y somos restaurados; pero, una vez cumplido esto, queda todavía algo que hacer para que poseamos lo que Adán nunca poseyó, y para que Dios tenga lo que su corazón anhela. Porque Dios nunca ha abandonado el propósito que representa aquella línea recta. Adán nunca alcanzó a poseer la vida de Dios como se representa por el árbol de vida. Pero sobre la base de la obra única del Señor Jesús en su muerte y resurrección (y debemos señalar otra vez que todo es una sola obra), la vida que emana de Él llega a estar a nuestro alcance por la fe, y así recibimos más que lo que poseyó Adán jamás -y aquel propósito de Dios resulta factible ya que recibimos a Cristo como nuestra vida.
Luego también debemos notar que Eva no fue creada como un ser aparte, por medio de otra creación paralela a la de Adán. Adán durmió, y Eva fue creada de Adán. Así procede Dios con la Iglesia. El “segundo hombre” de Dios se ha despertado de su sueño y su Iglesia es creada en Él y de Él, para recibir su vida de Él y manifestar aquella vida de resurrección.
Tomado de “La vida cristiana normal” W. Nee
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Predeterminado “en sacrificio vivo”

“EN SACRIFICIO VIVO”
Hemos notado que hay un aspecto de la muerte de Cristo que se nos presenta en Efesios
5 que en cierto grado difiere del que hemos estudiado en Romanos. Sin embargo, es cierto que ese aspecto es el fin hacia el cual nuestro estudio de Romanos nos lleva pues, como ahora veremos, la redención nos lleva otra vez a la línea original del propósito de Dios.
En el capítulo 8, Pablo nos habla de Cristo como el primogénito Hijo entre muchos hermanos. “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que El sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Ro. 8:29-30). Aquí se ve que la justificación lleva a la gloria, una gloria manifestada no en individuos por separado, sino en un conjunto: en los muchos que manifiestan la imagen de aquel Uno. Y, como hemos visto, en “el amor de Cristo” hacia los suyos, de que tratan los últimos versículos del capítulo (8:35-39), Este propósito de nuestra redención se revela. Luego lo que se sobreentiende aquí en el capítulo 8, se ve con claridad cuando llegamos al capítulo 12, cuyo tema es el Cuerpo de Cristo.
Después de los primeros ocho capítulos de Romanos, que hemos estudiado, sigue un paréntesis en el cual se trata del proceder soberano de Dios con Israel, antes de volver al tema de los primeros capítulos. Así para nuestro propósito actual, el razonamiento del capítulo 12 sigue al del capítulo 8 y no al del capítulo 11. Podríamos resumir estos capítulos sencillamente de esta manera: Nuestros pecados son perdonados (cp. 5), somos muertos con Cristo (cp. 6), por naturaleza somos completamente impotentes (cp. 7), por lo tanto confiamos en el Espíritu que mora en nosotros (cp. 8). Después de esto, y como consecuencia, “somos un cuerpo en Cristo” (cp. 12). Es el resultado lógico de todo lo que antecede y la meta de todo ello.
Romanos 12 y los capítulos siguientes contienen instrucciones muy prácticas para nuestra vida y nuestro andar. Estas se introducen con un nuevo énfasis sobre la consagración. En capítulo 6, verso 1:3, Pablo ha dicho: “Presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia”. Sin embargo, aquí en capítulo 12, verso 1, el énfasis es un poco distinto. “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”. Esta nueva exhortación a la consagración se nos hace como a “hermanos”, recordándonos los “muchos hermanos” del capítulo 8, verso 29. Es una llamada a dar un paso de fe juntos, el presentar nuestros cuerpos en un “sacrificio vivo” a Dios.
Esto es algo que sobrepasa lo solamente individual e implica una contribución en conjunto. El “presentar” es personal, pero el sacrificio es colectivo; es un sacrificio. El culto racional, servicio inteligente, es un servicio. Nunca deberíamos pensar que nuestra contribución no se necesita, porque, si en verdad contribuye a aquel servicio, satisface a Dios. Y es por tal servicio que experimentamos “cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (12:2) o, en otras palabras, alcanzamos el eterno propósito de Dios en Cristo Jesús. Así que, la llamada de Pablo “a cada cual que está entre vosotros” (12:3) se hace considerando esta nueva verdad divina de que nosotros, siendo muchos, “somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (12:5) y es sobre esta base que tenemos las instrucciones prácticas que siguen.
El instrumento por el cual el Señor Jesús puede revelarse a esta generación no es el individuo sino el cuerpo. Dios repartió a cada uno una medida de fe (12:3), pero por separado cada miembro nunca puede cumplir el propósito de Dios. Se necesita un cuerpo entero para llegar a ser “un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” y manifestar su gloria. ¡Oh, que en verdad comprendiéramos esto!
De esta manera Romanos 12:3-6 saca de la figura del cuerpo humano la enseñanza de nuestra dependencia mutua. Los creyentes por separado no constituyen el cuerpo, pero los tales son miembros del Cuerpo, y en un cuerpo humano “no todos los miembros tienen la misma función” (12:4). La oreja no debe pensar que es ojo. Ninguna oración, por más persistente que sea, dará vista a la oreja pero todo el cuerpo puede ver por medio del ojo. Del mismo modo (hablando en sentido figurado), aunque tenga sólo el don de oír, puedo ver por medio de otros que tienen el don de la vista; o tal vez puedo caminar pero no trabajar con los pies, y por eso recibo ayuda de las manos. Demasiado común es la actitud en cuanto a las cosas de Dios de que “Sé lo que sé, y lo que no sé, no sé y bien puedo prescindir de ello”. Pero en Cristo las cosas que no sabemos nosotros, otros las saben, y podemos saberlas y llegar a disfrutadas por medio de ellos.
Séame permitido hacer hincapié en que esto no es meramente un lindo pensamiento. Es
un factor vital en la vida del pueblo de Dios. No podemos seguir el uno sin el otro. Es por esto que la comunión en oración tiene tanta importancia. La oración juntos hace valer la ayuda de los demás miembros del Cuerpo, como se ve claramente en Mateo 18:19,20. Confiar en el Señor yo solo tal vez no resultaría suficiente. Debo confiar en El, junto con otros. Debo aprender a orar “Padre nuestro...” sobre la base de nuestra unión con el Cuerpo, porque sin la ayuda del Cuerpo no puedo alcanzar el blanco. En la esfera del servicio, esto se ve aún más claramente. Solo no puedo servir al Señor eficazmente, y Él hará todo lo posible para enseñarme esto. Hará fracasar las cosas, permitiendo que puertas se cierren y dejándome golpear la cabeza inútilmente contra una pared, hasta que me dé cuenta de que necesito la ayuda del Señor por el Cuerpo, además de la que recibo directamente de Él. Porque la vida de Cristo es la vida del Cuerpo, y sus dones nos son dados para la obra que edifica el Cuerpo.
El Cuerpo no es una mera ilustración, sino una realidad. La Biblia no dice que la Iglesia
es parecida al cuerpo, sino que es el Cuerpo de Cristo. “Así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros”. Todos los miembros juntos son un cuerpo, porque todos gozan de su vida como si El mismo se distribuyera entre sus miembros. Una vez estuve con un grupo de creyentes que tenían dificultad en entender cómo el Cuerpo pudiera ser uno, siendo los que forman todos hombres y mujeres distintos. Un domingo, estando por partir el pan, les pedí que observaran bien el pan antes que fuera partido. Luego, después que había sido repartido y comido, les hice notar que, aunque se encontraba dentro de cada uno de ellos, todavía era un pan no muchos. El pan se dividió, pero Cristo no es dividido ni aun en ese sentido. El permanece siendo un Espíritu en nosotros, y nosotros todos somos uno en El.
Esto es exactamente lo opuesto a la condición natural del hombre. En Adán tengo la vida de Adán, pero ésa es esencialmente individual. El pecado no trae unión, ni comunión, sino sólo interés propio y desconfianza de otros. A medida que sigo adelante con el Señor, pronto descubro que no sólo hay que resolver el problema del pecado y de mi energía natural, sino también el de mi vida individualista, la vida que cree ser suficiente en sí y que no reconoce su necesidad del Cuerpo ni la verdad de su unión con él. Puede ser que ya haya resuelto los problemas del pecado y de la carne, y que sin embargo siga siendo un decidido individualista. Solamente anhelo la santidad y la victoria y el fruto para mí mismo, aunque sean los motivos más sinceros. Pero tal actitud ignora al Cuerpo y por lo tanto no puede satisfacer a Dios. El tiene que hacer algo en mi vida en cuanto a este asunto también, o si no, quedaré en oposición a su propósito. Dios no me culpa por ser un individuo sino por mi individualismo. Su problema más grande no son las divisiones externas y las denominaciones que dividen su Iglesia, sino nuestros propios corazones individualistas.
Sí, la Cruz tiene que hacer su obra aquí, recordándome que en Cristo he muerto a aquella vida vieja de independencia que heredé de Adán y que en la resurrección he llegado a ser, no meramente un creyente individual en Cristo, sino un miembro de su Cuerpo. Hay una diferencia tremenda entre los dos. Cuando vea esto, en seguida dejaré de andar en independencia y buscaré la comunión. La vida de Cristo en mí busca el contacto con la vida de Cristo en otros. Ya no puedo seguir un camino propio y solitario. Los celos ya no existirán. La rivalidad dejará de existir. Obra propia no puede haber. Mis preferencias, mis ambiciones, mis intereses, todos se someterán. Ya no será de importancia cuál de nosotros hace la obra. Sólo será de importancia que el Cuerpo se desarrolle.
Dije: “Cuando vea esto...” Ahí está la gran necesidad: ver el Cuerpo de Cristo como otra
verdad grande y divina; que penetre hasta lo íntimo de nuestro corazón por la revelación divina, que “muchos somos un cuerpo en Cristo”. Solamente el Espíritu Santo puede hacemos comprender esto en todo su significado; pero cuando esto suceda, se transformará nuestra vida y servicio.

“MÁS QUE VENCEDORES POR MEDIO DE AQUEL... “
Nosotros sólo miramos la historia desde la Caída del hombre en Edén. Dios la ve desde el principio. Había algo en la mente de Dios antes de la Caída, y en los siglos venideros eso se cumplirá cabalmente. Dios sabía todo lo del pecado y de la redención; sin embargo en su gran propósito para la Iglesia expuesta en Génesis 2 no se contempla el pecado. Es como si en su mente Él pasara por encima de toda la historia de la redención y viera a la Iglesia en la eternidad futura. Es el Cuerpo de Cristo en gloria, no refleja nada del hombre caído sino sólo aquello que es la imagen del glorificado Hijo del hombre. Esta es la Iglesia que ha satisfecho el corazón de Dios y que ha logrado el dominio.
En Efesios 5 estamos aún dentro de la historia de la redención, y sin embargo, por gracia, tenemos todavía ante nosotros este eterno propósito de Dios expresado en las palabras: “... a fin de presentársela a Sí mismo, una iglesia gloriosa”. Pero notamos que son necesarios para preparar la Iglesia (ahora manchadas por la Caída) a fin de ser presentado a Cristo en gloria, el agua de vida y el lavacro de la Palabra. Porque ahora hay defectos que corregir y heridas que sanar. Pero, ¡cuán preciosa es la promesa y cuán llenas de gracia las palabras: “que no tuviese mancha” -las cicatrices del pecado, cuya historia misma estará ya olvidada; y “ni arruga”- las señales de edad y de tiempo perdido! Todo se habrá recuperado entonces y todo será nuevo; “santa y sin mancha” -para que ni Satanás ni los demonios ni los hombres puedan encontrar motivos para acusarla.
Aquí es donde estamos ahora. Esta época ya toca a su fin y el poder de Satanás se manifiesta más que nunca. Nuestra lucha es contra ángeles, principados y potestades (Ro. 8:38. Ef. 6:12) que se oponen y procuran destruir la obra de Dios en nuestras vidas acusando a los escogidos de Dios. Solos nunca podríamos afrontarlos, pero lo que no podemos hacer nosotros solos, la Iglesia puede. El pecado, la confianza en sí mismo y el individualismo han sido el golpe maestro contra el propósito divino para el hombre, y en la Cruz Dios los ha desbaratado.
Así, poniendo nuestra fe en lo que Él ha hecho, en “Dios... que justifica” y Cristo... que murió” (Ro. 8: 33,34), presentamos un frente contra el cual las puertas del infierno mismas no prevalecerán. Nosotros, su Iglesia, “somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Ro. 8:37).
Tomado de “La vida cristiana normal” W. Nee
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Predeterminado Apartado para el evangelio de Dios semana 8

Apartado para el evangelio de Dios
Semana 8 --- Reinar en vida
Domingo --- Leer con oración: 2 P 1:3-7; Sal 82:6; He 4:11; Mt 24:14
“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Jn 3:2)
REINAR EN VIDA Y PREDICAR EL EVANGELIO
Si queremos que la vida de Dios crezca más en nosotros es necesario que nuestra vida del alma disminuya. Por eso, después de predicar el evangelio de la gracia, necesitamos continuar predicando el evangelio de la vida. El evangelio de la vida es el evangelio del reino de los cielos, que es totalmente un asunto de vida.
El reino de los cielos implica el crecimiento de vida. Mientras más crecimiento de vida tengamos, más la realidad del reino de los cielos tendremos. Pero para crecer en vida debemos renunciar a la vida del alma y permitir que la vida de Dios aumente. Cuando anhelamos el reinar del Señor en nuestra vida negamos nuestra vida del alma. La segunda epístola de Pedro nos muestra que Dios quiere que seamos llenos de Su vida y naturaleza. La vida de Dios necesita crecer en nosotros a tal punto que seamos como Él es, pero sin la Deidad (1:3-7; cfr. Sal 82:6).
Todos hemos experimentado de alguna manera el “fuego de prueba que nos ha sobrevenido”, que quema nuestra vida del alma. Así, la vida de Dios que existe en nosotros, espontáneamente quiere fluir por medio de la predicación del evangelio. Después que las personas reciben el evangelio de la gracia, todos tenemos que ayudarlas a recibir también el evangelio de la vida. Este es el objetivo del proyecto “Vida para todos”: transmitir el evangelio de la gracia a aquellos que no tienen la vida de Dios y el evangelio de la vida, que es el evangelio del reino de los cielos, a ellos y a todos nuestros amados hermanos, con el fin de que podamos reinar juntos en la era venidera.
Para predicar el evangelio es necesario que estemos calificados. Por eso necesitamos ser perfeccionados. Efesios 4 nos presenta cuatro tipos de personas cuyos dones se convirtieron en ministerios. Los tres primeros son los apóstoles, los profetas y los evangelistas, además de otros dos que en realidad son dos aspectos de uno solo: los pastores y maestros (v. 11).
Los pastores y maestros funcionan en la iglesia. Los apóstoles, los profetas y los evangelistas funcionan en las iglesias. Si tenemos la carga de predicar el evangelio necesitamos ser evangelistas. Para esto necesitamos ser perfeccionados en evangelizar y hablar por Dios como profetas. Después seremos más perfeccionados aun, llegando a ser apóstoles. Por medio de los evangelistas, las personas reciben el evangelio de la gracia. Si ya son salvas, nosotros las ayudamos para que reciban el evangelio del reino.
Gracias al Señor, la iglesia tiene la carga de producir más evangelistas. El Señor espera que prediquemos el evangelio en toda la tierra. Seis mil años ya han pasado desde que Él vino. Así como en la creación de Dios, el séptimo día es de reposo, por tanto nos estamos acercando al reposo de Dios (He 4:11). Sin embargo, antes debemos predicar el evangelio.
Ya estamos en el año 2009 y el Señor aún no ha vuelto, pero como Pedro dijo: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P 3:9). No sabemos hasta cuándo el Señor nos esperará, por eso debemos apresurar Su venida predicando el evangelio en toda la tierra (Mt 24:14).
Conforme a nuestra experiencia, podemos ser perfeccionados practicando el proyecto “Vida para todos”. Al hablar de la salvación del Señor y de Su reino, al dejar en las manos de las personas el alimento saludable que les proporcionará el crecimiento, la palabra escrita, estamos apresurando la manifestación del reino de Dios. Esta es la función del colportor. Ser colportor no es ser un vendedor de libros, sino un dispensador de la vida y del reino de Dios. Su objetivo es dejar la palabra escrita en las casas de las personas para que por medio de ésta, Dios encuentre más camino en sus corazones, preparándolos para ser una buena tierra en donde Él germine y reine.
Según la Biblia, el colportor tiene la función de un sumo sacerdote. En el Nuevo Testamento, el colportor también es un apóstol. En el continente sudamericano el evangelio ha sido predicado rápidamente, pues a través de la distribución de la literatura la predicación del evangelio ha sido más eficaz. No nos hemos limitado sólo a las maneras tradicionales que el evangelio puede ser predicado; aún procediendo así, no sabemos cuánto tiempo nos resta antes de la venida del Señor.
Hay iglesias que cuidan a tres ciudades vecinas, predican el evangelio y apacientan a las personas. ¿Cuánto tiempo ocupamos para cuidarlas? Ahora el Señor quiere apresurar Sus pasos. Es hora de predicar el evangelio de la gracia y el evangelio del reino de los cielos, para eso necesitamos ser perfeccionados. ¡Aleluya! Porque muchos ya han sido perfeccionados, se han convertido en personas eficaces en la predicación del evangelio y viven por la fe. También hay hermanos cuyos dones han llegado a ser ministerios y pueden perfeccionar a otros. Si todos recibimos la carga de ser perfeccionados y de salir para predicar el evangelio del reino a otras ciudades, para cuidar a las personas como mayordomos fieles, apresuraremos la venida del Señor. ¡Aleluya!
Punto Clave: Reinar en vida nos lleva a predicar el evangelio.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Usted sale a visitar a las personas para predicarles el evangelio de la gracia y el de la vida?
Dong Yu Lan
Publicado por: Editora “Arvore da Vida”
Jesus es el Señor!
La iglesia en Armenia
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"Si la Cruz no ha obrado en mí, seré yo el que obraré constantemente"
Watchman Nee

