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Posted: 2006/06/02 by: Jose Pablo Chacón. El Rincon del Teologo.
Aquí encontraras los primeros 9 capitulos de los Relatos del Ya pero Todavia no. De esa forma facilitamos la lectura. Pronto se publicaran los siguientes capitulos.
Relatos del Ya pero Todavía no.
 
PRIMERA PARTE
 
“Sentir culpa o no sentir culpa, esa es la cuestión”
 
 
 
-Intenté ser ateo, pero no tuve la suficiente fe para hacerlo.- Se hizo un extraño silencio, como si ambos se hubieran quedado ensimismados, masticando aquella frase. Sofía no ocultó su confusión y rompió el silencio.
-¿No tuviste fe para qué? ¿Para convertirte en un ateo? ¡Ja! estás tremendamente loco amigo. Yo no sabía que para dejar de creer en los dioses se requería de fe, pensé que era todo lo contrario. Quiero decir, yo siempre había creído que los ateos son los que pierden la fe. 
-Eso es lo que parece a primera vista.- Replicó Aquilino mientras se llevaba a la boca una diminuta taza de expreso. Aquélla sensación amarga en el paladar le producía un enigmático placer. Miraba atentamente a Sofía, que había bajado la mirada con el ceño fruncido. Aquilino amaba secretamente aquél gesto. Sabía que cuando Sofía fruncía el ceño y clavaba los ojos en la mesa, como si estuviera en el limbo, significaba que estaba urdiendo alguna idea inteligente. 
-Para dejar de creer en Dios, yo debía empezar a creer en el ateísmo. Pero de repente me topé con que había muchas clases de ateísmo. Para mi sorpresa tuve que empezar por plantearme de qué cosa quería ser ateo, o de qué o cuales dioses debía de abjurar. No pasó mucho tiempo antes que me diera cuenta que el deseo de dejar de creer no me bastaba para lograr ser un verdadero ateo. Era necesario creer que el ateísmo era un ideal digno de mi confianza, pero el ateísmo echaba mano de cuanto podía para lograr crear esa clase de credulidad en sus acólitos. El ateo procura creer que la ciencia le puede dar razones para dejar de creer en Dios, a su vez, la ciencia busca esas razones en la tecnología, la tecnología en la filosofía.
-Creo que ya te entiendo Aquilino, pero hay demasiadas formas de creer en la filosofía, hay muchos tipos de filosofía, y otra vez la filosofía se refugia en la ciencia o en la tecnología, o en la metafísica…
-¡Claro! –dijo emocionado Aquilino- y todo resulta nuevamente en una religión, ¿lo ves? pero esta vez todo el esfuerzo religioso radica en lograr creer que no se cree. Creo que no creo que no creo que no creo que no creo…
Ambos se echaron a reír. Pero Aquilino se sintió un poco estúpido repitiendo esa frase y de pronto se puso tímido y apuró el último sorbo de café que quedaba en la taza. Sofía estaba realmente interesada en el tema. Aquilino siempre le había parecido un hombre misterioso, algo atractivo. Le encantaba escucharlo hablar, aunque no siempre estaba de acuerdo con lo que decía. De vez en cuando se sentía atraída por él. Eso la llenaba de temor, se sentía pecadora. Hasta había pensado en confesarle esas sensaciones pecaminosas a su mejor amiga, pero cada vez que lo intentaba se llenaba de vergüenza y abandonaba la idea. A veces sentía que eso significaba que le era infiel a Josué, su prometido. El conflicto de Aquilino era el mismo pero a la inversa. Los intensos labios carnosos de Sofía lo deslumbraban, se sentía enamorado. Pero luchaba a brazo partido por eliminar tales sentimientos. Suponía que era pecado mirar con ojos de amor a una mujer que pronto contraería nupcias.  
Un nuevo silencio había inundado el inviolable metro que los separaba. Un simple metro de distancia que, físicamente no era más que un paso entre dos cuerpos, pero que moralmente se convertía en un abismo infranqueable. Pronto llegarían los demás. Aquilino pensaba para sí que había sido una verdadera suerte haber llegado temprano y encontrar sola a Sofía sentada en la mesita del café. Al entrar al local buscó a los demás entre la gente que murmuraba en el interior. Pero solo reconoció la silueta esbelta de Sofía. Sonrió complacido y avanzó un paso hacia ella, pero vaciló. Lo detuvo la sensación de estar cometiendo una barbaridad, un acto imprudente que sería condenado por el resto de los líderes de las iglesias que llegarían en cualquier momento. No pasaron muchos segundos antes que Sofía se percatara de la llegada de Aquilino e inmediatamente le hizo señas para hacerle notar su presencia. Aquilino entonces tomó aquél acto como un buen pretexto que lo excusaba de cometer semejante acto indecoroso. Se acercó a ella más con miedo que con aplomo.  
-Desde que llegaste has mirado 4 veces el reloj, se te nota algo ansioso, ¿tienes prisa?- Le dijo Sofía en un tono algo burlesco. Aquilino carraspeó nerviosamente y rebuscó una excusa.
-No, solo que veo que los demás se están tardando un poco, ¿no crees?
-Si, pero deberíamos estarles agradecidos, así tenemos oportunidad de seguir con el tema. Quizás la reunión sea tan tediosa como las otras. –Por alguna misteriosa razón las palabras de Sofía pusieron aun más nervioso a Aquilino. Fue en ese preciso instante cuando resonaron en aquél recinto las descomunales risotadas de Beatriz, la ruidosa y ya resignada solterona del grupo. Con ella venía toda la comitiva. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Relatos del Ya pero Todavía no.
 
SEGUNDA PARTE
 
“Sentir culpa o no sentir culpa, esa es la cuestión”
 
 
 
La reunión estaba a punto de concluir cuando apareció Josué, el flamante novio de Sofía. Apuesto y elegante. Aquilino no pudo (ni quiso) disimular su descontento. Pero el grupo entero le dio la bienvenida de una forma cordial. En demasía, para lo que Aquilino hubiese deseado. Josué se sentó al lado de su novia, quien le lanzó la más tierna de sus sonrisas, al tiempo que Aquilino se levantaba de su silla y se despedía de todos con su típica gracia llena de timidez. 
 
La reunión le había parecido un completo fracaso. Era demasiado difícil encontrar consenso entre líderes cristianos de tan diferentes herencias eclesiásticas. Todos jóvenes y con mucho ímpetu, pero con ópticas difíciles de conciliar. Pensó que había sido una mala idea eso de conformar una red interdenominacional de líderes juveniles. Cada vez veía más difícil la realización de su sueño: Unir todas las fuerzas evangélicas por una sola causa, impactar su generación.
 
-¡Me parece algo absurdo! –Se dijo a sí mismo flagelado por su conciencia-. Aquilino no podía comprender cómo un cristiano consagrado como él podía sentirse tan abrumado por las tentaciones. Sofía le gustaba mucho.
 
- Si, absurdo, o sea, lo contrario de obediencia. Claro, –continuó, recordando sus clases de latín- porque obediencia, ob audire,  significa “escuchar con atención”, y me parece que no me ha dado la gana escuchar con atención la voz de alarma de mi conciencia, no he querido ver las luces rojas de mi semáforo interior. He sido un tonto, un necio, ¡un ser absurdo…! sí, absurdo –se repitió- porque la palabra que se usa en latín para “sordo” es surdus, y ser completamente sordo, como yo, es ser ab surdus.
 
Esa noche se acostó mortificado por todos esos pensamientos. No había sido un buen día, le parecía que todo le había salido mal. Se acostó, no tuvo ganas de orar antes de dormir, así que hizo una pequeña oración mecánica y cerró los ojos.
 
Sofía cenaba con Josué en un hermoso restaurante ubicado en la cima de Escazú desde el cual se lograba ver casi todo San José, la ciudad capital de Costa Rica. La noche les había sido fiel: Luciérnagas color de esmeralda, estrellas de lapislázuli; la ciudad muda en la lejanía con sus lucecitas blancas, amarillas, rojas y verdes; la brisa leve y fresca y todo el cosmos sobre ellos. Él la besó. Un beso pequeño, pero lento. La delicia de los labios de Sofía embriagó de golpe todo el espíritu de Josué.
 
-The rest is silence – atinó a decir Josué en medio de un suspiro-. Ambos quedaron en un silencio cómplice y embriagado.
 