La verdadera vida del creyente – esto es, la vida de Cristo en él – es una vida que está siempre germinando de la muerte.
Evan H. Hopkins

Dios está esperando para llenar nuestras vidas de increíble plenitud, si solamente admitimos nuestra bancarrota.
Ian Thomas
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Predeterminado Apartado para el evangelio de Dios semana 9

Apartado para el evangelio de Dios
Semana 9--- La novedad de vida
Lunes --- Leer con oración: Jn 3:14-15; Ro 1:1-4; 3:24; 1 Co 6:11; 1 P 3:18
“Y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Ap 1:5)
JUSTOS Y SANTOS POR MEDIO DE LA SANGRE DE CRISTO
La epístola a los Romanos trata acerca del evangelio de Dios bajo dos aspectos. El primero, muestra que Jesús es el Hijo del Hombre, pues según la carne vino de la descendencia de David, para solucionar el problema del pecado de la humanidad (Ro 1:1-3). Dios envió al Señor Jesús como Hombre para ser nuestro Salvador. Y para recibir Su maravillosa salvación no pagamos ningún precio, porque Su sangre tiene eficacia eterna para pagar toda nuestra deuda delante de Dios (Is 55:1). Nosotros pecamos, pero fue el Señor Jesús quien recibió el castigo que merecíamos (1 P 3:18).
Como pecadores deberíamos haber sido condenados y haber derramado nuestra sangre, pues la remisión de pecados exige el derramamiento de la sangre del pecador (He 9:22). Sin embargo, el derramamiento de nuestra sangre no sería compatible con el propósito que Dios estableció al crearnos.
Por eso, a fin de salvarnos y cumplir Su voluntad, Dios, primeramente, envió a Su propio Hijo, concebido por el Espíritu Santo en la virgen María, el cual participó de carne y sangre para a través de Su muerte, destruir al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo (Mt 1:18; He 2:14). El Señor Jesús vino para morir por nosotros como nuestro sustituto y derramar Su sangre en nuestro lugar, solucionando así el problema de nuestro pecado. ¡Alabado sea el Señor por su maravillosa gracia! Nosotros éramos los pecadores, pero Él fue quien murió por nosotros.
El Señor Jesús, por medio de la encarnación, participó de carne y sangre; no obstante, tuvo sólo la semejanza de carne de pecado, pero en Él no había pecado (Ro 8:3; Jn 3:14-15). Por ser diferente a todos los hombres, los cuales tienen la naturaleza pecaminosa, fue el único digno de morir por nosotros y redimirnos de nuestros pecados.
En la cruz el Señor canceló todo el registro de deuda que la humanidad tenía con Dios. Sin embargo, para que la redención de Cristo llegue a ser una realidad para el hombre, es necesario que éste la reciba con un único acto: creer (Jn 1:12). Al creer en el Señor Jesús y en Su obra redentora, somos perdonados por Dios y recibimos la vida eterna; ya no seremos condenados, pues hemos pasado de muerte a vida (3:16; 5:24).
Después que el hombre recibe la redención es justificado delante de Dios. Mediante la fe, creímos que el Señor Jesús derramó Su sangre en la cruz para comprarnos nuevamente para Dios. Por el pecado perdimos nuestra posición original, pero al creer en Cristo, Dios canceló nuestra deuda, y a partir de entonces, llegamos a ser justos a Sus ojos (Ro 3:24; 5:1).
Hemos visto que la sangre de Cristo, que fue derramada por nosotros, no es una sangre común, es una sangre noble, de mucha honra, porque es la sangre del Rey. Además, Su sangre también es la sangre de un justo, sin pecado. Como tal, Él estaba calificado para morir por nosotros. Por tanto, Su sangre, fue y es capaz de purificarnos de todo pecado (1 Jn 1:7).
Cuando predicamos estas buenas nuevas a las personas estamos predicando el evangelio de la gracia (Hch 20:24), por medio del cual vemos ¡cuán abundante es la gracia de Dios! Al creer en el sacrificio del Señor Jesús, el pecador es justificado. Por la fe, también es santificado, apartado para Dios (cfr. Lv 1:1-5; Ro 12:1). Por medio de la redención realizada por el Señor Jesús, el pecador llega a ser justo y santo y es restaurado a la gloria de Dios.
Todos los que creímos en el Señor no somos más personas comunes, fuimos librados del pecado, lavados, justificados y santificados (1 Co 6:11). El camino al árbol de la vida está abierto para nosotros nuevamente por medio de Su sangre, pues las exigencias de la gloria, la santidad y la justicia divinas ya han sido satisfechas mediante la redención de Cristo (Gn 3:22-24; cfr. Ap 22:14). ¡Aleluya!
Punto Clave: El camino al árbol de la vida está abierto nuevamente para nosotros.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Cuáles fueron los beneficios que la sangre de Cristo nos trajo?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 9 --- La novedad de vida
Martes --- Leer con oración: Gn 3:24; Ro 1:4; 5:10-11; Hch 9:20; Ef 4:15
“Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia” (Ro 5:17)
POR MEDIO DE JESUCRISTO REINÓ LA VIDA
Cuando creímos en Cristo, fuimos reconciliados con Dios mediante la muerte de Su Hijo (Ro 5:10). Vimos en las semanas anteriores que el evangelio de la gracia nos presenta las etapas de nuestra salvación que van desde que fuimos iluminados de nuestros pecados hasta la reconciliación con Dios. En este evangelio todo lo que fue hecho está relacionado con el aspecto de Jesús como el Hijo del Hombre.
Así que, una vez que cree en el evangelio de la gracia, aunque aprecie su experiencia inicial de salvación y de toda la obra redentora de Cristo, usted debe avanzar hacia otra etapa, la cual está relacionada con Jesucristo como el Hijo de Dios. En otras palabras, podemos decir que, como cristianos, tenemos la vida eterna que ahora debe crecer en nosotros (1 Jn 5:11-12; Ef 4:15).
Romanos 5:17 dice: “Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia”. La transgresión vino por medio de uno solo, es decir, de Adán, y con la transgresión el pecado entró en la humanidad. Por causa de esto, todos pecaron y la muerte comenzó a reinar. Gracias al Señor, el pecado no puede vencer a la gracia, pues la abundancia de la gracia llegó hasta nosotros. La vida reinó por medio de un único hombre, Jesucristo.
Adán había sido expulsado del huerto de Edén por causa de su transgresión (Gn 3:24). Ahora, por el hecho de haber sido justificados por la fe en Cristo, podemos ser recobrados a la condición original que el hombre tenía antes de la caída, y ser reconciliados con Dios a fin de comer del árbol de la vida (Ap 22:14). Volvimos al “huerto de Edén” y comemos de Cristo, el árbol de la vida (Jn 14:6; 15:1). Comer del árbol de la vida es disfrutar de la Palabra, que es espíritu y vida, y dejar que la vida de Dios entre en nosotros y crezca continuamente (6:63).
La vida de Dios entró en nosotros como una semilla cuando creímos en Su Hijo (1 P 1:23). Ahora, la manera de hacer que esta semilla crezca hasta convertirse en una planta madura y produzca frutos para Dios, es comer del árbol de la vida. Necesitamos que Cristo reine en nosotros en vida, y esto dependerá de cuánto nos alimentemos de Él.
Punto Clave: Permitir que la vida crezca continuamente.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Qué podemos hacer para que la vida crezca?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 9 --- La novedad de vida
Miércoles --- Leer con oración: Jn 3:36; Ro 5:12, 17, 20-21; 6:4, 6
“Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Ro 6:4)
LA RESURRECCIÓN NOS TRAJO LA NOVEDAD DE VIDA
El pecado entró en el mundo por medio de la desobediencia de un solo hombre (Ro 5:12, 17), pero la obediencia de Cristo nos justificó y Su sangre nos salvó de la ira de Dios (Jn 3:36).
“Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Ro 5:20). La expresión “el pecado abundase” significa que el pecado prevaleció, pero ahora la gracia llegó y es más abundante que el pecado, “para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (v. 21).
En el capítulo 6, vemos que al creer nos unimos al Señor Jesús. Cuando Él murió, morimos con Él. Él fue sepultado y nosotros también fuimos sepultados juntamente con Él en Su muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida (v. 4).
Hoy podemos andar en novedad de vida porque el Señor Jesús no solamente murió en la cruz, sino también resucitó. Puesto que nos unimos a Él en la semejanza de Su muerte, Pablo nos anima a tener un vivir en novedad de vida, en la semejanza de la resurrección de Cristo. ¡Aleluya!
En Romanos 6:6 leemos: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado”. Ya que fuimos sepultados con Él mediante el bautismo no somos más esclavos del pecado, pues el cuerpo del pecado fue destruido.
El Señor Jesús murió en la cruz, y nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él. Así que, no podemos permitir más que el pecado reine en nosotros. “Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive” (vs. 8-10). Puesto que nos unimos al Señor por medio de Su muerte, hoy podemos disfrutar de un vivir en resurrección y en victoria.
Cuando creímos en la muerte redentora del Señor Jesús sobre la cruz, obtuvimos una nueva vida, la vida de Dios. Esta es la vida del nuevo hombre. Ahora estamos muertos para el pecado, pero para el Señor Jesús estamos vivos, vivimos en novedad de vida. Por tanto, la muerte ya no puede operar sobre nosotros, porque el viejo hombre ya murió en la cruz y en el nuevo hombre tenemos vida.
Después de la muerte y resurrección del Señor, Él liberó Su vida para nuestro disfrute y crecimiento espiritual. ¡Gracias al Señor! Es por eso que debemos predicar el evangelio del reino. El evangelio de la gracia, la etapa inicial de la vida cristiana, comprende el problema de los pecados del hombre, su confesión, perdón de pecados y la reconciliación con Dios. El evangelio del reino, o de la vida, comprende la solución del problema de nuestro viejo hombre, la naturaleza que heredamos de Adán, que necesita ser transformada por el crecimiento de la vida divina en nosotros.
El viejo hombre es simplemente el alma humana caída. Por eso, cuando hablamos de tratar con el viejo hombre nos referimos al alma, o dicho de otra manera, a la vida del alma. De modo objetivo, nuestro viejo hombre murió en la cruz juntamente con Cristo, pero subjetivamente, en nuestra experiencia diaria, necesitamos vivir en novedad de vida.
Cuando vivimos en Cristo, invocando Su nombre, estamos en el nuevo hombre. Por medio de vivir en unión con Él, tenemos la realidad del evangelio del reino, el evangelio de la vida, nuestro viejo hombre es crucificado cada día, y espontáneamente comenzamos a andar en novedad de vida.
Punto Clave: La cruz es el lugar del viejo hombre.
Su punto clave es:
Pregunta: Bajo la luz de éste día, ¿Qué es la vida del alma?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 9 --- La novedad de vida
Jueves --- Leer con oración: Gn 2:18; Job 12:10; Jn 3:5; 7:37-39; Ro 6:6-9; 7:1-2
“Porque tu marido es tu Hacedor; Jehová de los ejércitos es su nombre; y tu Redentor, el Santo de Israel; Dios de toda la tierra será llamado” (Is 54:5)
NUESTRO MARIDO ES NUESTRO HACEDOR
Nuestro viejo hombre murió juntamente con Cristo en Su crucifixión. Cuando creímos en la redención de Cristo, pudimos experimentar la muerte del viejo hombre. A partir de esa experiencia, nacimos de nuevo y recibimos la vida divina (Ro 6:6-9).
El objetivo principal del evangelio del reino es que la vida divina necesita crecer en los hijos de Dios a fin de llevarlos a la manifestación del reino en la era venidera. Debemos empeñarnos en predicar este evangelio a todos los que creyeron en el Señor Jesús.
Es importante resaltar que el evangelio de la gracia no es aparte del evangelio del reino. Por el contrario, sólo podemos experimentar el evangelio del reino si hemos recibido el evangelio de la gracia. Todo aquel que cree en el evangelio de la gracia nace de nuevo, es decir, es regenerado, y por medio del evangelio del reino es ayudado a buscar el crecimiento de vida. Por tanto, podemos decir que el evangelio de la gracia es para el evangelio del reino.
En el capítulo 7 de Romanos, Pablo nos presentó una ilustración del poder del viejo hombre y de la liberación que recibimos al creer en el Señor: “¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo con los que conocen la ley), que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive? Porque la mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive; pero si el marido muere, ella queda libre de la ley del marido” (vs. 1-2).
Sabemos que Dios desea ser nuestro marido, pues fuimos creados por Él y para Él. El libro de Isaías dice: “Porque tu marido es tu Hacedor” (54:5a). Sin embargo, en el capítulo 7 de Romanos vemos que el viejo hombre usurpó la posición de Dios y se hizo el “marido”, ejerciendo control sobre “su mujer”, que somos nosotros (vs. 1-2). Así pues, antes de recibir la redención, estábamos sujetos por la ley al viejo hombre, a este marido.
El viejo hombre es la vida del alma, nuestro ego. Él es este marido que intenta controlarnos y dominarnos con su vieja manera de pensar y actuar, subyugándonos siempre que no tomamos nuestra cruz y nos permitimos vivir bajo la influencia de la vida del alma.
Ahora, por la muerte del Señor Jesús, el viejo hombre fue crucificado, y recibimos otro marido, que es Cristo (v. 3). ¡Gracias al Señor!
Habiendo formado Dios de la tierra a todos los animales del campo y a todas las aves del cielo, los trajo al hombre, para ver cómo éste los llamaría, sin embargo, ninguno de ellos era adecuado para ser su ayuda idónea (vs. 19-20). Adán era distinto, pues él había sido formado a la imagen y semejanza de Dios, por eso tenía, además del alma y del cuerpo, un espíritu humano dentro de sí (Job 12:10; 32:8).
Entonces, Dios hizo caer un sueño profundo sobre Adán, y mientras dormía, tomó una de sus costillas y edificó a una mujer (Gn 2:21-22). Adán cuando la vio se quedó muy satisfecho y dijo: “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada” (v. 23). Este hecho expresa la voluntad del corazón de Dios; Él quiere un complemento, una ayuda idónea para que le ayude.
Así como Eva provino de Adán, era necesario que la compañera de Dios procediera de Él mismo y tuviera Su vida. De la misma manera que Dios hizo caer un sueño profundo sobre Adán, Cristo tuvo que morir. Así como el costado de Adán fue abierto para retirar de él una costilla, y a partir de ella edificar a Eva; el costado de Cristo también fue abierto en la cruz por la lanza de un soldado romano, y entonces, salió sangre y agua para producir a la iglesia, Su novia (Jn 19:34). La sangre de Cristo fue derramada para limpiarnos de todos nuestros pecados. El agua, por su parte, representa la vida de Dios que recibimos al creer y que continuamos bebiendo siempre que buscamos a nuestro Señor (Jn 3:5; 7:37-39).
En los siguientes días veremos la manera que el Señor mismo nos enseñó para ser libres, en la práctica, de la ley del viejo hombre.
Punto Clave: Unidos a Cristo, nuestro marido.
Su punto clave es:
Pregunta: Subjetivamente hablando, ¿quién ha sido su marido?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 9 --- La novedad de vida
Viernes --- Leer con oración: Gn 6:3; 12:1; Ex 19:8; Ro 7:1-5; 2 Co 11:2
“Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto a aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos en la novedad del espíritu y no en la vejez de la letra” (Ro 7:6)
EL NUEVO HOMBRE TIENE LA NOVEDAD DEL ESPÍRITU
Como vimos ayer, el viejo hombre es la vida del alma, nuestro ego, que usa la ley para gobernarnos. Mientras nuestro viejo hombre viva haremos su voluntad bajo su opresión. Nuestro viejo hombre se valió de la ley para restringirnos y dominarnos, subyugándonos.
Hay diversas maneras de interpretar la figura del viejo hombre presentada por Pablo. Bajo el punto de vista del evangelio de la vida, el viejo hombre se refiere al alma caída y su carácter que nos aprisiona e intenta impedir que la vida de Dios crezca en nosotros. Alabamos al Señor, porque el evangelio de la vida nos introduce en una nueva esfera de vivir, en la cual podemos negar nuestra vida del alma para que la vida de Dios crezca en nosotros.
Mientras el marido esté vivo, la mujer debe continuar bajo su dominio. Ella no puede casarse nuevamente, pues si lo hace será considerada adúltera (v. 3). No obstante, si el marido muere, estará libre de la ley y no será adúltera si contrae nuevas nupcias. ¡Aleluya! Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo y de esta manera cada uno de nosotros, que creyó en el Señor, ahora está libre.
Después de la muerte del viejo hombre, la esposa no tiene más al viejo marido que la domine y está libre para casarse con un nuevo marido. ¡Gracias al Señor! Este nuevo marido es el nuevo hombre, nuestro Señor Jesucristo. Después que Él resucitó de los muertos, fuimos dados a Él como esposa (2 Co 11:2). Estamos unidos a Él en la novedad del espíritu, a fin de que llevemos fruto para Dios (Ro 7:4).
Nosotros que servimos al Señor debemos seguirlo en la novedad del espíritu, y no en la vejez de la letra (v. 6). No debemos dejar nuevamente ser dominados por la ley, por las reglas y por las ordenanzas. Todas las ordenanzas y los hábitos del viejo marido ya no existen, porque tenemos un nuevo marido, que es el nuevo hombre. Puesto que nos unimos a Él, también somos el nuevo hombre, y como tal tenemos la novedad del espíritu.
En el pasado, fuimos conducidos espiritualmente por diferentes opiniones humanas y teníamos que cumplir varias ordenanzas. Pero fuimos libertados, de modo que ahora servimos en la novedad del espíritu y no en la vejez de la letra. Esto significa que después de creer en el evangelio de la gracia, el Hijo de Dios nos trae otro aspecto del evangelio, el cual nos lleva al reino de Dios. Por medio de la novedad del espíritu, crecemos en vida. Debemos predicar el evangelio de la gracia a los que aún no son salvos, para que reciban la vida divina en el espíritu. A los hijos de Dios necesitamos hablarles del evangelio del reino, palabras de vida, para animarlos a buscar más de la vida de Dios con el fin de que maduren.
Muchos ya creyeron en el Señor Jesús y se convirtieron en hijos de Dios. No obstante, la gran mayoría de los cristianos se detuvo en esta etapa e incluso retrocedieron, volviendo a la vieja manera de vida, sujetándose nuevamente al “viejo marido” y viviendo por sí mismos, según su vida del alma. Necesitamos ser diligentes en mostrar a todos que el evangelio de la gracia es para el evangelio del reino y que juntos necesitamos proseguir negando la vida del alma y permitir que la vida divina crezca en nosotros.
Punto Clave: Servir en la novedad del espíritu.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Cuáles son los dos aspectos del nuevo hombre?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 9 --- La novedad de vida
Sábado --- Leer con oración: Mt 16:16, 24-25; Mt 25:4, 20-23; 2 Co 1:21-22
“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mt 16:24)
LA VIDA DE LA IGLESIA UNA VIDA DE SEGUIR AL SEÑOR
El capítulo 16 de Mateo narra como Dios reveló Su misterio, que es el Señor Jesús mismo, el Hijo de Dios. Este capítulo también muestra de qué manera el Señor Jesús reveló la iglesia a Sus discípulos, la cual es el misterio de Cristo y por medio de ella Cristo es expresado.
Cuando Jesús le preguntó a Sus discípulos quien decían que era Él, Pedro respondió: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (v. 16). El término Cristo se refiere a la obra, pues significa ungido, y la acción de ungir, en la Biblia, siempre está relacionado con una comisión para alguna obra. Cada uno de nosotros también, como miembros de la iglesia, el Cuerpo de Cristo, participamos de esa unción y de esa comisión para la obra de edificación de la iglesia (2 Co 1:21-22).
Así, el término Cristo se refiere a la obra de edificación, que es hecha por la vida divina en los creyentes. Es por eso que Pedro no sólo dijo que el Señor Jesús era el Cristo, sino que complementó: “El Hijo del Dios viviente”. Por la resurrección el Hijo de Dios se hizo el Espíritu vivificante para dispensar Su vida a nosotros, y por medio de ella podamos crecer y reinar con Él en la era venidera (Hch 13:33; Ap 20:6).
Por un lado, Él es el Cristo, ungido para la obra, para la edificación de la iglesia: por otro, es el Hijo del Dios viviente para dispensar Su vida y producir esa edificación. Luego que Pedro declaró que Él era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, el Señor Jesús reveló la iglesia, por primera vez, a Sus discípulos (Mt 16:18).
La revelación del Señor sobre la vida de la iglesia no enfatiza doctrinas, ni prácticas administrativas u organizaciones. Su énfasis en cuanto a la vida de la iglesia fue sólo una: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (v. 24). El término a sí mismo se refiere a la vida del alma, que está compuesta por muchas opiniones y representa el carácter del hombre con su ego. Debemos negarla para vivir la vida de la iglesia.
Por otro lado, las palabras del Señor indican que la vida de la iglesia es sencillamente seguirlo y para eso tenemos que tomar nuestra cruz. Es como si el Señor nos dijera: “Una vez que fui crucificado, ya solucioné tu problema de pecado, y Mi sangre lavó todas tus acciones pecaminosas. En la cruz fue terminado el viejo hombre. Ahora necesitas crucificarlo de manera subjetiva, tomando tu cruz, negándote a ti mismo, siguiéndome”.
La vida de la iglesia es el lugar adecuado para que neguemos nuestra vida del alma. Nuestro vivir hoy debe consistir en esto, de lo contrario, la vida de Dios no podrá crecer, pues nuestro ser estará lleno de nuestras cosas naturales. Para poner más agua en un vaso que ya está lleno, es necesario vaciarlo un poco. De la misma manera, la cantidad de vida del alma que neguemos, será la cantidad de vida divina que Dios nos llenará. Así como el Señor Jesús mismo dijo sobre la vida de la iglesia, debemos negarnos a nosotros mismos y seguirlo.
Un día el Señor juzgará a cada uno de nosotros y evaluará cuánto de Su vida creció en nuestro interior. Nuestra vida natural no puede entrar en el reino de los cielos, y es justamente en el tiempo actual que tenemos la oportunidad de vivir la vida de la iglesia, pagando el precio, es decir, negándonos a nosotros mismos para crecer en la vida divina (Mt 25:4, 9-10).
Además, en Su juicio, el Señor nos evaluará también con relación a nuestra obra (vs. 20-28). Él medirá cuánto tenemos de vida y cuánta obra hemos realizado. Es necesario que haya un equilibrio entre estas dos cosas a fin de que seamos aprobados en aquel día.
Existen personas que tienen mucha obra y por medio de ella pueden llegar a ganar todo el mundo. No obstante, si esta obra no es hecha en el espíritu, sino en el alma, en la capacidad y competencia natural, de nada valdrá en aquel día. Esta advertencia nos la hizo el Señor mismo, que dijo: “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (16:26a). Que podamos crecer en la vida divina. ¡Aleluya!.
Punto Clave: Vida y edificación.
Su punto clave es:
Pregunta: Explique: “Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16:16b).


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 9 --- La novedad de vida
Domingo --- Leer con oración: Lc 9:23; Ro 6:6; Ef 4:11-12
“Sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Co 3:5b-6)
LA NOVEDAD DEL ESPÍRITU ES PARA LA NOVEDAD DE VIDA
Durante toda esta semana, basados en los capítulos 5, 6 y 7 de la epístola a los Romanos, vimos que al creer en el Señor Jesús recibimos la vida divina y que el viejo hombre, que nos oprimía después de haber usurpado la posición de Dios como nuestro marido, fue crucificado con Cristo. Así, la ley que el viejo hombre usaba para subyugarnos, ya pasó.
Después de la muerte y resurrección de Cristo, somos el nuevo hombre que echó fuera todo lo que es del viejo hombre, especialmente la ley y sus ordenanzas. Ahora, por medio del Espíritu, estamos en novedad de vida. El Espíritu nos conduce en cada situación, de modo que ya no vivimos en la vejez de la letra.
Cuando recibimos el evangelio de la gracia, fuimos justificados, dejamos de vivir en la práctica del pecado y nuestra posición cambió, pasó a ser una posición santa. Así, pudimos recibir al Dios justo y santo dentro de nosotros y nos reconciliamos con Él. Desde entonces, podemos volver al “huerto de Edén” y tener acceso al árbol de la vida, que prefigura al Señor Jesús, y comer de su fruto.
Este es el evangelio de la vida, que debemos predicar. El evangelio de la gracia es para solucionar el problema de la muerte que reinaba en las personas, y el del reino, o el evangelio de la vida, es para dejar que la vida divina reine en ellas.
La vida divina sólo reinará en nosotros si nuestro viejo marido, el viejo hombre, es puesto en la cruz día tras día por medio del negar nuestra vida del alma (Lc 9:23; cfr. Ro 6:6). Él ya fue crucificado con Cristo, pero es por medio de negar al viejo hombre en nuestra experiencia cotidiana que éste es mantenido en la cruz.
Mientras más nos negamos a nosotros mismos, más el viejo hombre muere y más el nuevo hombre crece y se expresa en nosotros. Así, la vida divina reinará, y la novedad de la vida siempre será expresada por medio nuestro. La novedad de vida no proviene de nosotros, sino del Espíritu.
Ya tenemos esta experiencia y realidad, pero todavía necesitamos ser perfeccionados en la iglesia. Los diversos Centros de Perfeccionamiento para la Propagación del Evangelio, CEPPEV, que tenemos en varias ciudades, son buenas herramientas para perfeccionarnos a fin de predicar tanto el evangelio de la gracia como el evangelio de la vida. A los incrédulos les predicamos el evangelio de la gracia, pero a los que ya lo recibieron, les predicamos el evangelio de la vida, para que la vida crezca en ellos y así puedan entrar en el reino milenario.
Cada uno de nosotros necesita ser perfeccionado para predicar el evangelio, aunque no sea por medio del CEPPEV. Cuando predicamos el evangelio en una ciudad, los que creyeron constituyen la iglesia allí. Así que, además de actuar como evangelistas, también ejercemos nuestro apostolado. Además, cuando suplimos la vida, ministrando la Palabra y apacentando a los nuevos convertidos, estamos funcionando como profetas, pastores y maestros. De esta manera, la vida divina crece poco a poco en los santos y así la iglesia es edificada. Esto es perfeccionar a los santos para que cada uno desempeñe su obra en el ministerio (Ef 4:11-12).
Todo esto debe ser hecho en novedad de vida. A medida que vivamos en novedad de vida, seremos perfeccionados y fructificaremos para Dios. ¡Aleluya!
Punto Clave: Hacer todo en novedad de vida.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Por qué la novedad del espíritu es para la novedad de vida?
Dong Yu Lan
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Evan H. Hopkins

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Predeterminado Apartado para el evangelio de Dios semana 10