            A Sofía no le pareció extraña la inusitada frase inglesa, es más, le recordó una hermosa página de Hamlet. No le sorprendió porque Josué era tan aficionado al Norte como a su lengua, y siempre creyó que sonaba más romántico decir cosas bonitas en inglés que en su propio idioma. Lo que sí le sorprendió a Sofía fue ese insolente recuerdo de Aquilino que la invadió con toda irreverencia. Se le asomaron a la mente aquéllas suaves palabras que había pronunciado Aquilino el día que se conocieron, hace poco más de un año. Aquilino la había mirado con los mismos ojos intensos con que la había mirado hoy, y sin más reparo se animó a pronunciar: “Animula vagula, blandula…”  
 
-Dime qué significa –suplicó Sofía algo insegura-. Pero Aquilino se negó a hacerlo.
-¡Por favor! –insistió ella más interesada en continuar con el juego que otra cosa-.   Él se complació en dejarla con la duda hasta que un día, pasados varios meses, volvió a mirarla a los ojos: “Pequeña alma errante, acariciadora”. Ella no supo de qué se trataba hasta que la misma voz continuó “Animula vagula blandula…” y sonrió tímidamente.
 
            Mientras recordaba se sintió confundida. Culpable. Se le apagó la sonrisa. Hizo una oración de emergencia en su corazón pidiendo perdón a Dios por semejante pecado. Se vio a sí misma como una niña caprichosa e inmadura. Josué era el hombre de su vida y lo que ella estaba haciendo era algo inadmisible según la moral que le había sido inculcada.  Se sintió tan abrumada que tuvo que refugiarse en el baño por unos instantes. Pero al estar sola frente al espejo todo empeoró. “Animula vagula blandula…” No podía engañarse, el inglés de Josué nunca había logrado penetrar sus fibras tanto como esas tres palabras que pronunció Aquilino. No sabía lo que le estaba pasando, nunca le había interesado ni el inglés de Josué ni el latín de Aquilino, pero algo había comenzado a cambiar.
 
            - ¿Hola? –Aquilino contestó instintivamente su teléfono celular. Aun estaba dormido cuando escuchó la voz de Sofía.
            - ¿Aquilino? ¿Estas ahí? ¿Te he despertado? –Aquilino no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Se incorporó hasta quedar sentado sobre su cama.
            -Sofía ¿Eres tu? Si, estaba durmiendo, pero no te preocupes ¿Sucedió algo? –Sofía había realizado la llamada de forma casi inconsciente. De pronto se percató del error que había cometido y asustada se miró en el espejo del baño del restaurante.
            -Perdona, solamente estaba algo preocupada. Cuando te fuiste de la reunión, esta tarde, parecías algo turbado, y no te despediste de mí. Solo es que estoy un poco preocupada. ¿Estás bien?
            -Estoy bien, no pasa nada. Solo estaba cansado. –Dijo él con una sonrisa complacida.
            -Bueno, entonces continúa durmiendo, ahora estoy más tranquila. Buenas noches. –Colgó sin esperar ninguna respuesta de Aquilino.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Relatos del Ya pero Todavía no.
 
TERCERA PARTE
 
“Al reverso de la Historia”
 
El estudio de la arqueología había logrado forjar un espíritu muy observador, casi inquisitorio, en Aquilino. La observación era su don más aguzado. Podía quedarse horas enteras observando un detalle en una fotografía, en un paisaje o, incluso, en un rostro. Poseía una memoria prodigiosa, pero selectiva. Fascinado por las culturas pretéritas había cursado con mucha dificultad los estudios de arqueología. Nunca fue brillante en sus años universitarios, pero poseía una pasión extraordinaria. A su graduación solo asistió doña Constanza, su madre. Orgullosa de su hijo, la anciana desembolsó los ahorros de toda una vida de intensa labor costurera y, convencida de que era la mejor inversión, obsequió a su hijo el viaje a Palestina que ella misma había soñado. Doña Constanza veía su anhelo hacerse realidad a través de su hijo. “Mis cansados ojos ya no apreciarían los detalles del viaje” se decía resoluta, “mis pies ya no podrían recorrer esas calles sin sentir un intenso dolor de cansancio que me subiría de la planta de los pies hasta el mismísimo corazón”. Y remataba diciendo: “Que sea él, seguro que sabrá apreciar mejor que yo cada sorpresa que se esconde en esos parajes… ya lo veré yo todo a través de sus ojos” y sonreía ilusionada.
 
Del peregrinaje a Tierra Santa, Aquilino sacó muchas conclusiones, todas ellas muy lejos de ser producto del mero turismo de arqueología. “En ese país la arqueología es más que una ciencia de estudio… es un arma bélica” les decía a sus amigos, “imagínense que uno de los arqueólogos más famosos de Israel, el que dirigió las excavaciones de Masada, era comandante en jefe del ejército” y continuaba con entusiasmo: “Un simple hallazgo puede ser causal de una batalla sangrienta y despiadada en esas tierras. Los arqueólogos sionistas compiten a muerte para lograr demostrar al mundo que sus antepasados vivían en ese país desde hace tres mil años… y que esa tierra les pertenece”. De su alforja de experiencias acumuladas durante el viaje Aquilino narraba muchas curiosidades, pero su mayor tesoro extraído de esas tierras era la visión de la injusticia que prevalece en Palestina. Eso le cambió la vida, regresó comprometido con la justicia social. 
 
    Por su lado, Sofía cursaba el último año de teología. Era una de las pocas jovencitas que se había animado a estudiar una carrera tan poblada de masculinidad. No simpatizaba realmente con la teología feminista, sin embargo abogaba por la igualdad de derechos y oportunidades. Había declarado la guerra al Vaticano por la prohibición antibíblica del sacerdocio femenino. Era una mujer bella y algo revolucionaria. Algunos de sus compañeros de facultad la criticaban por haber nacido en una familia acomodada.  La veían como una “niña de papá” pero la apreciaban mucho. 
 
Los lujos en los que había sido criada parecían haberle vendado los ojos a la realidad del mundo. Pero la arrebatadora imagen de aquél teólogo peruano que salió en los periódicos le arrancó la venda de golpe. Asistió a la conferencia que dictó el famoso y controversial teólogo. Sofía sentía que cada una de las palabras pronunciadas por aquél locuaz hombre se le estrellaba por todo el cuerpo, como si una ametralladora la acribillara sin piedad. Era tanto y tan nuevo el dolor que sentía que apenas pudo contener el llanto. Por fin se había abierto la ventana que había estado cerrada durante toda su vida, ahora podía ver el mundo en toda su crudeza y espanto. Aborreció la riqueza desmesurada, sintió náuseas de muchos de sus amigos que apoyaban las guerras injustas. Ese fue el momento en que descubrió un sentimiento nuevo que surgió profuso y de golpe desde sus entrañas: la compasión.
 
Luego de haber descubierto a Gustavo Gutiérrez (el peruano bajito que evidenciaba las secuelas del polio y que era considerado uno de los más grandes teólogos latinoamericanos) persiguió con una asiduidad rayana en la obsesión a todos aquéllos  hombres y mujeres que vivían en ese mundo tan emocionante y a la vez tan violento que llamaban teología. Cambió su forma de vestir, ahora no despilfarraba el dinero en suntuosos atuendos. Descubrió que con lo que ella invertía en belleza cada tres meses, podía dar de comer a dos familias pobres.
 
Los primeros que notaron el cambio fueron sus padres. Ya de por sí no estaban nada conformes con la carrera elegida por su hija única. Habían pensado que era una afición pasajera, como lo había sido la equitación, el violín o la danza.  Sin embargo la teología la había deslumbrado. La equitación, el violín y la danza no le habían dado la oportunidad de sentir algo tan nuevo e inusitado para ella como la compasión. Sólo la teología había logrado hacer que su corazón empezara a latir en conjunción con el mundo real; el mundo que sufre y llora, el que siente rabia y dolor. Ahora su corazón latía, al reverso de la historia. Siempre le habían dicho que los pobres andrajosos eran seres despreciables y peligrosos, pero ahora sabía que lo único peligroso en el mundo es el poder y la injusticia de los poderosos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Relatos del Ya pero Todavía no.
 
CUARTA PARTE
 
 
          Tibidabo
 
 
            En la Font màgica de Montjuïc Sofía se sumergió en un mundo de fantasía. Aquella era la primera noche en Barcelona y esa visión casi celestial de aguas saltarinas que cambian de color mientras danzan al son de la música clásica embriagó el corazón de la joven teóloga. Barcelona emergía, majestuosa, ante sus ojos. Las fuentes mágicas de Montjuïc hacían su danza ritual, rodeadas de algunas decenas de turistas que, extasiados por la belleza y maravillados por la perfecta simbiosis del agua, la música y los colores, guardaban un silencio reverencial, como quien presencia un prodigio o una teofanía; guardaban silencio y permanecían estáticos (extáticos), como si adoraran una divinidad sobre una tierra sagrada. El escenario era algo alucinógeno: Sobre el monte, subiendo unos cien escalones se encontraba el Palau de Montjuïc, bajando las escaleras, las fuentes bailantes, un poco más abajo la imponente ciudad y al fondo de la escena, como colgando del cielo, aparecía el Tibidabo. Iluminado y suspendido en el aire, el monasterio del monte Tibidabo parecía descender de lugares celestiales, como la Jerusalén venidera. 
 