Apartado para el evangelio de Dios
Semana 10--- El Espíritu de vida
Lunes --- Leer con oración: Ro 7:15-24; Col 2:14; He 4:15; 1 Jn 1:7; Ap 22:14
““¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro 7:24)
LA INCAPACIDAD DEL HOMBRE PARA CUMPLIR LA LEY DE DIOS
La epístola a los Romanos trata el evangelio de Dios bajo dos aspectos: el primero se refiere a Jesucristo como el Hijo del Hombre, que vino de la descendencia de David, y el segundo, como el Hijo de Dios, que fue engendrado mediante la resurrección (Ro 1:3-4; Hch 13:33).
Como hombre, Jesucristo vino de un linaje noble y vivió una vida humana perfecta, sin pecado. ¡Aleluya! (Mt 1:1; 2 Co 5:21; He 4:15; 1 Jn 1:7).
Cuando recíbimos el evangelio de la gracia probamos la eficacia eterna de esta sangre y llegamos a ser justos a los ojos de Dios. La deuda que teníamos para con el Padre fue saldada, fuimos justificados (Ro 3:24-25; Col 2:14). Además, el Señor nos trasladó de una posición común, donde vivíamos bajo la condenación del pecado, a una posición santa en Cristo (1 Co 1:2).
Una vez que fuimos justificados y santificados, también fuimos reconciliados con Dios (Ro 5:10; 2 Co 5:19). Esta reconciliación produce un disfrute mutuo: nos deleitamos en la presencia de Dios y Él, en la nuestra.
Por medio de la muerte de Jesús y del derramamiento de Su sangre, fueron satisfechos los requisitos de justicia, santidad y gloria divina. Ahora, pudimos comer del árbol de la vida, que se había hecho inaccesible después de la caída de Adán (Gn 3:24; Ap 22:14). Por la fe recibimos gratuitamente todo lo que fue hecho por el Señor Jesús para realizar la redención. Esto constituye el evangelio de la gracia.
Ahora necesitamos dar un paso más. El Señor Jesús como el Hijo del Hombre cumplió la redención por nosotros, y todo aquel que cree en Él, Lo recibe como la simiente divina (Jn 3:16; 1 P 1:23). Al igual que una semilla, que crece hasta llegar a ser un árbol adulto para producir los debidos frutos, así el Señor nos suple diariamente para que la vida divina que está en nosotros se desarrolle gradualmente. Él fue designado en resurrección, Hijo de Dios y se hizo el Espíritu vivificante (1 Co 15:45b).
Para que la vida de Dios crezca en nosotros, es necesario que nos neguemos a nosotros mismos, tomemos nuestra cruz y sigamos al Señor. Solamente así habrá espacio en nuestro corazón para que la vida divina nos llene. Esto es con respecto al evangelio del reino, que también podemos llamar el evangelio de la vida.
Podemos vivir y practicar este evangelio en la vida normal de la iglesia, donde somos ayudados a negarnos a nosotros mismos y a ejercitar la piedad practicando la Palabra. Negarse a sí mismo es responsabilidad de cada uno de nosotros (Mt 16:24). Así, somos perfeccionados y la vida de Dios crece en nosotros. ¡Alabado sea el Señor!
Los judíos que vivían en Roma todavía valoraban mucho la ley de Moisés y guardaban las prácticas de la religión judía. Fue por eso que Pablo, al describir su experiencia, hizo referencia a la ley en el versículo 22 de Romanos 7: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios”. En otras palabras, como judío, él observaba la ley que Dios le había dado a Su pueblo, pero descubrió que en sus miembros, es decir, en su cuerpo, moraba el pecado (v. 17). Él no mencionó “los pecados”, es decir, las acciones pecaminosas, sino algo que moraba en él, que lo llevaba a pecar. Aunque su alma se deleitaba en la ley de Dios, él no podía cumplirla integralmente pues el pecado se lo impedía (vs. 18-21).
En lo tocante al hombre interior, Pablo tenía placer en la ley de Dios, pero se dio cuenta que en sus miembros había un obstáculo intraspasable, por eso él se convirtió en un prisionero de la ley del pecado (v. 23). Pablo tenía dentro de sí este conflicto, que también es la batalla interior de todos los hombres. Frente a esta lucha interna, él exclamó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (v. 24).
Punto Clave: Intentar cumplir la ley por sí mismo lleva al hombre a sentirse miserable.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Por qué sólo deleitarse en la ley de Dios no es suficiente para que el hombre la cumpla?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 10 --- El Espíritu de vida
Martes --- Leer con oración: Hch 22:3, 16; Ro 8:2; 7:20, 24-25; Gá 1:14
“Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (Ro 7:25)
LA CAPACIDAD DEL HOMBRE EN EL ESPÍRITU PARA CUMPLIR LA LEY DE DIOS
Ayer vimos que el apóstol Pablo se encontraba aparentemente sin salida, ante una gran lucha interior. Él se deleitaba, en lo más íntimo, en la ley de Dios, pero encontraba en sus miembros otra ley que luchaba contra la ley de su mente y lo hacía prisionero de la ley del pecado. De esta manera, no comprendía su propio modo de actuar, pues no hacía lo que quería, sino lo que aborrecía (Ro 7:15, 22-23).
Ante este enorme conflicto interior exclamó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (v. 24). Pero, inmediatamente después, exultó al saber que había una solución para esta lucha interior y dijo: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (v. 25).
Seguidamente, al inicio de Romanos 8, Pablo continúa mostrando cómo librarse de este conflicto diciendo que ya no hay ninguna condenación para los que están en Cristo Jesús, pues la ley del Espíritu de vida nos libró de la ley del pecado y de la muerte (vs. 1-2). ¡Alabado sea el Señor!
Antes de recibir el evangelio de Dios, estábamos destinados a convivir con esa lucha interior. Pero ahora en Cristo, fuimos librados de la ley del pecado y de la muerte, sin embargo aún necesitamos proseguir en la vida espiritual.
Por ser un hombre espiritual y basado en su experiencia, Pablo puede ayudar a otros a andar por el camino del vivir en el espíritu. En su epístola a los gálatas, muestra la manera de avanzar a fin de obtener un vivir victorioso: andar en el espíritu (Gá 5:16, 25). Mientras más andemos en el espíritu, más la vida divina crecerá en nosotros y más fuertes estaremos en nuestro hombre interior para subyugar a nuestro viejo hombre.
Pablo fue ayudado a invocar el nombre del Señor para salir de la esfera terrenal y vivir una vida espiritual desde el comienzo de su conversión (Hch 22:16). Por medio de esta ayuda que recibió, donde quiera que iba, siempre predicaba el evangelio enseñando a las personas a invocar el nombre del Señor (1 Co 1:2).
Pablo era llamado Saulo antes de convertirse y aventajaba a muchos jóvenes de su edad, era extremadamente celoso de las tradiciones judías de sus padres (Gá 1:14; Hch 22:3-4). Él y los principales sacerdotes judíos persiguieron mucho a los cristianos cuando la iglesia surgió (9:13-14). En aquella época, invocar el nombre del Señor audiblemente, era una práctica común de la iglesia primitiva. Esto facilitaba el trabajo de Saulo de identificar a los cristianos en Jerusalén y causarles grandes males (26:10).
Debido a esta persecución, una parte de ellos fue echada a la prisión y los demás emigraron a otras regiones donde había más libertad para invocar el nombre del Señor. Así, muchas iglesias fueron levantadas en diferentes ciudades (8:4-5). Sin embargo, Saulo, con el apoyo de los principales sacerdotes, salió de Jerusalén con cartas de autorización para llevar presos a aquellos que invocaban el nombre del Señor (9:2, 21).
Al acercarse a Damasco, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos, tuvo un encuentro con el Señor Jesús que se le apareció como un gran resplandor de luz, diciendo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (v. 4b).
A partir de esa experiencia tuvo un cambio radical que se desarrolló en toda su vida: pasó de ser perseguidor de los que invocaban el nombre del Señor Jesús, a ser alguien que enseñaba a otros a invocar este nombre. ¡Alabado sea el Señor!
Punto Clave: Invocar el nombre del Señor es la llave para aplicar la ley del Espíritu de vida.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Qué es lo que más declara durante el día: “miserable de mi” o “gracias doy a Dios por Jesucristo”? Y ¿por qué lo hace?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 10 --- El Espíritu de vida
Miércoles --- Leer con oración: Hch 9:1-5; 26:17b-18; 1 Co 12:3
“Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hch 9:5a)
LA EXPERIENCIA QUE CAMBIÓ EL RUMBO DE LA VIDA DEL APÓSTOL PABLO
La experiencia que el apóstol Pablo tuvo camino a Damasco, cambió definitivamente el rumbo de su vida. Él había recibido cartas de los principales sacerdotes que le autorizaba a encarcelar a todos los que invocaban el nombre de Jesús.
Al dirigirse a Damasco, con la intención de detener a los cristianos de aquella ciudad, Pablo tuvo un encuentro personal con el Señor; súbitamente una luz del cielo brilló a su alrededor, y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch 9:4b). Esto lo dejó confundido, pues no tenía idea de quien le hablaba. Por eso preguntó: “¿Quién eres, Señor?” Y la respuesta fue: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (v. 5). Estas palabras le indicaron que el Señor lo reprobó todas las veces que persiguió a Sus discípulos hasta la muerte, apresándolos, metiendo en la cárcel a hombres y mujeres (22:4). Uno de ellos fue Esteban, un diácono de la iglesia en Jerusalén, que fue llevado ante del Sanedrín bajo falsas acusaciones. Después que Esteban habló en defensa propia, los que lo oían se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él. Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo que lo vio que invocaba el nombre del Señor Jesús (7:54-59; 8:1).
Sin duda, cuando Jesús dijo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”, Saulo fue iluminado y entendió que cuando perseguía a los que invocaban el nombre del Señor Jesús, estaba persiguiendo al Hijo de Dios mismo.
Después de levantarse de la tierra, sin ver nada, Saulo fue conducido por sus compañeros de viaje a Damasco, donde estuvo durante tres días sin ver, en los cuales no comió ni bebió nada (9:8-9).
Un discípulo llamado Ananías, conducido por el Señor mismo, fue hasta Saulo y le impuso las manos para que recobrase la vista. El Señor le había dicho que Pablo sería un instrumento escogido para llevar Su nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; además, le mostraría cuánto le sería necesario padecer por causa de Su nombre (vs. 15-16). Así, Pablo fue bautizado invocando el nombre de Jesús.
A partir de su propia experiencia, siempre que Pablo establecía iglesias y apacentaba a los santos, los llevaba a invocar el nombre del Señor, los conducía a la esfera del Espíritu (1 Co 1:2; 12:3).
Punto Clave: Perseguir a la iglesia es lo mismo que perseguir al Señor Jesús.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Cuál fue la experiencia que Pablo tuvo que cambió el rumbo de su vida?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 10 --- El Espíritu de vida
Jueves --- Leer con oración: Jl 2:32; 1 Co 15:45b; Ro 8:13; Gá 5:16-18
“Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Ro 10:12-13)
RECOBRAR LA PRÁCTICA DE INVOCAR EL NOMBRE DEL SEÑOR
Pablo vivía en el espíritu y andaba bajo el control del Espíritu Santo que se había mezclado con su espíritu regenerado. En su epístola a los gálatas dice: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (5:16). Puesto que la carne es nuestro hombre caído, nuestro viejo hombre, él completa en el versículo 18: “Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley”.
En Romanos 7, Pablo dice que hemos muerto a lo relacionado con la ley del viejo hombre, nuestro viejo marido, para pertenecer a un nuevo marido: Cristo, que se hizo el Espíritu vivificante (1 Co 15:45). Por tanto, cuando andamos en el Espíritu, recibimos vida y no satisfacemos los deseos de la carne.
En el capítulo 8 de Romanos, Pablo dice que fuimos librados de la ley del pecado y de la muerte por la ley del Espíritu de vida (v. 2). Jamás debemos luchar por nosotros mismos contra los deseos de la carne, pero si por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne, ciertamente seremos librados del pecado y viviremos (v. 13). Pablo experimentó esta liberación, por eso, siempre que predicaba el evangelio, llevaba a las personas al espíritu por medio de enseñarles a invocar el nombre del Señor Jesús (1 Co 12:3).
El apóstol Pedro tampoco ignoró este asunto importante. Cuando predicó a millares de personas el día de Pentecostés, dijo: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hch 2:21). El utilizó las mismas palabras que fueron dichas por el profeta Joel, centenas de años atrás (Jl 2:32). En la vida de la iglesia, valoramos mucho el invocar el nombre del Señor y predicamos el evangelio enseñando a otros a invocar este precioso Nombre.
Pablo escribió que el Señor es rico para con todos los que Le invocan (Ro 10:12) y además, recomendó a su joven colaborador Timoteo: “Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor” (2 Ti 2:22).
Es importante recordar que cuando invocamos el nombre del Señor, no sólo nuestro espíritu es salvo, lo cual ocurre de una vez y para siempre, pero sobre todo, nuestra alma también es alcanzada por el Espíritu. Esto es crucial en la experiencia cristiana, pues esto promueve el crecimiento de vida.
Punto Clave: Valorar el invocar el nombre del Señor y enseñar a otros a invocarlo.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Qué beneficios recibimos al invocar el nombre del Señor Jesús?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 10 --- El Espíritu de vida
Viernes --- Leer con oración: Gá 5:16, 19-25
“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gá 5:22-23)
EL FRUTO DE VIVIR EN EL ESPÍRITU
Cuando invocamos el nombre del Señor entramos en el espíritu, y la ley del Espíritu de vida nos proporciona un vivir victorioso sobre los deseos de la carne (1 Co 12:3; Ro 8:2, 13). Invocar el nombre del Señor también suministra la vida divina a nuestra alma, y así crecemos y maduramos espiritualmente.
En Gálatas 5, Pablo nos indica algunas obras de la carne y nos advierte a que las evitemos, diciéndonos que no heredarán el reino de Dios los que practican el adulterio, la fornicación, la inmundicia, la lascivia, etc. (vs. 19-21). Por ejemplo, la envidia y los celos son también dos obras de la carne citadas por Pablo en esta lista. Cada uno de nosotros debe vivir y andar en el Espíritu para no tener este tipo de sentimiento. Finalmente nos dice: “No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros” (v. 26). No podemos menospreciar esta advertencia, pues esta demuestra el amor de Dios para con Sus hijos que aún son esclavos de estas prácticas; Él desea que todos nosotros procedamos al arrepentimiento (2 P 3:9).
Todas las cosas malignas ya fueron crucificadas objetivamente con Cristo, sin embargo, en nuestra experiencia, éstas todavía pueden manifestarse. Para que seamos victoriosos sobre ellas sólo tenemos un camino que tomar: andar en el espíritu, pues sólo así no satisfaremos los deseos de la carne.
Además leemos en Gálatas: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (vs. 22-24). ¡Gracias al Señor porque no hay ley contra el fruto del Espíritu! Por invocar el nombre del Señor Jesús, ya no estamos más atados a las cosas de la carne. Invocar es la manera más práctica y eficaz de ser liberados de los deseos de la carne, por la ley del Espíritu de vida. ¡Alabado sea el Señor!
En esta porción de Gálatas 5, de acuerdo al original griego, podemos ver dos tipos de andar en el Espíritu. El andar en el Espíritu del versículo 16 es el andar peripateo, que corresponde al andar cotidiano, común, es decir, según la unción interior; es el andar característico del vivir normal de un cristiano. En el versículo 25, tenemos el andar stoicheo, que es hecho de manera ordenada, con un objetivo definido, como una marcha militar. El andar stoicheo implica andar en una dirección definida, con un rumbo, con una meta. Es como andar sobre los rieles de un tren, es el que sólo permite avanzar en una dirección.
Por lo general, como cristianos, ya tenemos el andar peripateo, sin embargo necesitamos avanzar hacia el andar stoicheo, es decir, el andar colectivo, con la restricción del Espíritu para que alcancemos un fin: cumplir la voluntad de Dios.
En la vida de la iglesia necesitamos experimentar el espíritu a tal punto de ser liberados de todo lo que nos oprime. Cuando hay la libertad del Espíritu en las reuniones, nos alegramos mucho. Es normal y deseable que esta alegría se traduzca en una alabanza plena, por eso no es de extrañar que algunos hermanos salten y levanten las manos y los brazos, sonrían y proclamen himnos en voz alta. Cuando disfrutamos de la gloriosa presencia del Señor en nuestro interior, liberamos nuestro espíritu expresándonos de esa manera.
Generalmente cuando los hijos de Dios se reúnen en una esfera santa, apartados del mundo y llenos de la comunión y de la luz divina, experimentan ricamente la liberación que el Espíritu trae. Sin embargo, debemos poner atención al hecho de que debemos estar bajo la restricción del Espíritu. En otras palabras, debemos tener un andar stoicheo. Fuimos llamados a la libertad, pero no debemos usar la libertad del Espíritu para dar ocasión a la carne (v. 13). Antes, debemos invocar el nombre del Señor diariamente para estar en el espíritu y colectivamente estar bajo el fluir del Espíritu, siendo regulados por el Señor para cumplir Su voluntad eterna.
Punto Clave: El fruto del Espíritu es el mejor indicador de nuestro vivir y obra.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Cuál es la diferencia entre el andar peripateo y el stoicheo?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 10 --- El Espíritu de vida
Sábado --- Leer con oración: Ro 8:6; Gá 5: 16, 25; Ap 19:7-8
“Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el espíritu es vida y paz” (Ro 8:6)
EL ANDAR STOICHEO Y LA VIDA DE REUNIONES
Ayer vimos que un cristiano necesita tener dos tipos de andar: andar en el espíritu en el diario vivir siendo guiado y regulado por la unción interior y andar en el espíritu colectivamente de manera ordenada con una meta específica y común para cumplir la voluntad de Dios (Gá 5:16, 25). Cuando damos plena libertad al Espíritu, disfrutamos de la justicia, la paz y el gozo en el Espíritu Santo (Ro 14:17). De esta manera, individualmente experimentamos liberación y colectivamente, en las reuniones de la iglesia, podemos exteriorizar nuestro gozo de diversas maneras.
Sin embargo, nuestras acciones deben ser dirigidas y controladas por el Espíritu, y jamás debemos dar ocasión a nuestra carne. En Romanos 8 leemos: “Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el espíritu es vida y paz” (v. 6). Necesitamos poner atención hacia dónde está inclinada nuestra mente. Si está en la carne, o incluso, en el simple entusiasmo y animación del alma, entonces obviamente no estaremos verdaderamente liberando nuestro espíritu ni siendo regulados por el Espíritu. Esta palabra se aplica especialmente a los jóvenes recién convertidos.
Necesitamos tener un vivir espiritual equilibrado. No estamos más en la época del Antiguo Testamento, cuando las personas eran orientadas por los requisitos de la ley y sus exigencias. Tampoco debemos controlar a los santos por medio de las costumbres y tradiciones. Por otro lado, si estamos en el espíritu, no nos conduciremos de manera inconveniente. Debemos permanecer siempre en la esfera del Espíritu. El Señor Jesús se hizo el Espíritu vivificante, y necesitamos estar en el Espíritu para vivir la vida de la iglesia y así, producir acciones justas (Ap 19:7-8)..
Punto Clave: No usemos la libertad para dar oportunidad a la carne o a la vida del alma.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Sabe usted discernir entre “estar entusiasmado en el alma” y “estar gozoso en el Espíritu?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 10 --- El Espíritu de vida
Domingo --- Leer con oración: Gn 3:7, 10; Jn 4:23
“Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Is 6:2-3)
EL ANDAR STOICHEO ES PARA LA RESTRICCIÓN Y EL AJUSTE DE LA VIDA CRISTIANA
Hoy veremos otra aplicación del andar stoicheo, según Gálatas 5:25. De acuerdo con el libro de Isaías, en el Antiguo Testamento, los serafines, ángeles de alta posición en la jerarquía celestial, tenían seis alas, pero sólo usaban dos de ellas para volar y las otras cuatro para cubrir su rostro y cuerpo (6:2). En otras palabras, ellos son discretos y no se exhiben. Considero que ésta también debe ser nuestra actitud como siervos del Señor. Puesto que vivimos en comunidad, debemos poner atención a cómo nos comportamos frente a los demás. Si aprendemos a andar en el espíritu, no tendremos dificultades para restringir nuestra conducta.
Cierta vez viajé al archipiélago de Galápagos, en una visita a la iglesia. Cuando salimos a visitar la región, vimos muchas aves diferentes. Algunas de ellas poseían un buche rojo que inflaban hasta alcanzar un gran volumen. El guía nos explicó que se trataba de machos que querían atraer la atención de las hembras, y por eso mostraban el tamaño y color de sus buches. Había también otro tipo de ave de color negro. Todas las aves tenían plumas lisas, bien alineadas, pero esta ave tenía una apariencia peculiar, las plumas de su cabeza eran erizadas en dirección vertical. Ciertamente esta es la actitud natural de algunas aves, pero, al ver eso lo relacioné con los hombres. Hay quienes usan ropa y se hacen peinados simplemente para llamar la atención de los demás. En el mundo, esto puede ser común, pero en la vida de la iglesia, nuestra conducta y expresión no debe ser para llamar la atención de los demás. Necesitamos ser personas sencillas que expresan a Cristo, porque mientras más andamos en el Espíritu, actuamos más de manera adecuada y discreta, pues nuestro deseo es tener Su expresión.
Con relación a la vestimenta, es conveniente que recordemos la experiencia de Adán y Eva. Antes de comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, no percibían que estaban desnudos; pero después de probar el fruto que Dios les había prohibido comer, sus ojos interiores se abrieron y tuvieron conciencia de su desnudez (Gn 3:10).
Puesto que se sentían avergonzados, cosieron hojas de higueras y se hicieron delantales para cubrir su desnudez. Cuando oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día, se escondieron de Su presencia (vs. 7-8).
Como analogía, por un lado, queremos la presencia de Dios, y Él también quiere mucho la nuestra. Por otro lado, necesitamos estar concientes de que no podemos acercarnos a Dios de cualquier manera. Es necesario que lo hagamos por medio del Espíritu (Jn 4:23), que ciertamente no nos llevará a exponer nuestra carne con su vanagloria frente a los demás. No esperemos ser controlados por reglamentos. Tanto el andar en el Espíritu peripatéo como en el stoicheo son conducidos y regulados por el Espíritu. En todo nuestro vivir diario, debemos aprender a ser guiados por el Espíritu, y juntamente con los hermanos, tener una expresión divina para cumplir el deseo de Dios, que es edificar Su iglesia y traer el reino de los cielos a la tierra.
Punto Clave: Preguntar siempre al Señor qué actitud debemos tener para con los demás.
Su punto clave es:
Pregunta: Si vivimos en el Espíritu de vida, ¿tendremos dudas de cómo comportarnos? ¿Por qué?
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Predeterminado Cómo estudiar la Biblia