            No reprimió los pensamientos que llegaron sin preguntar a su cabeza. Imágenes de una Centroamérica que convulsiona por respirar. No lograba apartar de su mente las escenas de los niños descalzos de su país, de las madres de piel curtida por el sol inclemente. Quiso detenerse en el recuerdo de las devastaciones de los terremotos y huracanes que dejaban con menos a los que ya de por sí no tenían nada. Sin embargo no había rabia en su corazón, sino gratitud. Sonrió instintivamente al recordar a sus gentes, sus iguales, sus pares… esos que ven la mano del Altísimo y dan saltos de gozo cada vez que una flor se abre, un jilguero canta o un quetzal surca el aire. Gente que tiene una especial capacidad de ver a Dios en las cosas más simples y sencillas: en la lluvia, en el sol de todos los días, en la sonrisa de los niños, en el arroz y los frijoles, en el murmullo del río; un pueblo que ha afinado su mirada y sus sentidos para ver un milagro de Dios en cada pequeña bendición que llega a sus vidas, por nimia que sea. 
 
            Se preguntaba una y otra vez magno cum dolore (con gran dolor) cómo era posible que los que no tienen nada logren ver a Dios en todo, y los que lo tienen todo no lo vean en nada. Lo que más le sorprendía no era la posibilidad de creer en Dios cuando no se tiene nada, sino ¿Cómo es posible no creer en él cuando se tiene todo? Es una de las ironías más grandes del universo. El que carece de la bendición de la prosperidad la agradece con sinceridad y devoción; pero el que carece de carencias sucumbe bajo la miseria de la incredulidad y sufre el latigazo de la desesperación, de la esperanza sin fe, que no es esperanza sino espera que desespera. Unos tienen hambre y sed de justicia, pero son ricos en fe y esperanza, a otros no les falta de comer, ni techo bajo el cual vivir, ni ropa que vestir, pero son pobres de espíritu.   
 
            -¿Será que, de tanto progreso y tanta comodidad, habrán perdido toda capacidad de asombro? –Pensaba Sofía mientras abría la puerta de su pequeño apartamento de estudiante, donde viviría durante los próximos tres meses. Al entrar, se tumbó en la cama y quiso adivinar lo que hubiese dicho Aquilino de todo aquello.
–Estoy segura que tendría alguna buena respuesta a todos mis cuestionamientos, o al menos haría algún comentario inteligente -De pronto se entristeció mucho al caer en la cuenta de que el primer hombre en quien pensó desde que llegó a Barcelona fue Aquilino y no su novio. Había algo malo en todo eso, se seguía sintiendo culpable, como si estuviera perdiendo una batalla consigo misma. Y realmente sabía que sí, la había perdido.   
 
            Sofía encontró tremendamente interesante que se le pusiera un nombre tan bíblico a un monte que vigila a toda Barcelona. Una cima orgullosa, la más alta de la sierra de Collserola. Desde esos 512 metros el Tibidabo observa pacientemente el imperturbable latir de una ciudad tan viva y tan inerte a la vez. Tibidabo (te daré) viene de la frase latina que Satanás utilizó para tentar a Jesús desde lo más alto de la ciudad de Jerusalén. Sobre aquél pináculo Satanás le mostró todos los reinos de la tierra y le ofreció toda la potestad y la gloria de ellos si se postraba y le adoraba. Sofía sabía que lo más importante de aquél episodio bíblico no era si Satanás tenía potestad o no, sino el anhelo de adoración que había en él. La tentación y la adoración están estrechamente ligadas.
 
            -Sucumbes ante lo que adoras. No se trata de qué tienes o qué no tienes, sino de qué adoras. Se trata de poder descubrir lo que hay detrás de ese poderoso Tibidabo (Te daré) que a cada instante se nos presenta en el camino.  Se trata de saber de dónde proviene la promesa, quién o qué promete ese “te daré”. Cuando nos arrodillamos pensando en un “me dará” ya no se trata de adoración sino de adulación. Es la actitud del perro que se sienta graciosamente ante la mano de su amo (o de cualquier posible dador) para recibir una galleta. 
 
            De igual forma encontró particularmente interesante que Montjuïc signifique “Monte judío” y que muy pocos catalanes lo sepan. Dos montes que se ven cara a cara abrazando la ciudad entre ambos, contemplándola, vigilándola. Aquél Palau de Montjuïc está asentado sobre una antigua torre de vigilancia, la Torre Farrel, que a su vez estaba sobre el Castell del Port, erigido en el año 1022. Todas estas construcciones han sido siempre, en el Montjuïc, edificaciones de poder político y militar. El Monte del “Te daré” mira a los ojos al Monte de la potestad, y en medio de ambos, como si fuera el producto del coito ontológico de ambas montañas, se conturba cada día la urbe catalana.  A un lado de la ciudad el monte de la promesa de poder y autoridad, al otro el monte de la lucha por hacer realidad tal promesa… y la cuidad sucumbe en la engañosa tensión escatológica secular y antibíblica, como todas las grandes ciudades, ante la potentia adoratio. San Jerónimo –recordó Sofía-  Propositum erat Domino humiliate diabolum vincere, non potentia.   
 
 
           
           
           
Relatos del Ya pero Todavía no.
 
QUINTA PARTE
 
 
           Phobos metha phobos
         (Temor y temblor)
 
 
 
            Esa noche no pudo dormir. Vuelta tras vuelta, bajo las sábanas, Sofía luchaba contra ella misma. A su lado, bajo las mismas sábanas, yacía el cuerpo de un joven. Aquilino parecía dormir plácidamente ignorante de su propia desnudez. Sofía observaba de vez en cuando fhobos metha phobos (con temor y temblor) la silueta masculina que se dibujaba sinuosamente bajo la tela que la cubría. No daba crédito a sus ojos ni a sus pensamientos, no lograba asociar lo que vivía con su realidad real, porque la realidad, esta que estaba viviendo, no correspondía a la suya. Esta era otra, tan inusitada como incomprensible. 
 
            Aquella tarde había ido al aeropuerto decidida a recoger a un compañero de trabajo. Emocionada con todos los proyectos que tenían por delante en Barcelona. Pero en algún punto, solo Dios sabe dónde, el plan se torció y tomó un rumbo desconocido que ella no había planificado, al menos no conscientemente. Llegó temprano al aeropuerto, un poco nerviosa sin saber la razón exacta. El plan estaba trazado, varios correos electrónicos en los últimos días lo habían confirmado: Se encaminarían a la casa de hospedaje donde Aquilino se instalaría durante los próximos dos meses y medio. Su medio mes en Barcelona ya la facultaba para moverse con cierta libertad en esa ciudad enmarañada. Ya se había dado cuenta que la ciudad es más benévola cuando se descubre que son tres grandes circunvalaciones las que la recorren de lado a lado, como tres arterias o tres nervios que la surcan y la vuelven amigable. Dejaría a Aquilino instalado y le daría las instrucciones básicas; luego se dirigiría a una cena con algunos nuevos conocidos y otros tantos desconocidos. Aquilino se quedaría a descansar. Pero algo inesperado cambió el curso de las cosas: Un beso kamikaze la sorprendió mientras conducía seguido de un largo silencio post bombardeo. La sensación era nueva para ella. Aquilino parecía tener una actitud estoica, pero a ella le temblaba todo el cuerpo. Ahora romper el silencio era una empresa casi tan arriesgada como el beso a ultranza de Aquilino. 
-        Entonces – querelló Sofía mientras encendía la radio- ¿necesitarás que venga a hacerte compañía esta noche?
-        Supongo que si, lo necesitaré –refutó Aquilino satisfecho.
 
Ella no sabía por qué enigma de su propia psique había cometido el atrevimiento de insinuarse de esa manera. Esa no era una actitud propia de ella. No se reconocía en esa frase. Durante la cena la asaltaba una ansiedad insidiosa. Estaba asustada, pero llena de vida y de nuevas emociones.
El cuarto de Aquilino era pequeño. Todo el inmobiliario constaba de una cama individual, un escritorio y una cajonera. Ya ni siquiera luchaba en contra de ella misma. Estaba decidida a sucumbir de una vez por todas. Aquilino volvió a besarla, esta vez con una paciencia y suavidad electrizantes. Fue un beso aleluyático, secretamente esperado por ambos en una espera sufrida y llena de culpas vividas precozmente. Un segundo beso los convenció de que sus bocas ya se habían besado muchas veces antes, en sueños, en pensamientos o en simples evocaciones y suspiros furtivos. Los besos se fueron sucediendo unos a otros con una voracidad creciente; las miradas se miraban a ellas mismas, como queriendo encontrar las respuestas a aquellas preguntas que nunca fueron formuladas. Las caricias se esparcían por sus pieles con virulencia. Aquilino descubría pacientemente la piel de Sofía como si fuera un delicado pergamino plagado de misteriosas consonantes indescifrables. Y se sentía retado a descubrirlo, a desvelar todo su misterio y a extraer el significado de cada vocablo trazado por la mano del mismo Creador. Sofía, por primera vez en su vida, sentía que su cuerpo era algo más que un simple cuerpo, las caricias recibidas la hacían sentir como un ser único que yacía oculto, en la penumbra de los sentimientos. Era necesario un verdadero arqueólogo que sacara a la luz todas las maravillas que ella misma no conocía de su propia piel. El último abrazo antes de dormirse fue el culmen de aquél pandemio precipitado. Esa noche ella no pudo dormir.
 
 
 
Relatos del Ya pero Todavía no.
 
SEXTA PARTE
 
 
Chill Out
 
 
El derrumbe emocional vino pronto. Ambos se miraron, al amanecer, en el mismo abismo, en la misma sima. De pronto, como si fueran los primigenios Adam y Eva, se sintieron avergonzados y oprimidos. Se miraban en silencio, había temor en esas miradas. Un temor que ellos mismos nunca habían experimentado. La sensación de haber cometido uno de los pecados más típicamente criticados en todos los círculos cristianos los llenaba de un paralizante sentimiento de derrota. 
 
-        Quiero que me digas lo que estás pensando… -inquirió Sofía mirándolo a los ojos- Aquilino salía de darse una ducha. Se sirvió una taza de café y se sentó frente a ella. La miró con ternura dándose cuenta del arrebato de pudor que se había apoderado de la joven. Una falda larga y una blusa amplia, el pelo recogido en una pulcra cola y una cara límpida e inocente. Sus ojos llorosos hicieron que Aquilino cayera en la cuenta de que verdaderamente debía decir algo que valiera la pena.
-        Dios no ve el pecado como lo vemos nosotros los humanos, Dios ve nuestro corazón y sabe que lo amamos.
-        ¡Pero hemos pecado Aquilino!
-        Si. No lo voy a negar. Pero ¿cuántas veces los discípulos fueron absueltos de sus errores solo porque Jesús conocía sus verdaderas intenciones y todas sus luchas?
-        ¡No lo sé! –gruñó ella con el llanto atascado en la garganta.
-        ¿Pero tú eres la teóloga no? – Aquilino supo que no debió haber dicho eso y se dispuso a enmendar el error- Bueno, no te pongas así, no ganamos nada desesperándonos. Creo que fue Kierkegaard el que dijo que el pecado verdadero es la desesperación.
-        Si, “Peca quien desespera de sí mismo” Si no me equivoco. –interrumpió la bella teóloga algo más repuesta.
-        Deus semper maior Sofía, Deus semper maior. Dios siempre ve más allá que nosotros. Él ni siquiera está viendo lo que hicimos, sino lo que estamos haciendo ahora, y lo que haremos después. Es un Dios siempre mayor de lo que lleguemos a entender con la corta plomada de nuestra débil inteligencia. Por eso su nombre, YHVH es nombre y es promesa ¿no es así? Es un verbo que promete ser el que está y el que estará. Por eso también el hebreo con el que fue escrito el Antiguo Testamento no tiene pasado. Todo se escribe en presente o futuro; en obras terminadas o en proceso. Dios siempre está viendo hacia el futuro.
-        Si, pero Kart Barth no solo decía que es un Dios inabarcable e impensable cuando hablaba del Deus semper maior. De hecho dijo que no deberíamos llamarnos teólogos, porque nadie puede hablar de Dios ni estudiar sus asuntos, porque es un Dios incógnito siempre más grande que cualquier formulación o idea, o teoría o pensamiento. También rescató la idea de Lutero de que ante ese Dios nadie puede ganar nada por sus propios méritos; todos seguimos siento ante él simul justus et pecator (justo y pecador a la misma vez) Somos pecadores sin remedio mientras estemos vivos, pero también somos justificados por su gracia.
-        Pero, ¿cómo es que podemos ser ambas cosas a la vez? Es una llamada a confiar siempre en ese Dios más grande, más misterioso y más misericordioso. Lo único que nos exige es fe. Sola fide, sola gratia Solo nos pide que confiemos en él.  
-        La teología –predicó Sofía inconforme- o lo que se dice Llamar teología hoy en día no habla de las cosas verdaderamente importantes. Es como esa música de ambiente que solo se pone ahí para entretener mientras te tomas una copa con tus amigos: si le prestas atención, bien; sino, también. No resuelve nada, está hecha para mantener entretenida a la gente. La teología de hoy debería volver a las andadas y repetir los temas más relevantes…
-         La justificación por la fe, por ejemplo –interceptó Aquilino al tiempo que servía más café en ambas tazas- Chill Out, yo la llamo así. Esa es la Teología Chill Out, teología de ambiente. A veces entro en un foro de discusión en Internet, y se la pasan hablando de temas que no tienen ni derecho ni revés, discuten y se pelean airados mientras los temas realmente teológicos yacen ocultos. Es una teología que habla siempre distraída, desconcentrada, descontroladamente, sin dar en el clavo de la verdadera necesidad de la gente.
-        ¡Ja!, estoy de acuerdo, es una teología Chill Out. – anotaba ella riendo distendidamente- Barth llamaba a eso allotría. Es una palabra que se usa en Basilea (como buen suizo que fue Barth) para nombrar la noche de carnaval. Es una teología carnavalesca, casi circense. Más que teología es palabrería “teológica”.
-        Eso es una teología degenerada en ideología. Y toda ideología termina por ser legalista. Todos, incluso el Papa vive en ese enigmático vértice del Ya, pero todavía no. Ya somos justificados, pero Todavía no somos perfectos; Ya hemos sido santificados, pero Todavía no somos pecadores; Ya podemos recibir todo SU perdón, Toda su gracia y todas Sus promesas, pero solo en parte y como algo anticipado, porque Aun No hemos sido regenerados totalmente.
-        Eso es lo que llamamos  “Tensión escatológica”, todo cristiano vive en la tensión entre el Ya del Reino (el aquí y ahora) y el Todavía no (el futuro escatológico) y ese Eskatos (final) solo ocurrirá en la Parusía (el final del final) cuando Cristo regrese y establezca definitivamente su Reino.
 
Barcelona los esperaba afuera. Una vez más, cuando ambos comprendieron que, aunque pecadores, aun podían disponer de toda la gracia de Dios, sus vidas volvieron a encontrar una inquebrantable esperanza. Sonrieron complacidos y se dispusieron a descubrir juntos La Sagrada Familia de Gaudí. Aquél espléndido Temple expiatori… templo inconcluso, en obras infatigables desde hace casi cien años, como reflejo mismo de que somos pecadores en proyecto de ser concluidos algún día. justus et pecator.
 
 
 
 
 
 
Relatos del Ya pero Todavía no.
 
SÉPTIMA PARTE
 
Dejav ú Vs. Jamais vú
 
 
            La llamada telefónica le sentó bastante mal. Josué solía llamarla una vez a la semana. La primera vez Sofía lloró, la segunda vez se sintió rescatada de la soledad que le proveía Barcelona y conversó gustosamente mientras miraba a través de la ventana de su habitación. La tercera empezó a sentirse presa de una especie de déjà vu telefónico y le dejó una sensación de monotonía en la conversación: las mismas preguntas, las mismas respuestas, las mismas risas, los mismos tequieros y teextraños e incluso descubrió que su cuerpo adoptaba las mismas posturas y en los mismos lugares. La cuarta tuvo que ser fugaz por motivos inexplicados. Luego del acostumbrado saludo de Josué (que siempre pretendía provocar una reacción de sorpresa en ella), la ya muchas veces pronunciada liturgia se tornó vacía y pesada. Eran las mismas palabras que la hicieron llorar la primera vez pero ya huecas, carentes de emociones y de significados. La práctica viva se convirtió de improviso en un acto religioso carente de vida. Se cumplía entonces la fatal verdad de que todo lo que se repite se convierte en hábito, y todo hábito que olvida por qué debería perpetuarse, termina por hastiar.
 