Cómo estudiar la Biblia
CONTENIDO
Sección uno: la preparación de la persona
1. Tres requisitos
2. Tres aspectos del Espíritu Santo
Sección dos: métodos para estudiar la Biblia
3. Introducción
4. Llaves para estudiar la Biblia
5. La práctica de estudiar la Biblia
6. Métodos para estudiar la Biblia
PREFACIO
Cómo estudiar la Biblia se compone de los mensajes que dio Watchman Nee en Kuling durante el entrenamiento que ofreció para los colaboradores, entre los años 1948 y 1949.
PREFACIO DE LA EDICION EN CHINO
La Biblia es la palabra inspirada de Dios, y todos los hijos de Dios deben dedicar tiempo a estudiarla.
La Biblia nos muestra lo que Dios hizo por nosotros en el pasado y lo que dijo. También nos muestra las diversas maneras en que Dios ha guiado a los hombres. Para familiarizarnos con las riquezas y la inmensidad de la provisión de Dios, tenemos que estudiar la Biblia.
Lo que Dios comunica hoy se basa en lo que dijo en el pasado. Cuando El habla por medio de nosotros, lo hace por medio de la Palabra que ya estableció. Debemos permitir que la Palabra de Dios more ricamente en nuestros corazones para poder oír lo que El dice y para que pueda hacernos ministros de Su Palabra.
El propósito de la publicación de estos mensajes es suministrar a los lectores lo que se requiere para estudiar la Biblia, y darles algunas herramientas importantes para el estudio de la misma. Esperamos brindar alguna ayuda a todos los que desean conocer las Escrituras. Dios bendiga este libro y a sus lectores.
Librería evangélica de Taiwan
SECCION UNO
LA PREPARACION DE LA PERSONA
INTRODUCCION
Para estudiar la Biblia como se debe, tenemos que reunir dos requisitos básicos. El primero es que la persona debe ser recta y pasar por un entrenamiento adecuado. El segundo es que debe tener los métodos correctos. Durante los últimos siglos, en particular desde el surgimiento del Protestantismo, se han publicado muchos libros sobre el estudio de la Biblia, muchos de los cuales son muy buenos, pero a casi todos les falta algo: solamente prestan atención a los métodos de estudio, pero no a la persona que estudia la Biblia. Dan la impresión que cualquiera que use esos métodos obtendrá buenos resultados. Muchos han ensayado esos métodos, pero no han obtenido ningún beneficio de su estudio. Aquellos que escribieron los libros sobre el estudio de las Escrituras las han estudiado bien, pero los que tratan de imitarlos acercándose a la Biblia con los mismos métodos no obtienen necesariamente la misma ayuda. Esto se debe a que los imitadores pasan por alto lo que son. El estudio de la Biblia no consiste en seguir algún método, sino en ser la persona correcta. Algunos estudian bien la Biblia porque ellos mismos han aprendido de Dios las lecciones apropiadas. Cuando encuentran métodos útiles para estudiar, cosechan ricos resultados. No sirve de nada escoger un método sin tener en cuenta la clase de persona que uno tiene que ser. Aunque uno tenga el método correcto, si uno mismo no está bien, no puede estudiar la Biblia bien.
Esto es muy importante. El estudio de la Biblia no es un asunto simplemente de métodos correctos, sino de las personas correctas. Para el estudio de la Biblia una persona debe ser la persona correcta antes de poder adoptar el método correcto. Los métodos son importantes porque sin buenos métodos no se puede estudiar bien la Biblia. Pero también la persona debe ser calibrada antes estudiar bien la Biblia. Algunas personas tienen el concepto equivocado de que muy pocos pueden estudiar la Biblia; otras piensan que cualquiera puede hacerlo. Ambos extremos están equivocados. No es correcto pensar que pocas personas pueden estudiar la Biblia, y tampoco lo es pensar que todos pueden estudiarla. Hay solamente una clase de persona que puede estudiar la Biblia, y nosotros debemos ser esta clase de persona para poder estudiar la Biblia como se debe. Tenemos que ver que la persona ocupa el primer lugar; los métodos, el segundo. Si la persona está equivocada, nada va a trabajar aun teniendo los mejores métodos. Si la persona es la personas correcta, el método correcto puede ser de mucha utilidad. Hay gente que presta mucha atención a los buenos métodos; sin embargo, aunque también prestemos atención a los buenos métodos, no debemos hacer de los métodos nuestra prioridad. Los métodos no vienen primero, sino la persona. Primero debemos ser las personas correctas, y entonces podemos hablar acerca del mejor método para estudiar la Biblia.
Para responder a la pregunta de cómo estudiar la Biblia, hemos dividido nuestra discusión en dos partes. La primera parte se relaciona con la preparación de la persona, y la segunda parte, con los métodos de estudio. Examinemos primero la preparación de la persona.
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Predeterminado Tres requisitos

CAPITULO UNO
TRES REQUISITOS
I. NECESITAMOS SER ESPIRITUALES
A. “Las palabras que Yo os he hablado
son espíritu”
En Juan 6:63 el Señor Jesús dijo: “Las palabras que Yo os he hablado son espíritu”. Las palabras de la Biblia no son simples letras; son espíritu. También debemos recordar lo dicho por el Señor en Juan 4:24: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y con veracidad es necesario que adoren”. Aquí el Señor nos presenta un principio fundamental: Dios es Espíritu, y el hombre solamente puede tocarlo con su espíritu. Dios es Espíritu, y nosotros sólo podemos adorarlo con nuestro espíritu; no podemos adorarlo con otro órgano que no sea nuestro espíritu. No podemos adorarlo con nuestra mente ni con nuestra parte afectiva ni con nuestra voluntad. Colosenses 2:23 habla de “culto voluntario”. Esto significa adorar con la voluntad, lo cual es incorrecto porque Dios es Espíritu y, por ende, quienes le adoran deben adorarlo en espíritu. Juan 6 dice que las palabras del Señor son espíritu, por lo cual tenemos que leerlas en el espíritu. Es decir, solamente podemos tocar las cosas espirituales con el espíritu.
La Biblia no es solamente un libro compuesto de palabras o letras impresas. La Biblia misma es espíritu. Por esta causa, todo el que la lee debe acercarse a ella y leerla con el espíritu. El espíritu al que nos referimos es el espíritu de la persona regenerada, al cual llamamos “el espíritu regenerado”. No todas las personas tienen esto. Por lo tanto, no todos pueden leer la Biblia acertadamente. Solamente quienes tienen este espíritu la pueden leer; quienes no tienen tal espíritu no pueden leerla como es debido. Tal espíritu es necesario para adorar a Dios. Este es el mismo espíritu que se necesita para poder leer la Biblia debidamente. Sin él, el hombre no puede conocer ni a Dios ni la Biblia. Es posible que hayamos nacido en una familia cristiana, y probablemente antes de ser regenerados ya habíamos leído la Biblia, pero no la entendíamos. Entendíamos los relatos y los hechos que contiene, pero no la Biblia misma. Esto no debe sorprendernos, porque la palabra de Dios es espíritu. Si no usamos nuestro espíritu, no podemos leer la Biblia. ¿Cuándo puede uno empezar a entenderla? El día que recibe al Señor. De ahí en adelante, la Biblia llega a ser un libro nuevo para uno, y uno empieza a entenderla y a valorarla. Aunque no entienda todo lo que ella contiene, la empezará a amar. La leerá todos los días del año. Si deja de leerla, tendrá hambre y sentirá que algo falta en su vida. Cuando uno lee la Palabra de Dios de esta manera, comienza a entenderla. La entiende porque ahora es una persona regenerada: “Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:6). Debemos relacionar Juan 4:24, 6:63 y 3:6: “Dios es Espíritu”; “las palabras que Yo os he hablado son espíritu”; y “lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. Las palabras de la Biblia son espíritu. La vida que el hombre recibe cuando es regenerado es espíritu, pues se requiere que el hombre tenga espíritu para que pueda leer las palabras que son espíritu. Sólo así resplandecerá la Biblia en él, y sólo entonces le será de utilidad.
No importa cuán inteligente y culta sea una persona; si no es regenerada, la Biblia será un misterio para ella. Es posible que una persona regenerada no sea instruida, pero es más apta para leer la Biblia que un profesor universitario que no es regenerado. Aquélla tiene un espíritu regenerado, mientras que éste no. La Biblia no se puede entender con el talento ni la investigación ni con la inteligencia. Puesto que la palabra de Dios es espíritu, sólo quien tiene un espíritu regenerado puede entenderla. La raíz, la naturaleza misma de la Biblia, es espiritual. Si una persona no tiene un espíritu regenerado, no puede entender dicho libro, ya que le estará cerrado.
El Señor dijo en Juan 6:55: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”. Los judíos que no creían fueron sacudidos por estas palabras. ¿Cómo podía la carne del Señor ser comida, y Su sangre bebida? Pero aquellos que son regenerados saben que esto se refiere al Hijo de Dios; por lo tanto, inclinan la cabeza y confiesan: “Mi vida proviene de Tu carne y de Tu sangre. Sin éstos, yo no podría vivir. Tú eres mi comida”. La persona que tiene un espíritu regenerado no se escandaliza por las palabras del Señor, sino que lo alaba y le agradece.
El Señor dijo: “El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida” (v. 63). Aquí vemos dos esferas: la del espíritu y la de la carne. En la esfera del espíritu, todo tiene vida y trae provecho; mientras que en la esfera de la carne nada es provechoso. Debemos leer la Biblia con el espíritu y en la esfera del espíritu. No importa cuán instruido, lógico o analítico sea un hombre, si no tiene este espíritu, no entenderá la Biblia.
Dios es Espíritu. A Dios lo conocemos porque tenemos un espíritu. Cuando los incrédulos discuten con nosotros, es posible que sean más elocuentes e instruidos que nosotros, y quizá no tengamos la capacidad de hablarles de las enseñanzas profundas, pero tenemos la certeza de conocer a Dios porque somos regenerados, tenemos un espíritu regenerado y podemos tocar a Dios con nuestro espíritu. No importa si podemos explicar la teoría. El hecho es que hemos tocado a Dios. Los incrédulos quieren conocer a Dios por medio del análisis y los razonamientos. Pero aunque éstos estén bien fundados, no conducen a creer en Dios, porque Dios no puede ser analizado ni explicado. Job dijo: “¿Descubrirás tú los secretos de Dios?” (Job 11:7). Nadie puede hallar a Dios por medio de la investigación; sólo hay un medio para hallar a Dios: el espíritu regenerado. Quienes tocan a Dios con dicho espíritu lo conocen inmediatamente. No hay otra manera. Para estudiar la Biblia, la persona debe tener un espíritu regenerado; así como es necesario tener un espíritu regenerado para tocar a Dios. Supongamos que alguien ha instalado una lámpara eléctrica en su casa y desea conectarla a la central eléctrica, pero los únicos materiales que tiene son madera, bambú y tela mas no tiene alambre de cobre. Aunque haya energía eléctrica en la estación generatriz, no puede hacer que la lámpara se encienda. No importa cuánta tela, bambú o madera tenga, no puede conectarse a la electricidad. Tal vez otra persona no tenga tela ni bambú ni madera, pero tiene un pedacito de alambre, y con éste puede encender la lámpara porque el alambre conduce la electricidad. Del mismo modo, uno necesita un espíritu regenerado para poder tocar la palabra de Dios.
Solamente un órgano de nuestro ser puede estudiar la Biblia: nuestro espíritu regenerado. Si usamos cualquier otro órgano al leerla, lo estamos haciendo aparte de Dios, y tal actividad no va a tocar nada que esté relacionado con El. La Biblia puede ser estudiada por el hombre en la carne o en el espíritu. Si una persona tiene un espíritu regenerado, y éste está activo, tocará lo espiritual cuando toque la palabra de Dios. Eso no significa que la Biblia puede carecer de espíritu, pues ella siempre es espíritu. El Señor Jesús dijo: “El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida”. Las palabras del Señor son espíritu, pero lo son solamente para los que creen en El; los judíos incrédulos recibieron estas palabras como algo de la carne. La manera en que algunos estudian la Biblia es terrible debido a que carecen del espíritu. No podemos estudiar la Palabra de Dios valiéndonos de nuestro intelecto, ya que necesitamos este espíritu para hacerlo.
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Predeterminado B. “Interpretando lo espiritual

B. “Interpretando lo espiritual
con palabras espirituales”
Es posible que algunos se pregunten: “Yo soy regenerado y tengo un espíritu regenerado. ¿Por qué no puedo estudiar mejor la Biblia? ¿Por qué es un libro inaccesible para mí?” Para contestar esta pregunta debemos ir a 1 Corintios 2. Leamos primero los versículos del 1 al 4: “Y yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui anunciándoos el misterio de Dios con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y temor y mucho temblor; y ni mi palabra ni mi proclamación fue con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder”. Este capítulo nos dice que la predicación de Pablo no fue con palabras persuasivas de humana sabiduría. Leamos también los versículos del 5 al 7: “Para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Pero hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo ... Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría que estaba oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria”. Examinemos los versículos del 9 al 13: “Antes bien, como está escrito: ‘Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman’. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Pero nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha dado por Su gracia, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, interpretando lo espiritual con palabras espirituales”. Una mejor traducción de la última frase del versículo 13 sería: “Interpretando lo espiritual para los espirituales”. El capítulo tres habla de diferentes clases de personas; así que, el final del capítulo dos no debe de referirse a cosas. Traducir una palabra de dos maneras diferentes dentro del mismo pasaje no concuerda con las normas de interpretación. Pablo decía que las cosas espirituales solamente pueden ser comunicadas a los hombres espirituales. (La palabra griega interpretando puede significar uniendo, combinando o coordinando. Por consiguiente, se puede traducir comunicando: “comunicando lo espiritual a los espirituales”.)
Cuando leemos este pasaje, vemos la relación entre el espíritu y la Biblia. Pablo hablaba aquí de palabras reveladas por el Espíritu, enseñadas por el Espíritu, y palabras de sabiduría provenientes del Espíritu, no de los hombres. ¿Cuáles son las palabras de sabiduría que provienen de los hombres? Lo que ven los ojos, lo que oyen los oídos y lo que ha subido en el corazón del hombre. Tales son las palabras del hombre. ¿De dónde venía la revelación de Pablo? Su revelación venía del Espíritu Santo, porque solamente el Espíritu conoce las cosas de Dios. ¿Cómo pueden recibir los hombres la revelación que proviene del Espíritu Santo? Pablo nos dice que para obtenerla, necesitamos al Espíritu de Dios. Esto es lo mismo que vemos en el Evangelio de Juan. En este pasaje dice que nadie ha conocido las cosas de Dios excepto el Espíritu de Dios, lo cual indica que quien no tiene el Espíritu de Dios no conoce las cosas de Dios. Pablo añadió que él no proclamaba estas cosas con palabras persuasivas ni de sabiduría, ni con palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino con palabras enseñadas por el Espíritu, comunicando lo espiritual a los hombres espirituales.
Pablo añade que las cosas espirituales sólo pueden ser comunicadas a los hombres espirituales. Es imposible comunicar algunas cosas a ciertas personas, porque tales cosas no son compatibles con ellas. El versículo 14 dice: “Pero el hombre anímico no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios”. El hombre anímico no solamente no acepta las cosas espirituales, sino que “para él son necedad”. El piensa que los creyentes son necios. El hombre natural “no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. Esta frase toca el meollo de este pasaje y nos muestra que las cosas espirituales sólo las pueden discernir los hombres espirituales. El hombre anímico no puede discernir estas cosas y no sabe nada al respecto. Esto nada tiene que ver con dedicarles tiempo. Aun si un hombre natural dedica su tiempo a discernirlas, no las entenderá, pues carece de la facultad vital que puede hacerlo. Una descripción algo más científica del hombre del alma es el hombre psíquico, el hombre guiado por su propia psique, su alma. En términos espirituales, es el hombre que no ha sido regenerado. Es un alma viviente, igual que Adán, carente del Espíritu de Dios y desconocedor de las cosas de Dios.
Por regla general, cuando un hombre llega a ser creyente, tiene que conocer las cosas del Espíritu. Pero ¿por qué tantos hermanos y hermanas no las conocen? Porque no son espirituales, pese a que su espíritu ya fue regenerado. El énfasis que Pablo hace en 1 Corintios 2 y 3 no es simplemente en el espíritu, sino en ser espiritual. Juan hace énfasis en el espíritu, pero Pablo hace hincapié en ser espiritual. El hombre no solamente debe tener el espíritu sino que, según éste, debe ser espiritual. Sin el espíritu no se puede hacer nada. Pero no tiene objeto simplemente tener el espíritu sin vivir gobernado por él, es decir, sin vivir en el espíritu ni andar según él para así ser un hombre espiritual.
Supongamos que llevamos un ciego a un huerto y le decimos que está parado frente a un árbol de mango. Podemos describirle cómo son los frutos, pero ¿podrá entender lo que le estamos diciendo? Aun si es muy inteligente, sabe discernir y tiene un oído muy agudo, con todo y eso, no podrá comprender a cabalidad cómo es el árbol de mango. Podemos hablarle del verdor, pero no entenderá a qué nos referimos. El mundo de sonidos es muy diferente al mundo visible, y el mundo visible es diferente al mundo intelectual. Del mismo modo, uno tiene que usar el espíritu para entender el mundo espiritual. Hay quienes no ven aunque tengan ojos, pues es necesario usar la facultad que tienen los ojos para poder ver. El ciego no puede ver el árbol de mango; pero un hombre que tenga una vista normal solamente podrá ver el árbol si abre los ojos. No se puede ver el árbol de mango con los oídos, por muy normal que uno sea. El problema del ciego es que carece de la vista y por ende no ve el árbol de mango, mientras que el del hombre que no tiene ningún impedimento visual es que valiéndose de sus oídos trata de oír el árbol. El hombre anímico no puede conocer a Dios; nadie lo puede conocer usando las facultades psicológicas. Pero el hombre que posee un espíritu regenerado tampoco puede conocer a Dios si sólo usa su alma. No todos aquellos cuyo espíritu fue regenerado pueden conocer a Dios. Aun después de que el Espíritu de Dios entra en el hombre, es posible que éste no le conozca. Ni la sabiduría ni la inteligencia ni el conocimiento ayudan al incrédulo a conocer a Dios, y tampoco ayudan al creyente. Solamente se puede conocer la Biblia por medio del espíritu. No es simplemente cuestión de tener el espíritu, sino de ser espiritual. Si su espíritu fue regenerado, no puede decir que no tiene que andar según el espíritu, y que puede vivir como lo hacía antes. La vieja manera de vivir era inaceptable cuando el espíritu no había sido regenerado, y sigue siendo inaceptable ahora que su espíritu es regenerado. Se puede entender la Biblia exclusivamente por medio del espíritu. Es por eso que Pablo no habla en 1 Corintios 2 de tener o no tener espíritu, sino de ser espiritual. Lo espiritual sólo puede ser discernido por hombres espirituales.
En 1 Corintios 3:1 dice: “Y yo, hermanos, no pude hablaros como a hombres espirituales, sino como a carne, como a niños en Cristo”. Esta es otra expresión: carne. Los creyentes corintios eran niños en Cristo; eran carnales. Esta es la razón por la que el versículo 2 dice: “Os di a beber leche, y no alimento sólido”. Con seguridad ellos no ignoraban totalmente las cosas espirituales; tenían noción de las revelaciones más obvias, pero no pasaban de ahí. Por ser carnales, sólo pueden tomar leche, no la comida sólida. La leche se da a los que están en la primera etapa de su vida y denota las revelaciones cristianas más elementales. En cambio el alimento sólido se da toda la vida a los que han madurado y representa revelaciones profundas. El hombre no bebe leche permanentemente; sólo en cierto período de su vida. Sin embargo, hay hombres que, igual que los creyentes corintios, siempre beben leche. “Porque aún no erais capaces de recibirlo. Pero ni siquiera sois capaces ahora”.
Los capítulos dos y tres de 1 Corintios nos presentan tres clases de personas:
En primer lugar está el hombre anímico, el cual posee únicamente las facultades del alma. Podemos llamarlo el hombre psíquico. Un hombre anímico es un hombre que no es regenerado ni tiene un espíritu regenerado y, por consiguiente, carece del órgano apropiado para entender la Palabra de Dios. Tal persona no puede entender la Biblia.
En segundo lugar vemos al hombre de la carne, el cual tiene la vida y el Espíritu de Dios y sin embargo, no anda según su espíritu sino según su carne. Su espíritu fue regenerado, pero no lo usa ni se sujeta a su gobierno. Aunque su espíritu fue regenerado, no se somete al gobierno de éste ni le permite tomar el control. La Biblia llama carnal a esta clase de persona. Una persona así tiene un entendimiento muy limitado de la Biblia y solamente puede tomar leche, mas no alimento sólido. La leche es digerida por la madre primero, lo cual hace referencia a revelaciones que se reciben indirectamente. Un hombre que sólo bebe leche no puede recibir revelación directa de Dios, sino por medio de los hombres.
En tercer lugar vemos al hombre espiritual, el que tiene el Espíritu de Dios, que actúa bajo el poder del Espíritu viviente y anda según el principio del Espíritu. La medida de revelación que recibe no tiene límite. La Palabra de Dios dice que las cosas espirituales sólo pueden ser discernidas por hombres espirituales.
Para estudiar la Biblia debemos tener presentes estos requisitos básicos: tenemos que ser espirituales y tenemos que andar según el espíritu.
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Predeterminado Apartado para el evangelio de Dios semana 11