Sofía y Josué habían creado un sinnúmero de códigos repetitivos por medio de los cuales se relacionaban. Era un protocolo detallado y bien estructurado que les permitía quererse sin correr riesgos, era un amor de seguridad matemática. Si se cumplía correctamente con cada elemento, el final previsto venía sin lugar a dudas.
 
- Pero el corazón –discutió Aquilino- no entiende demasiado de matemáticas ni de protocolos ni de seguridades. El amor “seguro” muere de inanición, porque el amor se alimenta de la fe, nunca de  seguridad.  El “amor seguro”, con su liturgia de formas correctas adormece los sentidos de la fe, a la manera de una droga tranquilizante, donde todo se convierte en déjà vu, o sea, que todas las cosas parecen experiencias del pasado.
 
Sofía reflexionó unos segundos antes de continuar la conversación. Seguían caminando a paso lento y despreocupado. Habían decidido recorrer el barrio gótico de Barcelona. Eran las dos de la madrugada y aquéllas callecitas estrechas y adoquinadas parecían tener la poderosa facultad de hacer que los transeúntes empezaran creer que vivían dos o tres siglos atrás.
 
 -Y en cambio –repuso de improviso continuando con la conversación-; en cambio el amor basado en la fe, la fe genuina y viva, despierta todos los sentidos. emerge esa inusitada sensación de “jamais vu”, donde siempre se tiene la certeza de estar viviendo algo jamás visto, algo novedoso y en constante renovación, algo que aunque se vea todos los días, siempre es como si fuera la primera vez.  Es lo que llaman estar enamorado, lo cual, me doy cuenta ahora, no he experimentado jamás. -Su cara pareció ensombrecerse, las amarillentas luces tenues de los faroles acentuaron la sensación de melancolía que envolvió a los dos jóvenes.
 
-Es algo muy religioso –siguió diciendo Sofía- porque todo acto cultual que olvida sus motivos de celebración, se vuelve estático y se atrofia hasta morir. En contraste con aquellas religiones que no han olvidado los motivos para festejar y festejarse. Sus celebraciones son vivas, gozosas, nuevas cada vez.  Celebran los motivos maravillosos de su existencia y anticipan las promesas futuras de su perpetuación.
 
Aquilino se había quedado enfrascado en aquello del “jamais vu”. Era lo contrario del déjà vu. Se preguntaba cuál era la clave para que las cosas que se viven diariamente no hastíen sino que revivan. Porque eso era lo que Sofía acababa de decirle, que existe la manera de repetir cien mil veces un mismo acto sin que éste deje de ser nuevo cada vez. O sea –pensaba Aquilino- podría repetir un beso cien veces al día y siempre sería asombroso y estimulante, podría darle la mano a mi esposa octogenaria y tendría la sensación de estársela dando por primera vez en nuestra vida, y aun más, podría sentir con entusiasmo cómo sus dedos vibran temblorosos de nerviosismo como una adolescente al lado de su primer novio. Asombroso, definitivamente asombroso, pero… ¿será eso posible?.  
 
Doblaron en un recodo misterioso, ahí donde se elevaba la catedral gótica de Barcelona. Era un lugar precioso. Había una tenue luminosidad tan dulce y suave que cada piedra parecía deshacerse de complacencia. Entonces escuchó que Sofía pronunciaba una letanía en una lengua que él conocía, pero que ahora, por más que lo intentaba, no comprendía. “Stat crux, dum volvitur orbis, stat crux, dum volvitur orbis, stat crux dum volvitur orbis…” Aquilino sonrió extrañado, Sofía le regresó la sonrisa con un misterioso entusiasmo, acercó su cara a la de Aquilino casi hasta rozar ambas narices sin apagar su sonrisa y tradujo: “La cruz permanece firme, mientras el mundo da vueltas”. Entonces se separó de Aquilino en un movimiento que se podría interpretar como galanteo, pero eso se puede explicar porque en aquélla atmósfera que se respira en el barrio gótico barcelonés cualquier movimiento se llena de sensualidad. Sofía dio cuatro o cinco pasos apresurados y se alejó unos cuantos metros de Aquilino que la miraba alejarse desconcertado. Entonces se detuvo perplejo. La miró girar a la izquierda y desaparecer graciosamente.
 
Al estar completamente solo e inmóvil se percató por primera vez del latente silencio del lugar. Así lo definió: latente, porque no era un silencio mudo. Sólo cuando todo quedó en silencio el barrio gótico empezó realmente a hablar. Las paredes parecieron cobrar vida, los adoquines de la estrecha calle se le hicieron más palpables y fríos, y de cuando en cuando se escuchaban lo que parecían pasos leves que se alejaban hasta desvanecerse. Gárgolas se asomaban por las cornisas, ángeles y demonios luchaban eternizados mientras que las caras de unos reyes aparecían al lado de una ventana. Aquilino se acercó para observar detenidamente lo que le pareció un emblema que combinaba un alfa y una omega cruzadas por una espada formando así una cruz. “Estos templarios…” -susurró Aquilino frunciendo el ceño-. No muy lejos de la cruz templaria desfilaban dríadas, nereidas y ninfas. Una de estas últimas llamó poderosamente la atención de Aquilino. Era una figura hermosa y doliente a la vez. Su boca semiabierta y sus ojos hondos parecían estar diciendo algo de suma importancia, como si en el instante mismo que antecedió al sonido de la voz algún hechizo hubiese transformado a la ninfa en estatuilla silente. Sin saber por qué, Aquilino empezó a recordar la noche que había pasado con Sofía, lo hermosa que era, lo irrepetible de aquél momento aleluyático cuando todos los músculos del cuerpo se contraen menos uno: el corazón. Éste se expande poderosamente como en un espasmo. Acto seguido se refugia en sí mismo sobrecogido y abrumado, mientras que el resto del cuerpo se distiende y descansa aletargado.
 
En realidad solo había pasado un minuto desde que se separó de Aquilino. Solo había caminado unos cuantos metros, pero ya no supo regresar. Caminó por la misma calle por la que había venido, pero ya todo le parecía desconocido, como si nunca hubiera estado en ese lugar, aunque ciertamente había estado ahí hacía solo unos instantes. La sensación de estar perdida la empezaba a asustar. Cada paso que daba se escuchaba por toda la calle, lo cual la asustaba aun más. No se atrevía a gritar porque sabía que el ruido y el eco la llenarían de temor. Decidió entonces llamar al teléfono celular de Aquilino. 
 
 
 
 
Relatos del Ya pero Todavía no.
 
OCTAVA PARTE
 
Aurora
Teología para un nuevo amanecer
(a)
 
Era una noche muy silenciosa en un lugar completamente desierto, y Clara no podía hacer otra cosa que esperar. Aquilino buscaba con insistencia, corría y recorría las mismas calles una y otra vez. Había empezado a hacer frío y Clara se sentó asustada en el portal de un vetusto edificio. Oró más con miedo que con fe y empezó a llorar en silencio. Pensó que lo que mejor podía hacer era quedarse a esperar en ese portal hasta que apareciera Aquilino, confiaba plenamente en él. 
 
Aquilino empezó a sentir angustia. Se detuvo extenuado y extraviado. No se daba por vencido, pero sabía que seguir recorriendo las calles no resolvía nada. Apoyó la mano en la pared de piedra de la catedral esperando que amainara la taquicardia. Pero eso no sucedió, sino que le sobrevino un quebranto avasallador. Todas sus emociones cayeron al suelo. Aquilino cerró los ojos sin lograr contener la oleada de dolor y espanto que lo abrazaba y abrasaba. Era un abatimiento tan hondo que lo paralizaba.  Una profusión de imágenes le sacudió el alma y lo obligó a doblegarse ante algo que era más grande que él. Apoyó la espalada en el muro frío, se llevó ambas manos a la cara, cubriéndose la nariz y la boca en señal de desconcierto, luego se deslizó lentamente hacia abajo hasta acabar sentado en la acera,  en posición de fracaso.  
 
Cumplía nueve años el día que su padre lo llevó a la selva tropical. El niño había anhelado ese momento durante mucho tiempo. Su padre era un hombre tan pequeñito y tan delgado que daba miedo tocarlo por temor a que se rompiera, sin embargo el niño sabía perfectamente que nadie podía ser más fuerte que su padre, nadie podía ser más astuto en la selva, nadie podía ser más experto en exploraciones. Era, sin lugar a dudas, algo que venía de familia porque su abuelo también había sido un gran conocedor de la jungla, según las historias que le contaba.
 