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Semana 11--- Espíritu, alma y cuerpo son vida
Lunes --- Leer con oración: Ro 7:24-25; 8:1; Ef 2:1-2
““¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Ro 7:24-25a)
LA DESESPERACIÓN DEL HOMBRE BAJO LA LEY DEL PECADO Y DE LA MUERTE
El apóstol Pablo describe en Romanos 7 su experiencia antes de ser salvo, y nos muestra su lucha por hacer el bien a fin de agradar a Dios. Él dice con respecto al hombre interior que se deleita en la ley de Dios (v. 22). La parte buena del alma del hombre se deleita en agradar a Dios, sin embargo, por la experiencia, sabemos que antes de que cometamos alguna acción pecaminosa con el cuerpo, es el alma la que nos conduce a pecar por haber sido contaminada por la naturaleza maligna.
Después de haber creado al hombre, Dios lo puso en el huerto de Edén para que lo cultivara y guardara; además, le dio esta orden: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn 2:16b-17). Después que Eva vio que el árbol del conocimiento del bien y del mal era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido (3:6). De esta manera ellos fueron afectados primeramente en el alma y desobedecieron a Dios. Por la desobediencia de Adán, el pecado entró en el mundo y, por el pecado, la muerte pasó a todos los hombres (Ro 5:12).
Basados en esto, Pablo describe en Efesios 2:1 nuestra situación antes de que obtuviéramos la vida de Dios: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (vs. 1-2). La expresión “el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia”, indica que hay fuerzas malignas que actúan en el alma, específicamente en la mente humana, que lleva a los hombres a cometer todo tipo de pecados.
El problema no está simplemente en la carne humana, sino en el alma del hombre, a la cual le gusta pecar. A veces, cuando vemos a un hermano caer en pecado, podemos decir que esto se debió porque dio lugar a la carne; sin embargo, no nos damos cuenta que es la vida del alma del hombre, que es influenciada por el espíritu que opera en los hijos de desobediencia, que lo lleva a pecar. Nuestra alma se deleita tanto en las cosas de Dios como en las cosas del pecado, por eso nos lleva a pecar por medio del cuerpo. Incluso nosotros, que ya creímos en Cristo y recibimos Su vida, no estamos exentos de ser engañados por nuestra alma caída.
Pablo, al experimentar la lucha que había dentro de sí, exclamó: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro 7:24). Pero con un grito de victoria exclamó: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (v. 25). Jesucristo, como el Hijo del Hombre, murió en la cruz por nosotros y, por el derramamiento de Su sangre, nuestros pecados fueron perdonados. Por tanto, ya no estamos más bajo ninguna condenación, porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús nos libró de la ley del pecado y de la muerte. Cuando creímos en la redención del Señor Jesús, Cristo, como el Espíritu vivificante, entró en nosotros, y recibimos una ley que es poderosa para librarnos de la ley del pecado y de la muerte. Solamente una ley puede abrogar otra ley. A partir de mañana veremos un poco más sobre este asunto a fin de comprender mejor cómo nuestro espíritu, alma y cuerpo pueden obtener vida por medio del Espíritu.
Punto Clave: Recibimos una ley que es poderosa para librarnos.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Cuáles fueron las consecuencias de la caída del hombre presentadas en la porción de la lectura de hoy?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 11 --- Espíritu, alma y cuerpo son vida
Martes --- Leer con oración: Ro 5:12; 7:25b; 8:2-5
“Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca” (1 Jn 5:18)
EL PODER LIBERTADOR DE LA LEY DEL ESPÍRITU DE VIDA
Después de describir la lastimosa situación del hombre, que desea hacer la voluntad de Dios, pero sólo logra hacer el mal, Pablo expone las dos leyes en Romanos 8:2, la ley del pecado y de la muerte y la ley del Espíritu de vida.
Como el pecado entró al mundo por un hombre, Adán, así todos llegaron a ser pecadores, y la muerte entró en la humanidad (5:12). La vida de Dios estaba en el árbol de la vida, pero la naturaleza de Satanás estaba en el árbol del conocimiento del bien y del mal. Así que, cuando Adán comió de este último árbol, todo su ser fue corrompido y sus acciones pasaron a ser controladas totalmente por su alma caída. El alma humana se debilitó para las cosas de Dios, pero se fortaleció para llevar al hombre a pecar.
Pablo nos describe bien esa situación: “Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (7:25b). Esta es la ley del pecado y de la muerte. La ley aquí equivale a un principio, una regla rígida, como la ley de la gravedad. Es por causa de ésta que todo cuerpo que pesa más que el aire cae, a menos que sea sostenido por una fuerza por lo menos equivalente a su peso. De la misma manera, la ley del pecado y de la muerte nos oprimía y no nos daba elección que no fuera la de vivir bajo su yugo, aunque detestáramos hacer lo que ella determinaba.
Pero gracias a Dios, pues nos fue dada otra ley, la ley del Espíritu de vida, que nos libró de la ley del pecado y de la muerte. Solamente una ley puede abrogar otra ley, y fue exactamente esto lo que Dios hizo para salvarnos.
Después de creer en Cristo, la ley del Espíritu de vida entró en nosotros y nos dio vida, la vida más elevada: la vida de Dios. ¡Aleluya! En Cristo, fuimos librados de la ley del pecado y de la muerte y quedamos exentos de cualquier condenación, pues la sangre de Jesús, el Hijo de Dios, nos limpió de todo pecado. ¡Alabado sea el Señor! Cuando estamos en Cristo, esta ley de vida opera en nosotros y nos libra, por eso es tan importante que estemos, en cada momento, en Cristo Jesús.
En 1 Juan 5 está escrito que la vida divina, que entró en nosotros cuando creímos, es una vida que no peca, sino que actúa exactamente como una ley. Así como el agua y el aceite no se mezclan, la vida divina, además de no tener nada que ver con el pecado, tampoco peca. En Cristo Jesús, recibimos el Espíritu vivificante, que posee esta poderosa ley, la ley del Espíritu de vida, para librarnos de todo pecado. Esto es retratado en Romanos 8:3-4: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. ¡Aleluya!
Así como Adán y Eva pudieron escoger entre comer del árbol de la vida o del árbol del conocimiento del bien y del mal, hoy también nos fue dado a nosotros el libre albedrío. Podemos escoger vivir por la ley del pecado y de la muerte, que produce las terribles obras de la carne (Gá 5:19-21), o por la ley del Espíritu de vida, la cual hace que la vida divina se expanda de nuestro espíritu humano hacia nuestra alma y alcance incluso nuestro cuerpo mortal, convirtiendo todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo, en vida (Ro 8:11). ¡Gracias a Dios!
Punto Clave: La ley del Espíritu de vida es poderosa para librarnos.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Usted recuerda alguna situación en la que la ley del Espíritu de vida le ha dado libertad sobre algún aspecto del pecado? ¿Puede describirla?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 11 --- Espíritu, alma y cuerpo son vida
Miércoles --- Leer con oración: Gá 5:16-19
“Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gá 5:16)
ESTAR EN CRISTO PARA QUE LA LEY DEL ESPÍRITU DE VIDA PUEDA OPERAR
Siempre que estamos en el espíritu, la ley del Espíritu de vida nos libra de la ley del pecado y de la muerte. Gálatas 5:16-17 afirma: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”. Si estamos en el espíritu, cuando los deseos de la carne nos tientan, el Espíritu que está en nosotros los vence, pues, si somos guiados por el Espíritu, no estamos bajo la ley (cfr. v. 18).
Pablo además prosigue: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: fornicación, inmundicia, lascivia” (v. 19). Estas tres obras de la carne están ligadas entre sí y relacionadas con el adulterio. Cuando Dios dio la ley a Moisés, los Diez mandamientos, prohibió el adulterio (Ex 20:14). A pesar de esta prohibición, siempre que los hombres y las mujeres no están en el Espíritu, están sujetos a caer en la lascivia. Fue por esa razón que Pablo habló sobre las obras de la carne a los gálatas, que eran creyentes en Cristo Jesús, mencionando en primer lugar a la fornicación. Los gálatas se habían desviado de Cristo y estaban intentando perfeccionarse en la carne. Ellos habían abandonado la ley del Espíritu de vida, sin la cual indefectiblemente caerían en el pecado.
Dios consideraba al pueblo de Israel como Su esposa en la era del Antiguo Testamento (Is 54:5). La Bíblia registra que, en diversas ocasiones, Dios se airó contra Su pueblo, pues ellos se habían vuelto a los ídolos. Él consideraba esa actitud semejante a la infidelidad de una mujer a su marido. Es por eso que Dios detesta la fornicación, el adulterio. Hoy, en la era del Nuevo Testamento, la era de la iglesia, Dios nos considera Su esposa. Tenemos un solo marido, que es Dios. Si tenemos algún otro amor que sea más grande que el amor que tenemos por Él, esto es adulterio a Sus ojos y se convierte en un ídolo, puesto que toma el lugar de Dios.
Hoy buscamos el crecimiento de vida para ser libres de pecar, especialmente de los pecados groseros que están relacionados a la fornicación y la lascivia. No es por esforzarnos en resistir al pecado que lo derrotaremos, sino por el contrario, la única manera de ser victoriosos es estar en Cristo y vivir por la ley del Espíritu de vida, pues sólo ella nos libra de la ley del pecado y de la muerte. ¡Jesús es el Señor!
Punto Clave: Fuera del Espíritu somos capaces de cometer cualquier tipo de pecado.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Por qué tener sólo conciencia del pecado no es suficiente para que lo venzamos?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 11 --- Espíritu, alma y cuerpo son vida
Jueves --- Leer con oración: 1 Co 5:2-7; Gá 5:19-21; 1 Jn 5:18
“Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Co 5:7)
LA IGLESIA ES SANTA
Ayer hablamos sobre la lucha espiritual que existe entre la ley del pecado y de la muerte, y la ley del Espíritu de vida. Si no estamos en el espíritu, donde el Espíritu de Dios mora, seremos subyugados por la ley del pecado y de la muerte, e incluso podemos ser llevados a cometer los mismos pecados groseros y comunes que las personas del mundo cometen, como el adulterio o la fornicación. Pero, si por el contrario, estamos en Cristo, seremos fortalecidos por la ley del Espíritu de vida y así podremos ser libres de pecar. En Cristo Jesús, en el Espíritu de vida, tenemos una vida que odia al pecado. Así, somos guardados de producir las obras de la carne, pues sabemos que todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca (1 Jn 5:18).
La vida divina que entró en nosotros tiene la fuerza de una ley. Ya hemos visto que las leyes son muy fuertes, y todos los que son regidos por ellas están obligados a cumplirlas, y no pueden escapar de su alcance. Así también es la ley del Espíritu de vida que recibimos al creer. Cada vez que estamos en el espíritu, donde el Espíritu de Dios mora, estamos bajo la ley del Espíritu de vida, que es poderosa e inmutable, somos guardados del pecar y de realizar las obras de la carne descritas en Gálatas 5:19-21.
Pablo al escribir su primera epístola a los corintios, relata el caso de un hermano que cometió un pecado gravísimo, osó poseer a la mujer de su propio padre, es decir, a su madrastra (5:1). Sin embargo, aunque la iglesia sabía de este hecho no trató adecuadamente con el problema, por eso Pablo registra su indignación: “Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción?” (v. 2).
Después de reprender a los hermanos de Corinto, en realidad, ésta fue una reprensión dirigida principalmente a los ancianos, el apóstol decidió tratar personalmente este asunto, aun sin estar presente, escribió: “Ciertamente yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús” (vs. 3-5). La indignación de Pablo nos sirve de ejemplo. Él sabía que la iglesia es santa y debe estar llena de justicia, por eso no puede ser contaminada por aquel tipo de situación.
Entonces, Pablo determinó que la carne del hermano pecador sea destruida a fin de que su espíritu fuera salvo para pasar por el juicio en el día del Señor. Él dio un veredicto con peso debido a que el problema era muy grave, además, porque los hermanos de la iglesia no habían tomado ninguna medida con relación a esto, continuó: “No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (vs. 6-7).
Pablo mostró que la actitud de aquel hermano era como un poco de levadura colocada en medio de la masa. Si comparamos a la iglesia con un pan sin levadura, sabemos que la levadura se expande con gran rapidez. Por tanto, la actitud drástica de Pablo era para mostrarles que si no retiraban a aquella persona de en medio de ellos, luego serían contaminados otros hermanos.
Sin embargo, todo este asunto no terminó allí. Pablo, después de escribir su epístola, envió a algunos para que la llevaran a Corinto. Luego de enviarla, no sintió tranquilidad en su interior. Mañana veremos qué fue lo que le quitó la tranquilidad a Pablo y cuáles fueron los resultados de su actitud.
Punto Clave: Tratar con el pecado con rapidez y autoridad.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Cuál debe ser la actitud de la iglesia con relación a la práctica de la inmoralidad en su medio? ¿Qué sucede si esto no es tratado adecuadamente y con rapidez?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 11 --- Espíritu, alma y cuerpo son vida
Viernes --- Leer con oración: Ex 20:14; 2 Co 2:1; 7:6, 8, 10-11b
“Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte” (2 Co 7:9)
TRATAR CON EL PECADOR BASADO EN LA LEY DEL AMOR
Frente al grave pecado de inmoralidad ocurrido en Corinto, el apóstol Pablo, que fue responsable por el surgimiento de la iglesia en aquella ciudad, les escribió dando duras determinaciones con respecto al responsable de aquella infamia. No obstante, la Biblia registra que después de enviar a algunos hermanos para entregar aquella carta a los corintios, Pablo no se sintió a gusto con la decisión que había tomado. Los capítulos 2 y 7 de Segunda a los Corintios, traen algunas aclaraciones acerca de esto, y este es el asunto que desarrollaremos hoy.
Es necesario que consideremos de antemano que Pablo era un judío, que desde pequeño había sido criado guardando la ley de Moisés. Entre los Diez Mandamientos, sabemos que hay uno que dice: “No cometerás adulterio” (Ex 20:14). La palabra registra que en cuanto a la ley Pablo era irreprensible y por eso detestaba la fornicación y el adulterio. Aquella situación en Corinto, por tanto, había sido extremamente fuerte para el apóstol y tiene que ver con la dura reacción que tuvo con relación a ella.
Sin embargo, después de escribir la primera carta, él no tuvo mucha paz y llegó hasta incluso a arrepentirse de haberla escrito (cfr. 2 Co 7:8). Después de decidir que el pecador fuera entregado a Satanás y enviar la epístola a los corintios por medio de otros hermanos, Pablo meditó si había hecho aquello según Dios, o si en vez de condenar al pecador, debió haberle dado una oportunidad de arrepentimiento. Fue esto lo que le quitó la paz y lo llevó a entristecerse, conforme a lo que escribió: “Esto, pues, determiné para conmigo, no ir otra vez a vosotros con tristeza” (2:1). Después de cierto tiempo, después de haber enviado la carta, mientras más pensaba, más triste se ponía, se cuestionaba si había procedido correctamente. Finalmente, le pidió a Tito para que fuera a Corinto para que le trajera noticias. Él hizo esto porque estaba ansioso de saber que reacción había causado su carta entre los hermanos y, qué habían hecho con relación al hermano que había pecado.
Por el relato bíblico, podemos concluir que Pablo, a medida que esperaba el regreso de Tito, se entristecía y estaba cada vez más ansioso. De Éfeso, en donde estaba, hasta llegar a Corinto, se tardaba aproximadamente dos semanas. Puesto que Tito tardaba, Pablo decidió partir hacia allá para encontrarse con él en el camino de regreso. Mientras caminaba en la dirección por donde creía que Tito vendría, Pablo llegó a Troas y allí, teniendo aún una puerta abierta para predicar el evangelio, no tuvo reposo en su espíritu por no haberlo encontrado (vs. 12-13). Esto muestra cuánto ansiaba tener noticias de los hermanos.
Pablo tenía la vida divina, cuya expresión es el amor y, al escribirles su primera epístola, aunque había decidido tratar duramente a aquel que había pecado, a fin de que el pecador no se extendiera como levadura en la masa, actuó según el gran amor que sentía por ellos (2:4). Él amaba a los hermanos de Corinto, y el amor de Dios dentro de él lo impulsaba a perdonar al pecador, darle una nueva oportunidad de arrepentimiento.
Así, habiendo salido a buscar a Tito, Pablo llegó a Macedonia y allí encontró a su colaborador (7:6), el cual le relató que la persona que había cometido aquel pecado se había arrepentido.
Pablo al escribir su segunda epístola relata parte de todo este proceso por el cual pasó. Al referirse al hermano que había cometido tal error, escribió: “Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él” (2:6-8).
Al tratar inicialmente con esto, la preocupación de Pablo era que Satanás no se aprovechara de la situación, considerando que aquel hermano no había sido disciplinado. Esto abrió una brecha para que otros también cayeran en un pecado semejante: “Para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones” (v. 11). Aquel hermano que había pecado, era como cualquiera de nosotros, alguien proclive a pecar. Cuando somos iluminados y vemos nuestro pecado, nos arrepentimos y somos perdonados. El hermano que había pecado fue iluminado por las palabras de Pablo en la primera epístola y, por tanto, se arrepintió. Sin embargo, su arrepentimiento no fue superficial, sino un arrepentimiento cabal y profundo, lo mismo sucedió con toda la iglesia: “Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte. Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte. Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios, ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! En todo os habéis mostrado limpios en el asunto” (7:9-11).
Así, aquel problema fue solucionado: el hermano confesó su pecado y fue perdonado por el Señor, por la iglesia y por el apóstol Pablo. ¡Alabado sea el Señor!
Punto Clave: Si nos arrepentimos, somos perdonados.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Cómo trata usted con un hermano que pecó?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 11 --- Espíritu, alma y cuerpo son vida
Sábado --- Leer con oración: Ro 16:17-18; 1 Co 5:7-11; Gá 5:19-21
“Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Ro 8:13)
EL GRAVE PROBLEMA DEL PECADOR QUE NO SE ARREPIENTE
Ayer hablamos sobre el problema vivido por la iglesia en Corinto, cuando un hermano cometió fornicación con la mujer de su propio padre y, sobre la manera como la situación fue solucionada. Felizmente, en ese caso hubo un resultado favorable con el arrepentimiento cabal del pecador, seguido por el perdón de Dios. Sin embargo, debemos tener en cuenta que la fornicación, la inmundicia y la lascivia, son las obras más graves de la carne citadas en Gálatas 5, por eso están relacionadas y se encuentran en primer lugar.
Siguiendo el ejemplo de Pablo, así como él trató con el problema de la fornicación en Corinto, si sucediera algo semejante en medio nuestro, no debemos condenar al hermano inmediatamente. Deberá tener una oportunidad para arrepentirse. Expulsarlo, sin darle ninguna oportunidad, sería su fin, pues como la iglesia es la realidad del reino de los cielos, si alguien es expulsado de la iglesia será automáticamente expulsado del reino.
Entonces, ¿cómo la iglesia debe tratar un asunto así? Ya hemos pasado por situaciones como ésta en el pasado, cuando un hermano que era líder en una determinada ciudad cayó en este pecado. Él era médico y su profesión propiciaba muchas oportunidades de tener contacto con personas del sexo opuesto y, por ello, sucumbió ante la tentación y cometió adulterio.
Después de haber pecado, se entristeció mucho, buscó a algunos hermanos y confesó su error. Se arrepintió profundamente, llegó incluso a pensar que ya no había más esperanza para él. Cuando los hermanos me consultaron sobre este asunto, consideré que como sólo algunos hermanos sabían el problema, sería mejor no exponer públicamente aquello, dándole así una nueva oportunidad a aquel hermano, a fin de que fueran producidos frutos de arrepentimiento. Si el pecado del hermano llegara a ser público, él habría sido aislado y terminaría siendo expulsado por los demás. Así que, intentamos preservarlo en la iglesia, y fue determinado que se mantuviera en una posición menos evidente de la que antes tenía.
Lamentablemente, volvió a caer en el mismo error y, no tuvimos otra opción que aislarlo de en medio nuestro. Después, él se mudó a otra ciudad, en donde buscó tener una vida oculta delante de Dios, teniendo contacto sólo con algunos hermanos.
Quien vive en el pecado de fornicación tiene que ser aislado de en medio nuestro, pues no podemos permitir que esta “levadura” leude toda la masa. No obstante, si sucedió sólo una vez, debemos darle al menos una oportunidad para que se arrepienta, por causa del amor. Si continúa en esa práctica, no sólo será un hermano que cometió adulterio, sino que pasará a ser un adúltero o una adúltera; en este caso sí debe ser retirado de “la masa” (1 Co 5:7-11).
Por lo general, aquellos que cometen tales pecados y no tienen un arrepentimiento adecuado, cabal, terminan rebelándose contra el liderazgo de la iglesia y causan daño al Cuerpo de Cristo; hablan mal de la iglesia y difaman a los hermanos (Ro 16:17-18). Este tipo de situación debe ser tratada por los hermanos responsables de la iglesia, pues, por vivir una vida pecaminosa, tales personas, lamentablemente, se vuelven insensibles, y son capaces de cometer cualquier tipo de pecado (Gá 5:19-21).
Todo aquel que tiene el Espíritu de vida y está en Cristo Jesús no vive en el pecado. Un pecado como el que fue cometido por aquel hermano de Corinto es una obra de la carne, y esto muestra la lucha constante de la carne contra el Espíritu y del Espíritu contra la carne. Pecar o no pecar es sólo el resultado de esta lucha. Por tanto, la solución es vivir en el espíritu, donde mora el Espíritu de Dios. Si vivimos conforme a la carne, caminaremos hacia la muerte; pero si vivimos por el Espíritu de vida, venceremos la batalla y dejaremos de pecar (Ro 8:13).
Nosotros, que vivimos en el Espíritu, no sólo debemos tratar con los pecados, confesándolos cuando caemos en ellos, sino que debemos permitir que la vida divina crezca en nosotros, pues solamente la ley del Espíritu de vida nos libra del pecado y de la muerte.
Debemos andar en el Espíritu. ¿Qué Espíritu es este? Es el postrer Adán, nuestro Señor Jesucristo, que se hizo el Espíritu vivificante y entró en nosotros cuando creímos en Él, cuando invocamos Su nombre (1 Co 15:45b; Ro 8:9; Jn 20:31). De esta manera, si estamos en Cristo Jesús, estamos en el Espíritu vivificante y en Él tenemos la ley que nos libra de la ley del pecado y de la muerte.
¡Aleluya! Porque la ley del Espíritu de vida, en Cristo Jesús, nos libró de la ley del pecado y de la muerte, “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro 8:3-4). ¡Alabado sea el Señor!.
Punto Clave: El peligro de no arrepentirse de los pecados.
Su punto clave es:
Pregunta: ¿Cuál es la única manera de vencer la lucha contra la carne y por qué?


Apartado para el evangelio de Dios
Semana 11 --- Espíritu, alma y cuerpo son vida
Domingo --- Leer con oración: Ro 8:5-6, 9, 11
“Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Ro 8:11)
LA EXPANSIÓN DE LA VIDA DE DIOS EN LAS TRES PARTES DEL HOMBRE
De acuerdo con la Palabra, el hombre posee tres partes: espíritu, alma y cuerpo (1 Ts 5:23). La parte exterior, el cuerpo, fue hecha del polvo de la tierra. Después que Dios hizo el cuerpo de Adán, sopló en su nariz el aliento de vida, que llegó a ser el espíritu humano dentro de Adán. Cuando el espíritu fue formado, Adán llegó a ser un alma viviente. Así, el hombre pasó a tener tres partes: el cuerpo, la parte exterior, el espíritu, la parte interior, la más profunda, y el alma, que es la parte intermedia y define el “yo” de cada ser humano.
Dios hizo el espíritu del hombre como un vaso para contener al Espíritu de Dios. Así como un guante tiene la imagen de la mano a fin de que la mano entre en él, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza para morar en el espíritu del hombre. Todas las personas, todos los seres humanos tienen un espíritu, que es el espíritu humano (Job 12:10). Al contactar con el Espíritu de Dios, el espíritu humano es llenado por Él y así obtiene la salvación.
¿Usted ya experimentó al Espíritu de Dios que entró en su espíritu? Basta sólo invocar el nombre del Señor: “¡Oh Señor Jesús!”, creyendo en su corazón que Dios Lo resucitó de entre los muertos, entonces tendrá esta experiencia maravillosa.
Sin embargo, el Espíritu no sólo quiere ocupar el espíritu humano, quiere ocupar también el alma del hombre, que es la verdadera expresión de cada persona, para manifestarse en su cuerpo. Así, el Espíritu desea expandirse del espíritu del hombre a su alma para alcanzar expresión en su cuerpo.
El alma humana también tiene tres partes: mente, voluntad y emoción. Puesto que el hombre fue creado a la imagen de Dios, las tres partes de su alma también tienen relación con el Creador. La mente del hombre fue hecha para contener los pensamientos de Dios. Por ejemplo, Dios tiene un plan que existe desde antes de la fundación del mundo. En resumen, el plan de Dios es que Su reino celestial llegue a esta tierra. Esto está en la mente de Dios y debe ser puesto dentro de la mente del hombre.
Dios también tiene una voluntad, la cual era un misterio que ya nos fue revelado. Por causa de Su voluntad, Él creó en nuestra alma la voluntad humana para que podamos decidirnos por lo que Él quiere.
La emoción humana, por su parte, debe estar llena del buen placer de Dios, por causa del cual Él nos escogió antes de la fundación del mundo. Dios nos escogió y desea que nosotros siempre tengamos comunión con Él, esto es Su buen placer. Este deseo de proximidad entre Dios y el hombre debe llenar la emoción humana.
Este hombre creado a la imagen y semejanza de Dios debe recibir el trabajar divino para crecer en vida, y así, alcanzar la plena filiación, es decir, llegar a ser hijos maduros, de modo semejante al Padre celestial. A fin de que alcancemos este objetivo, el primer paso de la obra de Dios es colocar el Espíritu vivificante en nuestro espíritu humano. A partir de ese momento, el Espíritu pasa a morar en nosotros, y nuestro espíritu es salvo, obtiene la vida divina (Ro 8:9-10).
Después de esto, Él quiere proseguir ganándonos por medio de saturar nuestra alma, para que ella reciba la vida que viene del Espíritu. Veamos como sucede este proceso: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu” (v. 5). Según el original griego del Nuevo Testamento, la palabra piensan, en este versículo, puede ser traducida por poner la mente. Entonces, nuestra mente, es decir, nuestra alma, puede ser puesta tanto en la carne como en el Espíritu. A cada uno de nosotros le corresponde hacer la elección.
Dependiendo de la elección que hagamos, podemos obtener muerte o vida y paz (v. 6). Si ponemos nuestra mente en el Espíritu, nuestra alma será saturada por Él, y creceremos en vida: este es el camino de la salvación de nuestra alma. No obstante, si ponemos nuestra mente en la carne, experimentaremos muerte, es decir, estaremos como éramos antes de ser salvos, y no tendremos la fuerza para hacer el bien que queremos, sino el mal que no queremos.
Nuestro cuerpo, por su parte, es mortal y todavía peca, pero, ¡alabado sea el Señor por Romanos 8:11! donde leemos: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros”. Así, hasta nuestro cuerpo mortal es vivificado cuando permitimos que el Espíritu nos sature de la vida divina.
Este es el proceso maravilloso en el cual estamos inmersos: al creer en el Señor Jesús, recibimos el Espíritu dentro de nuestro espíritu humano. Al volver nuestro corazón incesantemente al Señor, especialmente por medio de invocar Su nombre, nuestra alma es saturada por el Espíritu y crecemos en vida. Con esto, incluso nuestro cuerpo mortal pasa a expresar a Dios en sus acciones. Por el evangelio de la gracia, nuestro espíritu recibe vida. Pero, el propósito de Dios es que las tres partes de nuestro ser sean llenadas por el Espíritu y obtengan la vida divina. Este es el evangelio de la vida, por medio del cual obtendremos la salvación del espíritu, del alma y del cuerpo. ¡Aleluya!
Punto Clave: El crecimiento de la vida divina alcanza todas las partes del hombre tripartito.
Su punto clave es:
Pregunta: Explique la expansión de la vida divina en las tres partes del hombre de acuerdo con Romanos 8:11.
Dong Yu Lan
Publicacion de:
Editora “Arvore da Vida”
Disponible en: corpocri@yahoo.com
Bogota Colombia
Jesus es el Señor!
La iglesia en Armenia
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"Si la Cruz no ha obrado en mí, seré yo el que obraré constantemente"
Watchman Nee

La verdadera vida del creyente – esto es, la vida de Cristo en él – es una vida que está siempre germinando de la muerte.
Evan H. Hopkins

Dios está esperando para llenar nuestras vidas de increíble plenitud, si solamente admitimos nuestra bancarrota.
Ian Thomas
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Antiguo 22/07/09, 08:14:23
hgo hgo no está en línea
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Predeterminado La consagracion