Llevar al primogénito a la selva era una tradición familiar que se remontaba a los años 30, cuando el tatarabuelo de Aquilino soñó con poseer un trozo de tierra cerca del cerro Zurquí. El Claro, como había bautizado don Jeremías al lugar de sus sueños, era un lugar privilegiado en medio de la montaña. La pobreza hizo que la única herencia familiar fuera precisamente un sueño, algo que nadie les podía robar. El sueño fue pasando de padre a hijo, esperando que alguno, con su esfuerzo o por un milagro de Dios, lo hiciera realidad.
 
El día que el niño cumplía los nueve años debía internarse junto a su padre hasta la profundidad de la montaña, caminar durante horas sorteando pendientes, lodazales, hormigueros gigantes, plantas de ortiga, animales e insectos de toda clase. La destreza del padre guiaba a su hijo a la vez que la pupila del niño aprendía ese lenguaje silencioso que se establece entre padre e hijo cuando ambos se abren camino bajo un cielo de ramas y hojas donde no penetran los rayos del sol. No debían detenerse antes de llegar a El Claro. En ese lugar se sentarían a comer y a contemplar la tierra que algún día sería de ellos. El niño debía observarla bien, debía grabarlo todo en su mente para que cuando al fin pudieran comprarla, recordara perfectamente el lugar y no excluyera ni un solo palmo de selva. En ese lugar padre e hijo soñaban juntos durante el resto de la noche y al día siguiente regresaban a casa con el alma repleta de convicciones.  
 
Esta vez el padre de Aquilino había emprendido la caminata con el corazón ya ausente de esperanzas. El 5 de abril de 1978, el mismo año en que nació Aquilino, toda esa tierra había sido declarada Parque Nacional dedicado al Benemérito de la Patria, el Lic. Braulio Carrillo, tercer Jefe de Estado de Costa Rica, quien realizó ingentes esfuerzos para abrir un camino que comunicara el Valle Central con la costa Atlántica. El padre de Aquilino sintió que sus ojos, de un azul acero, se le llenaban de lágrimas – no de tristeza sino de rabia- al leer el recorte del periódico La Gaceta del 27 de abril de 1978 en el que se desvanecieron todas sus ilusiones. La publicación oficial no dejaba lugar a dudas, El Claro era ahora un verdadero “Paraíso perdido”. Para él aquello era una barbaridad inaceptable, una verdadera injusticia.
 
 Cuando Aquilino y su padre se internaron en la espesura de la selva y fueron envueltos en un planeta de hojas gigantes, raíces que parecían escalones e insectos invisibles que al picar dejaban un bulto ardiente en la piel, Aquilino supo que había llegado la hora tan esperada.
 
- ¿Y por qué le llaman “sombrilla de pobre” a esas hojas pa?
- Porque los niños pobres de Costa Rica se cubren con ellas para ir a la escuela cuando llueve – El tono resoluto de aquéllas palabras transformaba la respuesta en una verdad irrefutable.
 
 Era la misma dichosa experiencia que tantas veces le había sido narrada por su padre. Pronto podrían ver los mismos árboles de manú, caoba, roble, ceiba, o el árbol de yos que había marcado su tatarabuelo con el cuchillo. Aquilino aguzaba todos sus sentidos para no perderse nada. En cualquier momento podría aparecer la danta, el puma o el jaguar, el saíno, la martilla, la guatusa, el coyote o el tepezcuinte… todos animales que habitaban en las historias que le habían sido narradas, y que se le antojaban todos fieros y peligrosos.
 
Aquilino supo que habían llegado a El Claro cuando el calor de los rayos del sol le hizo notar que el cielo se había vuelto azul y las ramas que lo cubrían habían desaparecido casi por completo. El Claro era un lugar maravilloso, el caudal del río hacía rugir sus aguas con furia, pero un poco más arriba, a unos veinte metros, el río proveía una tregua y ofrecía un remanso de aguas cristalinas en cuya margen se abría un playón de tierra marrón.  Se refrescarían unos instantes en la poza, luego comerían e instalarían la tienda de campaña antes que los sorprendiera la noche.
 
Como el niño no sabía nadar, se sujetó con todas sus fuerzas a la espalda de su padre para poder llegar hasta la cascada. Aquilino era un niño canijo. Aquél hombre pequeño nadó sin dificultad por las aguas tranquilas. La sensación era completamente nueva para Aquilino, quien no dejaba de temblar no sabía si por el frío o por la emoción. La espalda de su padre era un lugar seguro, solo tenía que apretar fuerte y quedarse quieto. Pero sentía tanta alegría de estar ahí, en El Claro, con su padre, nadando hacia la cascada de sus sueños, que aunque intentara contenerse, no lograba controlar las carcajadas y los repentinos empellones de emoción que daba su cuerpo.
 
- ¡pa! –aulló el niño asustado, mientras resoplaba fuerte porque el agua de la catarata le salpicaba justo en la cara y no le permitía ver ni respirar bien.
-¡Cierra los ojos y no respires por un momento! –ordenó el padre.
 
El niño tosió fuerte. Luego sintió cómo una fuerza fulminante le arrancaba a su padre. Ya sus bracitos solo sentían correr agua furiosa entre ellos. Al intentar gritar el niño tragó agua y su alarido nunca salió de su garganta. El omnipotente río caía sin misericordia sobre el pequeño, que ya no era dueño de sus movimientos ni de sus pensamientos. Solo sentía un terror absoluto.  Aquilino tuvo por un instante la certeza de que su padre estaba cerca porque sintió algo así como su mano rozándole la pierna. Pero el río se lo seguía tragando. Paralizado por el pánico, el niño no luchó por mucho tiempo. Las aguas lo estrellaron contra una piedra, de la que supo aferrarse hasta recuperar el aliento. Una catarata seguía cayendo sobre él, pero esta ya no le pertenecía al río sino a un cielo negro que se había cernido sobre la selva. Pudo gritar, pero las aguas se tragaban su voz leve y temblorosa.
 
Escaló la roca. Esta estaba cerca de la orilla y el pequeño Aquilino dio el mayor de sus saltos y cayó de rodillas en el lodazal. El Claro era ahora un vado de fango, un desgarriate de piedras, ramas, y algunos árboles arrancados de cuajo que flotaban sobre las aguas enturbiadas por el barro. Aquilino se sentó sobre el lodo a esperar a su padre. La noche empezaba a asomarse con su rostro tartáreo. La lluvia no amainaba y el frío arreciaba.
 
Como vio que su padre no venía, decidió buscarlo. Se volvió a internar en la selva que exudaba un olor bravo en un vaho viscoso. Los insectos se lo querían comer pero su cuerpo, entumecido por el frío, ya no sentía las picaduras. Caminó unos metros, pero la noche le impedía encontrar el camino de regreso, por donde habían venido. Decidió regresar a El Claro para buscar las mochilas y sacar de ellas una linterna. Pero tampoco encontró el camino para regresar a El Claro. Sintió pánico una vez más, corrió asustado entre la selva conteniendo el llanto para poder respirar. Buscó a su padre con el corazón desnudo y el alma descalza -igual que su cuerpo- hasta que resbaló por tercera vez, y se vio envuelto en fango hasta la cintura. Entonces se detuvo extenuado y extraviado. No se daba por vencido, pero sabía que seguir recorriendo la selva no resolvía nada. Se llevó ambas manos a la cara, cubriéndose la nariz y la boca en señal de desconcierto, luego se dejó caer lentamente hasta acabar sentado, en posición de fracaso.   Se cubrió con una “sombrilla de pobre” pero el agua continuaba cayendo sobre él. Entonces supo que, aunque fuera tan grande e idéntica a la otra, esa hoja no era una “sombrilla de pobre”.  Fue cuando se preguntó por primera vez dónde estaba Dios.
 
 
 
 
Relatos del Ya pero Todavía no.
 
NOVENA PARTE
 
Aurora
Teología para un nuevo amanecer
(b)
 
 
-Sofía, no llores, por Dios, cálmate.
-¡No me digas que me calme!
-Pero si no ha pasado nada, todo está bien.
-¡No, no todo está bien! – Sofía se comportaba agresiva al tiempo que lloraba y se dejaba abrazar por Aquilino-. Y no me digas que no llore, lloro cuando se me pega la gana. Llevo aquí sentada más de una hora, ¿y me dices que me calme? ¿Sabes la hora que es Aquilino? ¡Son las 4:30 de la madrugada!
-¡Ah, estás histérica!
-¿Has llorado? –La teóloga cambió el tono de voz. A decir verdad, toda su cara cambió al descubrir que los ojos azul metálico de Aquilino estaban húmedos, como un cristal empañado después del aguacero. 
-No, no he llorado. – Mintió.
-Pero, por favor Aquilino, ¿qué significa esto? –Preguntó sin preguntar-. ¿O es que piensas que estoy ciega? Puedo ver claramente que has llorado, por favor, dime…
-Es solo que…
-Vamos Aquilino, dime de una vez.
-Me acordé de mi padre. Hacía demasiado tiempo que no pensaba en él.
-Es verdad, nunca hablas de él. Ni siquiera sé su nombre. Y la única vez que te pregunté por él tu respuesta fue tan cortante que decidí cerrar el tema para siempre. A menos que… bueno, a menos que lo abrieras tu.  Sé lo que es eso –continuó Sofía con determinación-. Yo odio a mi padre y odio hablar de él. Si no fuera porque es el hombre al que ama mi madre…
-Yo no odio a mi padre – interrumpió Aquilino dando por terminada la conversación, mientras se levantaba y le tendía la mano para ayudarla a ponerse de pie. Pero Sofía se resistió y lo miró largamente.
-No, no –gimoteó como una niña-. Quiero que me hables acerca de tu padre. Yo… yo en verdad quiero hablarte acerca del mío.
 
Aquilino guardó silencio sintiendo cómo temblaba la mano suave y delicada de su amiga.  Sofía le tendió la otra mano, Aquilino la sujetó y tiró de ambas. Cuando Sofía estuvo de pie, se abrazaron tiernamente, no como pareja, sino como amigos. Era un abrazo pleno de lealtad.
 
-Está bien –Aceptó -. Pero no aquí. Mejor vamos a tu apartamento, ahí hablaremos más cómodamente, hace demasiado frío aquí. -Ella lo miró con una brizna de desconfianza, pero no objetó. 
 
Al llegar al apartamento la noche se dormía y el día despertaba lentamente. Aquilino hizo café mientras ella se duchaba, luego él también tomó una ducha caliente. Sofía encendió una velita azul que emanaba un perfume limpio. Se pusieron cómodos en el sofá. Aquilino tuvo un repentino deseo de besarla, pero se contuvo porque pensó que ese no era un buen momento. En lugar de eso la acercó hacia sí y comenzó a contarle la forma en que el río le arrancó a su padre. Sofía escuchaba y lloraba.
-No llores. –suplicó Aquilino.
-Déjame llorar…
-¿No ves que si lloras se me escapan las lágrimas a mí también?
-Pues llora tú también.
 
El niño de nueve años seguía llamando a su padre mientras los voluntarios de la Cruz Roja lo trasladaban hacia el hospital Calderón Guardia envuelto en una manta.  Doña Constanza lo esperaba ahí rota de dolor y ansiedad. Aquilino albergó durante años la secreta esperanza de que su padre había logrado salir del río, y que un día cualquiera encontraría por fin el camino de vuelta a casa. Escrutaba los rostros de los hombres en la calle intentando reconocer a aquél hombrecito pequeño que le dijo: ¡Cierra los ojos y no respires por un momento! Quizás por eso Aquilino procuraba mantener siempre los ojos abiertos, incluso por las noches. Quizás también por eso Aquilino desarrolló una profunda necesidad de encontrar objetos perdidos, caminos perdidos o civilizaciones perdidas, y había estudiado arqueología con el anhelo de lograr aplacar esa omnipresente impotencia.
 
-Toda mi historia sucedió en quince minutos. –Balbuceó Sofía rompiendo el silencio mientras sorbía las lágrimas y apretaba la mano de su amigo-.Verás, mi padre tenía un socio muy rico. Eran buenos amigos. Un día mi padre organizó una fiesta en mi casa, una de esas fiestas sin sentido en las que no se celebra nada. Ahí conocí a mi primer novio. Un chico bastante normal que le llamaba más la atención a mi padre que a mí. Era el famoso hijo del socio rico de mi padre. A sus 16 años ya conocía medio planeta y tenía su propia cuenta bancaria con varios millones… en dólares. Eso, por supuesto, entusiasmaba mucho a mi padre. El permiso que mi padre me dio para tener novio no era más que una asquerosa artimaña para concretar uno más de sus negocios, quizás el más grande de todos ellos. Pero de eso me di cuenta muy tarde, cuando ya todo había pasado. De momento yo era la niña más feliz del mundo.
 
 
 
 
Un grito aterrador rasgó el silencio quejumbroso. Luego una respiración entrecortada de pánico y dolor producto del forcejeo; Entre la entrega y la resistencia. La violencia de los revolcones había desordenado completamente las mantas de la cama. Era una mezcla de humillación y seducción. El reloj de péndulo daba las cinco y cuarto de la tarde. Era el comienzo del Shabat.
 
Lo había amado intensamente desde hacía un año. A veces se despertaba de madrugada pronunciando Su nombre.   Había puesto toda su fe en cada una de las promesas pronunciadas por aquellos labios que hoy se sumían en un silencio obstinado y obsceno. Creía ciegamente en cada palabra Suya, en cada gesto por nimio que fuera. Incluso muchas veces jugaba a adivinar Sus pensamientos y Sus reacciones, se anticipaba a ellos en un juego estimulante que hacía crecer su devoción. 
 
Cada tono de Su voz hacía saltar hasta la última célula de su cuerpo. Cada vez que Él le hablaba, ella tenía plenitud de paz y seguridad. Entraba en un estado de ensoñación tal que todas sus emociones se adormecían irremisiblemente. Ni siquiera escuchaba Sus palabras, solo absorbía las vibraciones, las tonalidades. Le resultaban perfectos pretextos para creer en el mañana, en el amor, en el bien o en todas las bendiciones posibles y pensables juntas.
 
De un tirón le arranca un par de botones de la blusa color rosa que Él mismo le había regalado la semana pasada, para el día de los enamorados. Ella intenta apartar Sus manos de su pecho, pero es imposible. Tiene ganas de gritar otra vez, pero no lo hace. No quiere causarle problemas. Susurra a su oído que lo ama, pero Él jadea como un loco y no la escucha. Todo su cuerpo tirita de miedo. Ese él no es Él, ya no lo reconoce, hasta Sus ojos la ven de otra manera, es una mirada que le causa asco y pavor. El reloj de péndulo daba las cinco y diecisiete de la tarde. Era el comienzo del Shabat. 
 
Ella cierra los ojos y se siente desnuda por dentro y por fuera. Niña virgen, aprieta los puños. Virgen, niña, bebé, embrión, mórula, cigoto, óvulo... hasta sumirse en una nada absoluta. Es absorbida por un aturdimiento avasallador, un pánico de hondura sin fin. De pronto una sensación de soledades insondables quebrantó todo su ser. 
 
Se entrega sin reservas a la espiral de fuego que se cierne sobre ella, que la abraza, que la hiere, que la penetra, que la posee. No hay opción, no hay salida. Crujen sus dientes. Quiere llorar pero no recuerda cómo hacerlo. Apenas y logra emitir un balido desganado y ridículo. El dolor la obliga a salir de su aturdimiento, la aplasta contra una pausa inmisericorde y precipitada. Ahí se contemplan como dos extraños. Ojos de fuego que se estrellan contra ojos de sangre. Una pausa de flamas que penetran, de hielo que restalla... Nada se mueve, excepto dos corazones agitados, excepto la vida, lágrima tímida que se arrastra humillada por la mejilla. Todo se petrifica: ola, sangre y tiempo. Un silencio absoluto que se precipita luego hacia un abismo poderoso de muerte y resurrección. El reloj de péndulo daba las cinco y media de la tarde. Era el comienzo del Shabat.
 
Sofía lloraba, y sus sollozos emocionaron de tal manera a su amigo que éste no pudo evitar romper en llanto junto a ella.  
 
-Cuando se lo conté a mi padre, me dijo que eso era normal, que no llorara, que todo estaba bien. Me dijo que yo tenía que casarme con él, porque después de lo que habíamos hecho ya nadie me iba a querer. Yo no podía dejar de llorar, entonces me pegó una bofetada y, apuntándome con el dedo, me hizo jurar que no se lo contaría a nadie. Me dijo que eso supondría la vergüenza y la ruina para ambas familias. Y que si eso llegaba a suceder, toda la culpa recaería sobre mí y no se me perdonaría jamás semejante traición. Por eso lo odio. Lo odio con todas mis fuerzas -Volvió a llorar con un llanto lleno de rencor-. Ya ves, –continuó en medio del llanto- tú lloras porque amas a tu padre pero no lo tienes; yo lloro porque lo odio y no puedo deshacerme de él.
 