II. LA CONSAGRACION
A. La apertura del corazón
La Biblia es la Palabra de Dios y está llena de Su luz. Pero ésta no puede alumbrar a los que no se abren a El. En 2 Corintios 3:18 dice: “Mas, nosotros todos, a cara descubierta mirando y reflejando como un espejo la gloria del Señor”. El requisito básico para ser iluminados por la gloria del Señor es mirarlo a cara descubierta. Si uno se acerca al Señor con un velo en el rostro, la gloria no lo iluminará. La luz de Dios solamente iluminará a los que están abiertos a El. Si uno no se abre a Dios, no recibirá Su luz. El problema de algunos es que están cerrados al Señor. Su espíritu, su corazón, su voluntad y su mente están cerrados para Dios. Como resultado, la luz de las Escrituras no llega a ellos. Es como el sol que es todo luz y alumbra en el mundo entero, pero su luz no llega a una persona encerrada en un cuarto cuyas puertas y ventanas están cerradas. No hay problema con la luz, sino con la ubicación de la persona. La luz solamente brilla para los que están de cara a ella. Esto es válido en cuanto a la luz física, y lo mismo sucede con la luz espiritual. Cuando nos encerramos, la luz no puede alumbrarnos. Algunas personas están cerradas al Señor y, por tanto, no pueden ver Su luz. No debemos simplemente prestar atención a la lectura y al estudio; debemos preguntarnos si estamos abiertos al Señor. Si no tenemos el rostro descubierto, la gloria del Señor no brillará en nosotros. Si nuestro corazón no se abre a Dios, El no puede darnos luz.
La luz opera de acuerdo con una ley; ella alumbra a los que están abiertos a ella, y su intensidad depende de la apertura de la persona. En caso de que todas las puertas y ventanas de un cuarto estén cerradas, si hay sólo una pequeña rendija, la luz entrará. No es difícil obtener la luz. Un hombre que se ha cerrado para con Dios puede estudiar y orar mucho, pero seguirá sin entender la Biblia. Es muy difícil que un hombre reciba luz cuando no está abierto a Dios. La luz de Dios no llega incondicionalmente. Para recibir la luz de Dios, uno debe primero satisfacer las condiciones necesarias para recibirla.
Todos los hijos de Dios tienen la Biblia, pero la luz que cada uno de ellos recibe de ella varía. Algunos ignoran por completo lo que la Biblia dice; otros reciben algo de luz al leerla, y hay otros que son llenos de luz cuando la leen. Esta diferencia se debe a que las personas que la leen son diferentes. La luz de Dios es la misma, pero las personas varían. Quienes se abren a Dios pueden entender la Biblia, pero aquellos que están cerrados no. Algunos están completamente cerrados y, como resultado, están en completa obscuridad. Otros están cerrados parcialmente y, por ende, reciben una luz parcial. Cualquier carencia de visión que experimentemos, ya sea grande o pequeña, completa o parcial, indica que estamos en tinieblas. Nunca debemos pensar que es insignificante encontrar dificultades para entender la Biblia. Si tal es el caso, eso sólo significa una cosa: ¡vivimos en tinieblas! Es un problema serio leer la Palabra de Dios sin entenderla y sin recibir luz de ella.
Podemos preguntar, entonces, ¿qué significa abrirnos a Dios? La apertura viene de una consagración incondicional y sin reservas. Abrirse a Dios no es una actitud temporal; es una disposición permanente que el hombre desarrolla delante de El. No es un actitud ocasional, sino una práctica continua. Nos abrimos a Dios como resultado de una consagración incondicional. Si la consagración de un hombre a Dios es absoluta, no tendrá reservas para con Dios ni estará cerrado. Estar cerrado en alguna medida refleja una falta de consagración. La oscuridad es el resultado de estar cerrado, lo cual, a su vez, es el resultado de no estar consagrado. Siempre que falte consagración, habrá reservas. Cuando un hombre se niega a humillarse delante de Dios en alguna área, tratará de justificarse. Como consecuencia, no podrá entender la verdad bíblica relacionada con dicha área. Tan pronto como toque esa área, tratará de esquivarla. Esta es la razón por la cual decimos que estar cerrados nos deja en la oscuridad y que es el resultado de la falta de consagración. Las tinieblas son el resultado de estar encerrado, y estar cerrado en cualquier área es el producto de la carencia de consagración y sumisión.
B. El ojo sencillo
Muchos pasajes de la Biblia hablan explícitamente de la luz. En Mateo 6:22 el Señor Jesús habla de la luz del corazón, diciendo: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. El Señor no dijo que el ojo es la luz del cuerpo, sino la lámpara del cuerpo. La luz se refiere a Dios, mientras que la lámpara se refiere a nosotros. La luz está en la Palabra de Dios, y la lámpara hace referencia a nosotros. La lámpara es portadora de la luz. En otras palabras, Dios deposita Su luz en la lámpara, y ésta difunde la luz. Para que la Palabra de Dios resplandezca en nosotros, debemos tener una lámpara dentro de nosotros. Esta lámpara es nuestro ojo. “Así que, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas” (vs. 22-23). El Señor especifica una condición para que todo nuestro cuerpo esté lleno de luz: nuestro ojo debe ser sencillo.
¿Qué significa tener un ojo sencillo? Aunque tenemos dos ojos, ambos se enfocan en una sola cosa; solamente ven un objeto a la vez. Si puediésemos enfocar la vista en más de un objeto, tendríamos problemas visuales, y ninguno de los dos ojos tendría una vista clara. No serían sencillos. Para que los ojos puedan ver claramente, deben enfocar un solo punto; no pueden enfocar dos. La iluminación proviene de la luz, y se relaciona con los ojos. Si no hemos experimentado la gracia ni la misericordia, la luz no nos ha iluminado. Pero como recibimos gracia y misericordia, la luz nos ilumina. Si nuestro ojo no es sencillo, no puede recibir la luz. Muchas personas no tienen un ojo sencillo; no miran un solo objeto, sino que ven dos cosas a la vez. El problema no está en la luz, sino en su vista. Algunas veces ven un objeto como si fueran dos. La luz no es clara para ellos. En realidad, están en total oscuridad.
El Señor dijo: “Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o será fiel al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (6:24). Muchas personas no tienen luz porque su ojo no es sencillo. La razón por la cual su ojo no es sencillo es que no se han consagrado al Señor. ¿Qué es la consagración? Es servir solamente a Jehová. El hombre no puede servir a dos amos, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o será fiel a uno y menospreciará al otro; no puede servir a ambos. Nadie puede mantener tal equilibrio. Nadie puede servir al Señor por una parte, y por otra, a las riquezas. Todos los que tratan de servir a dos amos, tarde o temprano se dan cuenta de que aman a uno y aborrecen al otro. Debemos consagrarnos al Señor incondicionalmente, o serviremos a las riquezas completamente. El Señor dice que el ojo tiene que ser sencillo. Esto significa que nuestro servicio y nuestra consagración deben ser exclusivas. Una consagración completa consiste en poner la vista en un solo objeto.
Rogamos que el Señor nos muestre este principio básico. Si deseamos leer la Biblia, entender sus enseñanzas y recibir sus revelaciones, tenemos que asumir nuestra responsabilidad delante del Señor. Tenemos que consagrarnos por completo a El. Solamente esto nos dará luz en la Biblia. Si tenemos problemas con nuestra consagración, los tendremos con nuestra visión. Si uno tiene problema con la visión, significa que tiene problema con la consagración. Debemos estar plenamente convencidos de que ningún hombre puede servir a dos amos.
El otro amo es el dinero y las riquezas. Por causa del dinero, a muchos les ha sido difícil ver la luz de la Biblia. Mucha gente ha estado con un velo, sin la luz de la Palabra, por causa de las riquezas. Muchos no pueden ver la verdad contenida en la Biblia porque están muy apegados al dinero. Además de Dios, tienen al dinero, y no están dispuestos a dejar su desesperación por conseguir dinero. Se hallan en un conflicto entre la verdad y sus intereses personales. Si pudieran hacer a un lado sus intereses personales y seguir la verdad a toda costa, podrían entender claramente la Biblia. Mucha gente hace a un lado las enseñanzas de la Biblia por su apego a las riquezas. Si todos los creyentes estuvieran libres del amor a las riquezas, serían muchos más los que obedecerían a Dios. Tenemos que hacer caso a esta advertencia que Dios nos hace. Cada vez que nos descuidemos y nos volvamos un poquito a nuestros intereses privados, la luz de Dios se interrumpirá. Si queremos ver la luz, no podemos servir al dinero. No podemos tener dos intereses diferentes; no podemos servir a los intereses de Dios al mismo tiempo que a los nuestros. Solamente debemos concentrarnos en los intereses de uno solo, los de Dios. En el momento en que tenemos en cuenta nuestros intereses personales, ya tenemos dos amos, y nuestro ojo ya no es sencillo. Una persona que tiene dos motivaciones o que retenga sus intereses privados no puede estudiar la Biblia. Solamente los que tienen un ojo sencillo pueden estudiar la Biblia.
¿Cómo puede el ojo ser sencillo? El Señor dijo: “Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (6:21). Es asombroso que cuando tenemos control sobre las riquezas, éstas no nos perjudican sino que nos son útiles. Cuando nuestro corazón está entregado a las riquezas, amamos el dinero, y es difícil que nuestro corazón se incline a Dios. Pero si podemos gobernar nuestro tesoro, podremos gobernar nuestro corazón. Es por eso que debemos aprender a deshacernos de nuestros tesoros. El Señor dijo: “Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón”. Cuando un hombre deposita sus tesoros a los pies del Señor, espontáneamente su corazón estará a Sus pies; si deposita su tesoro en los cielos, allí estará su corazón, pues donde esté nuestro tesoro, allí también estará nuestro corazón. Si todo lo que tenemos está junto a Dios, nuestro corazón espontáneamente estará con El, y nuestro ojo será sencillo.
Para entender la Biblia, necesitamos una consagración absoluta. Sin consagración, nuestro corazón no se dirige a Dios. Una característica especial de la consagración es que lleva nuestro corazón a Dios. Cuando lo ofrecemos todo a Dios, nuestro corazón irá detrás, porque nuestro tesoro fue trasladado. Hay dos clases de consagración. En una el corazón va primero, y en la otra, el corazón va en pos. Algunas personas consagran sus tesoros después de que sus corazones son conmovidos. Otras se han dado cuenta de que después de consagrar sus tesoros, sus corazones los siguen. No importa si creemos que nuestro corazón nos va a seguir o no, de todos modos, lo único que debemos hacer es consagrarnos. Todo aquello de lo cual nos asimos y que nos es más querido, debe irse primero. Estas cosas debemos dárselas en el nombre del Señor a los necesitados. Cuando regalamos nuestros bienes, nuestro corazón va al Señor y cuando todas nuestras cosas están con el Señor, nuestro ojo se vuelve sencillo.
Una vez que nuestro ojo se vuelve sencillo, puede ver con claridad, y la luz brilla en él. El Señor dijo: “Todo tu cuerpo estará lleno de luz” (v. 22). ¿Qué significa estar lleno de luz? Significa tener suficiente luz para que nuestros pies puedan andar, para que nuestras manos puedan trabajar y para que nuestra mente pueda pensar. En otras palabras, tenemos luz en todas las áreas. La luz llena nuestra parte emotiva, nuestra voluntad, nuestra mente, nuestro amor, nuestro andar y nuestra senda. Podemos verlo todo porque nuestro ojo es sencillo.
Dijimos ya que solamente el hombre espiritual puede entender la Biblia. Ahora tenemos que agregar que solamente los que se consagran pueden entender la Biblia. Si una persona no se consagra, no puede comprender bien la Biblia. Al abrirla, se encuentra con áreas que no ha consagrado, y queda en tinieblas. Cuando avance en la lectura, encontrará otros aspectos de sí misma que no ha consagrado, y de nuevo las tinieblas la envolverán. Cuando las tinieblas rodean al hombre, éste no tiene esperanza de recibir nada de Dios. El hombre debe entregarse por completo a Dios. No puede servir al Señor por una parte y esperar, por otra, seguir su propio camino. Algunas personas alegan que son sinceras en su búsqueda de la voluntad de Dios, y aún así, desconocen lo que enseña la Biblia. Dicen que no saben dónde radican sus problemas. Pero esto es sólo un pretexto; no es un hecho. El hombre se queda en su ignorancia por no tomar el camino de Dios. Si sigue con seriedad la senda del Señor, hallará el camino despejado. Aquellas personas cuyo ojo no es sencillo nunca pueden ver claramente.
W. Nee
Jesus es el Señor
La iglesia en Armenia
Cómo estudiar la Biblia
Publicado por: Living Stream Ministry
Literatura disponible en
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"Si la Cruz no ha obrado en mí, seré yo el que obraré constantemente"
Watchman Nee

La verdadera vida del creyente – esto es, la vida de Cristo en él – es una vida que está siempre germinando de la muerte.
Evan H. Hopkins

Dios está esperando para llenar nuestras vidas de increíble plenitud, si solamente admitimos nuestra bancarrota.
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Predeterminado La necesidad de obedecer

C. La necesidad de obedecer
continuamente
Dios nos revela las enseñanzas bíblicas según la medida de nuestra obediencia. Cuanto más lo obedezcamos, más luz recibiremos. Si seguimos obedeciendo a Dios, seguiremos viendo. Sin consagración es imposible ver. Sin una obediencia constante, no podemos continuar viendo. Si nuestra consagración no es absoluta, la iluminación no va a ser grande. Si nuestra obediencia no es absoluta, la luz que recibamos no será completa. Por consiguiente, lo fundamental es la consagración. Si el hombre no entiende el significado de la consagración, no puede entender la Biblia. Una persona consagrada no solamente debe tener una consagración inicial, sino que tiene que mantener su obediencia delante del Señor en todo momento. Sólo de esta manera podrá ver continuamente. La medida de luz que un hombre recibe depende de cuanto obedezca después de su consagración inicial. Si somos perfectos en nuestra obediencia, seremos perfectos en nuestra visión.
Debemos prestar especial atención a lo dicho por el Señor en Juan 7 “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la enseñanza es de Dios, o si Yo hablo por Mi propia cuenta”. Si una persona desea hacer la voluntad de Dios, podrá conocerla. En otras palabras, la obediencia es una condición para conocer la voluntad de Dios. La decisión de hacer la voluntad de Dios es la condición para conocer la enseñanza de Dios. Si una persona no tiene la intención de hacer la voluntad de Dios y desea conocer la enseñanza de Dios, está pidiendo algo imposible. Para conocer la enseñanza de Dios, el hombre debe estar determinado a cumplirla. Esta determinación se relaciona con la actitud. Dios desea que primero tengamos una actitud obediente; entonces, la enseñanza de Dios nos será clara. No debemos preguntar qué es lo que la Biblia enseña, sino si estamos dispuestos a obedecerla. El problema reside en nuestra actitud; no tiene nada que ver con la enseñanza de la Biblia. La Biblia puede estar abierta para nosotros dependiendo de nuestra actitud hacia Dios. Nosotros somos responsables por nuestra actitud; mientras que Dios es responsable por Su enseñanza. Si nuestra actitud es correcta, Dios nos da revelación y abre nuestros ojos inmediatamente. Si complementamos esto con nuestra obediencia, nuestra actitud, una vez, más será correcta, y Dios nos concederá más revelación. Primero se requiere una actitud correcta, y sólo entonces se recibe la revelación. Si respondemos a la revelación con obediencia, tendremos la actitud correcta y recibiremos más revelación.
Muchos afirman haber visto las verdades de la Biblia. En realidad, solamente quienes resuelven hacer la voluntad de Dios las han visto, y sólo ellos pueden decir que su visión es clara y completa. El Señor tiene que trabajar mucho en nosotros antes de que podamos “decidir” esto. No piensen que la luz viene gratuitamente. Toda visión viene acompañada de un alto precio; tenemos que pagar el precio para ver. Algunas veces el Señor tiene que hacer pasar a la persona por dos o tres experiencias antes de que vea algo. Otras veces Dios tiene que hacerlo pasar por otras seis o siete experiencias. La luz de Dios viene con frecuencia a nosotros indirectamente. Primero brilla en un objeto, el cual la refleja a nosotros. La luz de Dios viene frecuentemente de un modo indirecto. Debemos ver la luz desde cierto ángulo, antes de poder verla desde otro. En ocasiones necesitamos pasar por varias experiencias antes de ver la luz. Si somos desobedientes en algo, perderemos la revelación. Es así como actúa la luz de Dios. Muchas veces podemos ver claramente sólo cuando nosotros mismos nos hemos ubicado en diferentes ángulos. Cuanto más alto sea el precio que paguemos delante del Señor, más luz recibiremos. La obediencia en algo nos guiará a obedecer otra cosa y luego a obedecer muchas cosas más. Lo que experimentamos de la luz nos guiará a otra experiencia y luego a más luz. La voluntad de Dios está detrás de todo lo que El dispone. Siempre que una persona pierde dos o tres oportunidades de obedecer a Dios, sufre una pérdida delante de El.
No importa cuánta confianza tengamos en nuestra consagración y obediencia, tenemos que darnos cuenta de que cada vez que tenemos un velo, se debe a que algo no está bien en nuestra consagración. Si no vemos, son nuestros ojos los que están mal. Dios no carece de luz, pero cada vez que El ve renuencia de nuestra parte, detiene Sus palabras. Dios nunca fuerza a nadie a hacer nada, pero tampoco comunica Su palabra de una manera barata. Si encuentra alguna resistencia en nosotros, el Espíritu Santo se aparta y se retrae, pues no se imparte por un bajo precio. Si algo está mal en la consagración de una persona, Dios no le dará ninguna luz. No es un problema trivial que el hombre no entienda la Biblia, porque ello pone en evidencia un problema en su consagración. El colirio espiritual requiere un precio; no se obtiene gratuitamente. Toda visión requiere un precio. Ninguna visión se recibe gratis.
W. Nee
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