-No puedes seguir viviendo así –terció Aquilino mientras la miraba con ternura y la llenaba de caricias.
-¿No puedo seguir viviendo cómo? –ella lo miraba fijamente sin comprender.
-Con tanto rencor, con tanto odio, no mereces vivir condenada a odiar para siempre.
-Mi padre no merece mi perdón.
-Tal vez tu padre no merezca tu perdón, pero tú si que mereces vivir sin rencor. El rencor te marchita por dentro y por fuera, te condena a seguir sufriendo por algo que sucedió hace mucho tiempo. La falta de perdón no es más que la estrategia del enemigo para prolongar el sufrimiento y la agonía de las personas. Es una especie de tortura en la que la víctima se siente culpable y responsable de todo lo que le sucedió, y en cierta forma, le sigue sucediendo. Y, como si eso fuera poco, le sobreviene la vergüenza… la vergüenza es como la huella digital del enemigo, es la más clara evidencia de que aun sigue trabajando en tu vida. Debes hacer algo Sofía.
-Nunca había pensado en la posibilidad de perdonarlo, siempre creí que perdonar no era una opción.  Una vez, en una iglesia bastante legalista, intentaron exorcizarme. Decían que mi falta de perdón se debía a una posesión demoníaca. Yo estaba totalmente consciente cuando gritaban furibundos a un demonio imaginario.
 
Aquilino soltó una carcajada y le lanzó una mirada displicente haciéndole notar que no estaba de acuerdo con esa práctica. Sofía le sonrió cómplice y complacida y se levantó para tomar una goma para el pelo. Luego se hizo una cola y su cara se iluminó de repente.
 
-No te imaginas la tremenda barahúnda que armaron esos ignorantes. Creo que sobra decir que nunca regresé a esa iglesia. Aunque debo reconocer que me impulsó mucho a estudiar teología. Yo quería saber… hay tanta mala teología en las iglesias como mala música en la radio.
-O como mala política en el parlamento – atinó a decir Aquilino.
-O malos maestros en la escuela. Sólo Dios sabe cuántos de ellos saben bien de qué hablan. Y eso es precisamente lo que sucede en las iglesias: Ya no se predica la Biblia en ellas, y pocos saben bien de qué están hablando desde el púlpito. ¡Lo que necesitamos es que se predique la Biblia y nada más! Una vez escuché una predicación en la que se afirmaba que Bush era un profeta… ¡eso sí que es ignorancia!
-¡Pero vaya iglesias esas que visitas eh! –soslayó Aquilino en tono burlón-. ¿De dónde las sacas?
-Mi madre, que en su afán por encontrar una buena iglesia, cometió el error de hacer tour por las iglesias de temporada.
-¿Iglesias de temporada?
-Si, ya sabes, hay iglesias que se ponen de moda.
- Bueno –exclamó Aquilino soltando otra carcajada-. Debo irme, tengo cosas que hacer ¿nos vemos mas tarde?
-Si tú quieres…
-Quiero.
 
Se despidieron con un beso en la mejilla. Clara pasó el resto del día nerviosa, sin saber qué hacer. Hasta ahora nunca había considerado la posibilidad lograr poner punto final a tanta amargura. Realmente no se había dado cuenta que dentro de ella se ocultaba un sentimiento tan repulsivo. Tenia el alma llena de miedo, la cabeza desbordada de preocupación, y en el corazón palpitaba vivo el desafío. Sentía el vértigo que antecede al olvido.  
 
 
El teléfono estaba vibrando sobre la cama como un pez fuera del agua. Sofía lo tomó y quiso saber quién la llamaba, pero en la pantalla aparecía la indicación de: Número no identificado. Al contestar escuchó la voz de Josué.
 
-Ahora no puedo hablar Josué.
-Estoy enfadado, me acabo de enterar que ese tal Aquilino anda también merodeando por Barcelona. Llamo para avisarte que me voy enseguida para allá.
-¡No seas obsesivo Josué!
-¿Estas bromeando? Lo único que anda buscando ese “peoresnada” es estar junto a ti. –la palabra le había dolido a Sofía tanto como si se hubiera referido a ella.
-No vengas. Te lo advierto. Y ahora voy a colgar. No vengas –repitió con tono amenazante. Después de colgar el teléfono se tendió sobre la cama, no tenía ganas de hacer nada. Estaba cansada y abrumada.
 
Unos golpes secos en la puerta la sobresaltaron. Abrió la puerta y dejó pasar a Aquilino, éste le entregó ilusionado una bolsita pequeña.
 
-¿Qué es? –preguntó muy seria Sofía.
-Un obsequio.
-Lo siento, no lo puedo aceptar.
-¿Qué te pasa? ¿Por qué dices eso? –dijo el arqueólogo con voz impaciente-. Ya sé, déjame adivinar: Has hablado con tu enamorado.
-No me hables así –espetó ella-. Creo que estamos pecando al estar juntos, no podemos seguir así. ¿O me vas a decir que la infidelidad en el noviazgo no es pecado?
-Lo es, es pecado.  Tienes razón, no podemos hacernos de la vista gorda con esto. Tenemos que hacer algo, cuanto antes mejor. De momento, es mejor que me marche.
-En primer lugar debemos orar y ponernos a cuentas con Dios.
-Eso es algo que cada uno debe hacer por su lado. Me marcho. -Aquilino se incorporó y se dispuso a salir. Pero Sofía lo detuvo.
-¡Un momento! hay otra cosa –lo tomó de la muñeca, oprimiéndola de forma inconsciente-. Quiero que me ayudes a perdonar… ahora.
-¿Ahora?
-Si, ahora mismo. Llevo muchos años asistiendo a un funeral interior. Ahora he encontrado las agallas, quiero resucitar, pero no sé cómo hacerlo. Comprendo perfectamente que los cristianos vivimos en medio de una ardiente tensión escatológica. Comprendo que esa tensión se traduce en lucha: Por un lado el Reino de Dios ha hecho irrupción en mi vida y he experimentado su poder, perdón y libertad de forma anticipada; pero por otro lado aun me falta mucho para llegar a ser perfecta. Toda esa libertad que hemos recibido, todo ese poder que nos inunda, no es más que la anticipación de las promesas futuras del Reino, en donde viviremos en un mundo de paz total, de armonía, de gozo y de sanidad. No habrá enfermedades, ni dolor ni odio… todo será perdón y libertad. Por ahora vivimos todo eso de forma parcial, hasta que el Reino sea instaurado en plenitud. Hoy anhelo que el Reino de Dios haga una irrupción en mi vida y me ayude a sanar mis heridas.
-John Wimber decía que el perdón es la moneda del Reino.  En el Reino de Dios no podemos comprar las bendiciones con nuestras obras, mucho menos con nuestro dinero… digan lo que digan los nuevos vendedores de indulgencias. Todo lo hemos recibido a través del perdón de Dios. Si el perdón es la moneda del Reino de Dios, el odio es la moneda del Reino de las tinieblas. Con el odio compramos más odio, con el perdón compramos perdón y libertad. C.S.Lewis decía: “Necesitas amor; regala amor”.
-Necesitaré demasiada ayuda para lograrlo.
-¿Qué te parece si oramos ahora mismo? Necesitas la ayuda de Dios, no la mía.
 
Oraron de una forma muy sencilla. Directamente, sin ambigüedades ni circunloquios. Le pidieron a Dios que ayudara a sanar las heridas que el padre de Sofía le había causado, que le ayudara a perdonar. Sofía lloraba, por primera vez estaba dispuesta a rendirse, pero seguía sintiendo odio. Aquilino terminó de orar en voz alta y dejó que Dios hiciera el resto. Se quedaron en silencio unos minutos. Sólo se escuchaban los sollozos de Sofía.  De repente sintió cómo algo empezaba a brotar desde su interior. Una fuerza impetuosa que la quebrantó por completo. Ahora Sofía lloraba a voz en cuello. Su cuerpo empezó a temblar y una paz inexplicable la invadió.
 
Dios –logró decir -. Yo hoy perdono a mi padre, a mi primer novio y al padre de éste por todo lo que me hicieron.
 
Aquilino también empezó a experimentar una paz inexorable. De pronto ambos sintieron la necesidad de pedir perdón a Dios. Sentían su presencia como algo maravilloso, algo así como un cobijo sobrecogedor de seguridad y gozo. Aquilino también perdonó a todas aquellas personas que le habían hecho daño… incluso perdonó a Dios por no haber impedido la muerte de su padre. Supieron entonces que el perdón es como una aurora, es la teología para un nuevo amanecer de la humanidad. El mundo, necesita perdonar y ser perdonado.
En Costa Rica el teléfono sonó tres veces.
 
-Papá, soy Sofía.
 
 
 
 
 
 

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